El cierre de campaña no es un simple acto final. Es, en rigor, una fotografía emocional del país. Desde las primeras concentraciones masivas del siglo XX, la política peruana entendió que llenar plazas equivalía a construir legitimidad. La calle, más que las encuestas, dictaba el ánimo. En ese teatro abierto, la escenografía importa tanto como el discurso: banderolas, canciones pegajosas, líderes locales, invitados sorpresa. El candidato aparece como protagonista de una narrativa que debe cerrar con aplausos, no con dudas.
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