¿Y el fraude?
Terminó el proceso electoral en el Perú. Conocidos ya los ajustados resultados, corresponde ahora examinar con la mayor amplitud y objetividad los excesos que se han producido durante estas elecciones.
Son tan alarmantes que no pueden pasar inadvertidos. Y no se trata de un fenómeno nuevo. En cada elección nacional de la última década, han surgido denuncias de fraude que, una y otra vez, han acompañado el debate electoral.
En las elecciones de este año 2026, el fenómeno alcanzó una dimensión mayor. Se pasó de señalar manifiestas e imperdonables deficiencias logísticas en la primera vuelta a sostener la existencia de una confabulación entre diversos actores que habrían diseñado un plan para alterar deliberadamente el resultado de la votación. Incluso se llegó al extremo de afirmar que algoritmos incorporados en los sistemas informáticos de la ONPE ejecutaban sumas previamente programadas. En otras palabras, una negligencia administrativa —que finalmente fue superada— se transformó rápidamente en la acusación de un fraude organizado para terminar en una moderna versión tecnológica según la cual la inteligencia artificial (IA) contabilizaba votos conforme a instrucciones previamente establecidas.
Todo ello se ha dicho abiertamente durante la campaña sin que se haya presentado evidencia alguna que lo sustente. Muchas especulaciones sin pruebas. Es cierto que, hasta el momento, no se ha invocado ninguna de estas denuncias para cuestionar los estrechos resultados de esta segunda vuelta. Todo lo contrario: ambas candidaturas han manifestado su decisión de respetar la voluntad ciudadana expresada en el cómputo oficial. Confiamos en que así sea. Sin embargo, ello no debe impedir que reflexionemos sobre el problema planteado y sus consecuencias.
Vivimos tiempos marcados por la incertidumbre y el desconcierto. Haber presenciado, en pleno siglo XXI, el ataque al Capitolio de Estados Unidos tras la derrota de Donald Trump en el año 2020 constituye un hito en la historia reciente del deterioro institucional y del cuestionamiento de los mecanismos democráticos destinados a elegir gobernantes.
En el Perú, las manifestaciones no han alcanzado esa gravedad, pero sí han sido recurrentes. Reiteradamente se han cuestionado los resultados electorales mediante acusaciones de fraude, que nunca han llegado a demostrarse.
Estos comportamientos surgen de una combinación preocupante: desinformación deliberada y utilización de herramientas tecnológicas destinadas a sembrar desconfianza en la ciudadanía, descreditar a las instituciones electorales y erosionar la legitimidad del sistema democrático.
La lógica que sostiene este fenómeno es sencilla: la sospecha sustituye a la evidencia. Resulta más fácil alimentar dudas que demostrar los hechos. Y, cuando la desconfianza ya está instalada, denunciar fraude puede parecer políticamente más rentable que reconocer una derrota.
El daño que esas repetidas conductas ha tenido en las elecciones peruanas ha sido enorme. La ciudadanía simplemente ha dejado de creer en el sistema electoral y desconfía de sus autoridades. Denunciar incansablemente fraude y, al mismo tiempo, participar en el Congreso constituye una contradicción en sí misma de nuestra clase política que explica, en buena medida, el rechazo a ella.
La gente sigue asistiendo a votar. Sin embargo, ese acto elemental de ciudadanía se encuentra hoy rodeado por una creciente desconfianza. Y, cuando eso ocurre, la misma democracia entra en cuestión.
*Abogado y fundador del Foro Democrático.