El último reporte del INEI revela una aparente mejora en la situación económica del país: la pobreza monetaria se redujo a 25,7% en 2025, lo que significa que más de medio millón de personas dejaron esa condición. Sin embargo, detrás de esta cifra alentadora se esconde un dato que enciende las alertas: el riesgo de recaer en la pobreza no solo persiste, sino que se amplía.
El descenso de 1,9 puntos porcentuales respecto al 2024 podría interpretarse como una señal de recuperación. Pero el mismo informe del INEI advierte que el 32,8% de la población se encuentra en condición de vulnerabilidad. Es decir, millones de peruanos logran cubrir sus necesidades básicas, pero están a un paso de volver a caer en la pobreza ante cualquier cambio económico adverso.
Este escenario plantea una pregunta clave: ¿realmente el país está saliendo de la pobreza o simplemente se mantiene en una frágil línea de equilibrio?
INEI y el aumento silencioso de la vulnerabilidad
El informe del INEI no solo mide cuántos pobres hay, sino también cuántos podrían volver a serlo. Y ahí está el punto crítico. El aumento de la población vulnerable —que creció en 1 punto porcentual— evidencia que la mejora no es sólida.
Se trata de hogares que apenas logran cubrir una canasta básica valorizada en 462 soles por persona. En la práctica, cualquier incremento en precios, pérdida de empleo o crisis política podría empujarlos nuevamente a la pobreza.
Este fenómeno dibuja un país donde la estabilidad económica no está garantizada. La reducción de la pobreza monetaria no necesariamente implica una mejora estructural, sino más bien un alivio temporal.
Brechas persistentes: el Perú desigual
El análisis del INEI también confirma que la pobreza no se distribuye de manera uniforme. Mientras algunas regiones muestran avances importantes, otras continúan rezagadas.
Cajamarca (41%) y Loreto (40,1%) lideran los niveles de pobreza, seguidos por Puno, Pasco y Huánuco. En contraste, regiones como Ica (4,5%), Madre de Dios (7,3%) y Moquegua (7,8%) presentan cifras significativamente menores.
La diferencia entre el ámbito urbano y rural también es marcada. En zonas rurales, la pobreza alcanza el 35,5%, muy por encima del 23,4% en áreas urbanas. ¿Puede hablarse de una recuperación real cuando el país sigue tan fragmentado?
Pobreza extrema y señales mixtas
En el caso de la pobreza extrema, el INEI reporta una reducción a 4,7% en 2025. Esto implica que 258 mil personas dejaron esta condición. No obstante, el dato esconde contrastes preocupantes.
Mientras en zonas rurales la pobreza extrema disminuyó significativamente, en Lima Metropolitana se registró un leve incremento. Este comportamiento evidencia que incluso en los principales centros urbanos persisten focos de precariedad.
La lectura es clara: la mejora existe, pero no es homogénea ni necesariamente sostenible en el tiempo.
Condiciones de vida: más allá de la cifra
Más allá del indicador de pobreza monetaria, el informe del INEI muestra carencias estructurales que afectan a la población.
Solo el 57% de los hogares pobres tiene acceso a desagüe por red pública, y apenas el 40,6% cuenta con internet. En el caso de los pobres extremos, estas cifras son aún menores.
Además, el 89,1% de la población pobre trabaja en la informalidad, lo que limita su acceso a estabilidad laboral y protección social. Este dato es clave: salir de la pobreza no significa necesariamente tener condiciones de vida dignas.
Educación, idioma y desigualdad
El perfil de la pobreza también refleja brechas profundas en educación y origen cultural. Según el INEI, el 35% de la población en hogares cuyo jefe tiene solo educación primaria es pobre, mientras que esta cifra baja al 11,3% cuando se trata de educación superior.
Asimismo, la pobreza afecta al 46,2% de los hogares cuya lengua materna es indígena amazónica, frente al 23,8% de aquellos con lengua castellana. Estas diferencias evidencian desigualdades estructurales que van más allá del ingreso económico.
¿Recuperación o estabilidad frágil?
El balance que deja el informe del INEI es complejo. Por un lado, hay una reducción de la pobreza monetaria que puede interpretarse como una señal positiva. Por otro, el aumento de la vulnerabilidad y las persistentes brechas estructurales plantean dudas sobre la solidez de esta mejora.
¿Está el Perú construyendo una recuperación sostenible o simplemente evitando una caída mayor? La respuesta dependerá de la capacidad del país para generar empleo formal, mejorar servicios básicos y reducir desigualdades históricas.
Por ahora, la cifra oficial muestra menos pobres, pero la realidad sugiere un país donde millones siguen caminando sobre una delgada línea económica.
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