Es probable que la primera sorprendida del resultado de las elecciones peruanas sea la propia Keiko Fujimori. Necesita procesarlo y aceptarlo. Alcanzar la victoria en un cuarto intento, después de pasar más de una década buscándola sin éxito por decisión de la mayoría de la ciudadanía, exige una profunda reflexión. Más todavía si su triunfo lo ha conseguido por apenas un puñado de votos contra quien, como Roberto Sánchez, se presentaba reivindicando la figura de Pedro Castillo, el provinciano profesor rural que le ganó el 2021, lo cual desató su destemplada campaña del fraude, nunca demostrado, cuyas consecuencias aún se mantienen afectando gravemente el sistema electoral peruano.
Existen diversas lecturas del estrecho resultado de estas elecciones. La más evidente es la que sostiene que el Perú está partido en dos mitades: 50-50. Otra interpretación más elaborada se refiere a un país dividido en tercios: uno del fujimorismo, otro del antifujimorismo, y un tercero integrado por quienes no se identifican con ninguno de ambos o permanecen alejados de la política.
Podría haber otras explicaciones más controvertidas. Aquellas que sostienen que la votación ha expresado la rivalidad entre la sierra y la costa, o Lima y el interior del país, o el enfrentamiento entre ricos y pobres, o simplemente la disputa clásica de izquierda y derecha. Sin embargo, cualquiera de estas aproximaciones termina reflejando un país profundamente fragmentado.
Lo interesante de estas lecturas poselectorales está en las alternativas de gobierno que cada una de ellas pudiera suscitarle a Keiko Fujimori. De una interpretación adecuada (utilizar el concepto de correcta es demasiado pretencioso) de los resultados de estas elecciones dependerá el tipo de gobierno que ella pretenda llevar a cabo en el país.
Si lo que desea es cumplir su promesa de campaña y, por consiguiente, gobernar como su padre, es claro que el Perú tendrá más de lo mismo que ha tenido estos últimos años. No obstante, sincerándolo, es decir, quitándose el antifaz, se mantendrá esta precaria democracia (“iliberal” e “híbrida” la denomina en estos tiempos la ciencia política), pero con la Sra. K a cara descubierta, sin encubrirse en interpósitos personajes venidos del submundo de la política nacional (como Dina Boluarte, José Jerí y José María Balcazar). Reeditará entonces el régimen del fujimorismo del siglo pasado, aquel caracterizado por la apariencia de legalidad: un Congreso formalmente autónomo y un sistema de justicia teóricamente independiente, como lo ejecutó Alberto Fujimori en los años que gobernó este país para disfrazar su dictadura. Es una opción probable, profundamente equivocada de lo que los resultados electorales sugieren, que es consecuencia de creer que el país necesita mano dura, a cualquier precio, para conseguir orden.
La otra alternativa es aquella que conjuga el “nosotros”, es decir, gobernar no para “los suyos” sino también “para los demás”.
Keiko Fujimori deberá preguntarse entonces si su triunfo fue solo para demostrar que podía ganar una elección y poner fin a la ironía de que hasta un panetón la vencería en las urnas, o si constituye el mandato para construir un gobierno que represente también a esa inmensa masa ciudadana que no votó por ella.
*Abogado y fundador del original Foro Democrático