En Yanahuara, un centro poblado a las afueras de Urubamba, Natalia Gallardo inicia sus mañanas en silencio. Entre sembríos y montañas, prepara leche de almendras, pasea a su perro y enciende una pequeña pirámide de bronce para la práctica de agnihotra, un ritual ancestral que purifica el aire. “Es distinto, es otra vida”, dice. Prefiere este estilo de vida al bullicio de Lima, aunque admite extrañar el mar. A sus 51 años, la icónica modelo de los noventa decidió bajar el ritmo: el vértigo de los castings y editoriales a nivel internacional cedió espacio al yoga, al pranayama y a un presente que mide en respiraciones.
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