Tradicionalmente etiquetada como indigenista, la obra de Codesido, debido a su proximidad con las vanguardias, estuvo en realidad más orientada hacia el futuro que hacia su propio tiempo. Aquellas pinturas que transitan del fauvismo al expresionismo e incluso a la abstracción, tan incomprendidas en las décadas en que fueron realizadas, hoy serían consideradas una contribución fundamental a una modernidad global construida desde el Perú. Su trabajo es finalmente revalorado públicamente a través de esta muestra, curada por Luis Eduardo Wuffarden y Ricardo Kusunoki.
En ella apreciamos a una gran artista que, desde América Latina, cuestionó la estética tradicional europea, como puede observarse, por ejemplo, en India huanca (1932). Juan Acha reconoció en Codesido a una de las figuras fundamentales para comprender la dimensión vanguardista del indigenismo. De hecho, buena parte de sus obras más radicales —realizadas entre las décadas de 1930 y 1950— se encuentran más próximas a la modernidad latinoamericana que a las convenciones del indigenismo tradicional. En los tres volúmenes de Arte y sociedad: Latinoamérica (1979- 1984), Acha destacaba en ella una actitud más libre, la incorporación de elementos expresionistas, una concepción decorativa del color, soluciones derivadas de la pintura mexicana y una progresiva simplificación formal que la alejaba de cualquier regionalismo.
Para él, las obras tardías de Codesido demostraban que el artista latinoamericano debía asimilar las influencias extranjeras y transformarlas con creatividad en lugar de imitarlas de forma mecánica. Consideraba que ella había alcanzado esa síntesis ejemplar. Julia Codesido (1883-1979) tuvo una vida privilegiada. Su familia, vinculada al servicio diplomático peruano, vivió durante dos décadas entre Europa y Lima. Eran precisamente los años de ebullición de las vanguardias y de ruptura con los cánones académicos tradicionales. Su juventud coincidió con las revoluciones culturales gestadas en Europa, las cuales influirían decisivamente en su proceso creativo.
A su regreso definitivo, a los 35, siguió algunos cursos con Teófilo Castillo y, de manera aparentemente contradictoria, con Daniel Hernández. Cuando en 1918 se fundó la Escuela Nacional de Bellas Artes, bajo la dirección de este último, ingresó a un centro donde, erróneamente, se creía que predominaban los hombres. Junto con Elena Izcue, Carmen Saco, Teresa Carvallo y Beatriz Neumann, desafió las convenciones de la época y pasó a formar parte del grupo de las primeras mujeres que estudiaron formalmente arte en el Perú. En la Escuela, José Sabogal desarrolló una intensa labor ideológica que marcó a toda una generación de jóvenes, entre quienes se encontraba la señorita Julia. La relación entre maestro y alumna resulta especialmente reveladora. Ambos n compartieron la voluntad de construir una nueva imagen del Perú y coincidieron en varios de los postulados del indigenismo.
Sin embargo, mientras Sabogal permaneció, en ese entonces, más vinculado a una visión naturalista y a ciertas tradiciones heredadas del realismo español, Codesido incorporó con mayor libertad las lecciones del fauvismo, el expresionismo alemán y, más adelante, las experiencias del muralismo mexicano. Por ello, en su obra pueden apreciarse ecos de Kirchner o Nolde, nunca a través de la copia, sino de la reinterpretación.
Evitó describir al peruano desde una mirada documental y lo convirtió, más bien, en un vehículo emocional y simbólico, alejado de toda precisión costumbrista. Sus inquietudes intelectuales la aproximaron al círculo de José Carlos Mariátegui, Luis Eduardo Valcárcel y Alicia Bustamante. Con ellos compartió la convicción de que la dimensión universal del arte peruano debía construirse incorporando las culturas indígenas y populares. Es memorable su trabajo para la primera edición de Siete ensayos de interpretación de la realidad peruana, en 1928.
Pero, a diferencia de ciertos discursos ideológicos de la época, Codesido produjo un arte que puede considerarse político, en el sentido más amplio del término, sin convertir nunca su pintura en propaganda. Su viaje a México, en 1935, para exponer en el Palacio de Bellas Artes, radicalizó su visión. Allí recibió un reconocimiento excepcional y frecuentó a los grandes muralistas.
Diego Rivera, Siqueiros y Orozco le mostraron nuevos caminos. Sin embargo, aunque no siguió necesariamente el modelo mexicano, sus composiciones adquirieron un carácter monumental; las figuras ganaron solidez y el color alcanzó una intensidad extraordinaria. La proyección internacional de Codesido fue notable para una mujer latinoamericana de la primera mitad del siglo XX.
Sin embargo, pese a sus exposiciones en Nueva York, San Francisco, París, Barcelona, Buenos Aires, Santiago y México, se la ha seguido encasillando como indigenista, como si toda esa experiencia internacional disminuyera su peruanidad. La realidad es exactamente la contraria. Su grandeza reside en haber demostrado que la identidad cultural no se construye desde el aislamiento, sino desde el diálogo y la comunicación, que hacen posible una comprensión más profunda de nosotros mismos y de nuestro lugar en el mundo. Nada menos que eso consigue esta retrospectiva excepcional.