Hace 90 años nació Mario Vargas Llosa, el mayor virtuoso de la narrativa peruana y una de las cumbres artísticas del relato contemporáneo en español. A la vez, brilla como uno de los ensayistas que con más pasión y lucidez han reflexionado, en cualquier idioma, sobre el arte milenario de contar historias, examinando con especial penetración la creación novelesca.

Con precocidad admirable, desde su primera novela (La ciudad y los perros, 1962, pero se retrasó su publicación hasta 1963) probó ser un artífice supremo del entramado arquitectónico de sus diversos puntos de vista narrativos, dándose el lujo de forjar técnicas propias (la “marea verbal” de los soliloquios del Boa). Esa temprana madurez artística continuó, en un ascenso espléndido, en la serie de obras maestras más imponente de los “años maravillosos” del boom: La casa verde (1966), Los cachorros (1967) y Conversación en La Catedral (1969).
A esa cosecha juvenil le seguiría una fecunda trayectoria de novelista y ensayista, explorando siempre nuevos géneros y modalidades expresivas, pródiga en libros de altísima calidad (con poquísimas novelas desechables o viables), cuando no obras maestras (La guerra del fin del mundo [1981], El hablador [1986], Elogio de la madrastra [1988], La fiesta del Chivo [2000] y Travesuras de la niña mala [2006]). En fin, el Premio Nobel de Literatura que recibió en 2010 resulta el más merecido que se haya otorgado en lo que va del siglo XXI.
Entre los homenajes recibidos por Vargas Llosa posee particular relieve el que le tributó nuestro entrañable fabulador Alfredo Bryce Echenique, recientemente fallecido en este mes de marzo. Fue el autor peruano que tuvo un rol protagónico en el llamado post-boom gracias a sus aclamadas novelas Un mundo para Julius (1970), La vida exagerada de Martín Romaña (1981) y No me esperen en abril (1995), y los cuentos de Huerto cerrado (1968), La felicidad ja ja (1974) y Magdalena peruana (1986), tres volúmenes reunidos en 1995 en la consagratoria colección Cuentos Completos que Alfaguara inició con las firmas canónicas de Mario Benedetti, Julio Cortázar, Juan Carlos Onetti y nuestro Julio Ramón Ribeyro.
En 1983, Bryce publicó una deliciosa semblanza de Vargas Llosa, a la cual denominó, reelaborando el conocido título de James Joyce, “Retrato del artista por un adolescente”. Es decir, Mario según un Alfredo, solamente tres años menor, pero que se sintió siempre un adolescente ante el responsable y metódico maestro arequipeño.
Mario como el modelo de orfebre entregado, con indesmayable disciplina (alejado de toda bohemia y crisis depresiva, frente a la cual ese otro artífice peruano que fue José Durand le recomendó a Martín Romaña, alter ego de Bryce: “Imprima, no deprima”, al comienzo de El hombre que hablaba de Octavia de Cádiz [1985]) a la “orgía perpetua” de la escritura, centro de su existencia. Encarna la actitud madura ante el oficio literario y ante la responsabilidad del escritor como consciencia moral (estirpe de Sartre y Camus) de su época.

Para Vargas Llosa, la literatura era fuego y no juego. Rehuía sartreanamente al humor (se filtra, empero, en los soliloquios del Boa y en las escenas burlescas de Los cachorros) y lo utilizaba adrede en casos como Pantaleón y las visitadoras y el grotesco escribidor con sus radionovelas; no era la óptica para ver el mundo y procesar sus vivencias que hallamos en las páginas de Alfredo.
En cambio, Bryce había tratado de emular la consciencia artística de Ernest Hemingway (le dedicó su tesis de bachiller) hasta que descubrió a Julio Cortázar y entendió que debía escribir “como se le daba la gana”. Desistió así de emular la perfección “cerrada” de Cien años de soledad, de Gabriel García Márquez, y las catedrales verbales de Vargas Llosa; y optó por el modelo de Laurence Sterne (le pone su apellido al protagonista de No me esperen en abril, un claro alter ego de Bryce) en Tristram Shandy: un libro lleno de digresiones, que se “va por las ramas” descoyuntado, excesivo, abierto a la complejidad inabarcable de la realidad, lleno de un humorismo jocoserio, tragicómico.

Y es que, en la tipología propuesta por Cortázar, Bryce era un cronopio: hipersensible, soñador, bohemio, frustrado una y otra vez en sus amores imposibles (como la Maga de Rayuela) o neuróticos (Talita), incapaz de “sentar cabeza” tanto en la ficción como en la vida, a las cuales mezclaba, conforme lo prueban sus tres volúmenes de Antimemorias.
Fascinado por las personas bellas, ricas y triunfadoras (afín en eso a Francis Scott Fitzgerald, el “polo opuesto” de Hemingway), autoironizó su vida exagerada de “perdedor”, aunque maestro (eso sí: narrador nato, improvisador genial) en el arte de la tertulia perpetua con sus innumerables amigos.
Celebremos a Mario y Alfredo, dos voces perdurables de nuestro tiempo.