Por: Rómulo Acurio*
El inicio de un nuevo gobierno en el Perú debe alentarnos a actualizar nuestra mirada hacia el Brasil, a medida que nos acercamos a cumplir el bicentenario de nuestras relaciones bilaterales el 3 de febrero del 2027. Mi labor de cuatro años como embajador en Brasilia me ha llevado a tres constataciones. La primera es que vivimos un momento de redefinición de la vecindad peruano-brasileña.
Como sabemos, en el siglo XIX esa vecindad estuvo signada por una distancia cordial, con fronteras aún imprecisas y una Amazonía básicamente desconocida; mientras que, en el siglo XX, con el fin de la demarcación limítrofe en 1927, nuestra relación estuvo determinada menos por intereses recíprocos que por el papel mediador del Brasil en varios equilibrios regionales esenciales para el Perú, notablemente como garante del Protocolo de Río de 1942 y sede de los Acuerdos de Brasilia de 1998.
Luego entramos, en el siglo XXI, a una etapa de gran voluntarismo diplomático-pletórico de convenios, proyectos y visitas presidenciales que, en última instancia, tuvo poco efecto en nuestra integración real, y que concluyó abruptamente con los escándalos de corrupción por todos conocidos. Por eso, se puede decir que, en la última década, Perú y Brasil han estado empeñados en una etapa discreta pero sostenida de construcción de nuevos vínculos vecinales. Con menos discursos y más cooperación fronteriza y sectorial, menos cumbres y más diálogo concreto entre autoridades locales y gremios, se trata de un proceso de abajo hacia arriba que ambos gobiernos apoyan mediante los comités oficiales de frontera sur, norte y centro, instalados desde el 2023.
Así, en este bienio vemos mejoras en los servicios aduaneros y migratorios en las fronteras, incremento de autorizaciones de acceso sanitario al Brasil, intensificación de misiones comerciales y turísticas en ambas direcciones y un valioso activismo de la nueva cámara de comercio, CAMBRAPER. Brasil ya es nuestro principal socio económico en América Latina, con casi 5000 millones de dólares de comercio anual y un potencial de exportación enorme y aún poco explotado en productos no tradicionales (frutas, pescados, cereales, productos metalúrgicos, textiles) y servicios de minería, turismo y gastronomía.
De otro lado, las policías e instituciones armadas mantienen una estructurada cooperación en inteligencia, formación y vigilancia satelital; los poderes judiciales llevan adelante proyectos conjuntos de digitalización; persiste la cooperación técnica y humanitaria; prosiguen los proyectos fronterizos en salud y en favor de los pueblos indígenas; y se afianzan los grupos de trabajo ambiental en gestión hídrica, áreas protegidas, control de bosques y gestión de residuos; para citar algunos ejemplos.
Mi segunda constatación es que varios factores estructurales presionan por la integración peruano-brasileña. El epicentro de la economía brasileña se desplaza hacia el oeste, formando gradualmente un arco continuo de ocupación demográfica y económica entre la costa central del Atlántico y la costa central y norte del Pacífico sudamericano. A su vez, los dos Gobiernos multiplican misiones y reuniones intersectoriales para la integración física y promueven nuevas obras y proyectos de infraestructura (carreteras, puentes, hidrovías, puertos y ferrocarriles) que apuntan a mejorar la ruta sur de la Interoceánica y a establecer una ruta multimodal en el norte, conectando Manaos con Iquitos, y luego Yurimaguas y Pucallpa con la costa peruana.
En ese contexto, cobra un nuevo significado el auge de nuestro comercio con el Asia-Pacífico, pues China es el principal destino de las exportaciones peruanas y brasileñas. Así, el puerto de Chancay ya es visto en Brasil como una oportunidad estratégica para sus estados del norte y oeste, y se verifican exportaciones de carne congelada e importaciones de insumos electrónicos para la zona franca de Manaos, así como proyectos piloto de transporte de cereales y madera brasileños.
Por lo anterior, mi tercera constatación es que, frente al Brasil, le toca al Perú adoptar una actitud de permanente iniciativa. Como economía menor, le corresponde ubicarse siempre un paso adelante, eligiendo sus propias prioridades para esta relación.
Eso significa, me parece, iniciativa peruana para consolidar los comités de frontera, resolver los obstáculos persistentes al comercio fronterizo y conquistar los mercados de los siete estados brasileños más cercanos al Perú, que ya cuentan con 30 millones de consumidores. Implica, asimismo, iniciativa diplomática para superar, con transparencia y sin temores difusos, el impase actual sobre el Acuerdo de Profundización suscrito en el 2016 y mejorar a su vez el comercio de servicios, el régimen de inversiones y las reglas de integridad empresarial.
Significa igualmente hacer del Perú el socio sudamericano preferencial del Brasil contra el crimen organizado en la Amazonía; para revertir la deforestación y promover la bioeconomía; para empoderar a los pueblos indígenas y promover políticas de diversidad cultural e interculturalidad. Y, en el plano regional, para hacer de la Organización del Tratado de Cooperación Amazónica (OTCA) un organismo transformador de la gobernanza sostenible en la Amazonía; alentar la convergencia económica entre la Comunidad Andina y el MERCOSUR; y fortalecer la integración sectorial sudamericana, en el Consenso de Brasilia, a fin de posicionarnos juntos frente a los conflictos geopolíticos globales. Creo que estas tres constataciones hoy sostienen una visión peruana: la visión de construir con Brasil, en el futuro, una gran franja de democracia, estabilidad, sostenibilidad y seguridad en el centro de América del Sur para beneficio nuestro y de la región.
*Embajador del Perú en el Brasil