La crisis de gobernanza en Petroperú suma un nuevo capítulo —y otro nombre— a una lista que crece más rápido que las soluciones. Edmundo Lizarzaburu asumió la presidencia del directorio tras la abrupta salida de Roger Arévalo, quien apenas duró una semana en el cargo.
No es una excepción: es la regla. Lizarzaburu se convierte en el cuarto presidente en menos de tres meses y el número 14 en cinco años. La rotación, lejos de ser síntoma pasajero, se ha instalado como política de facto en la petrolera estatal.
El relevo ocurre en un momento crítico. La empresa enfrenta serias tensiones de liquidez y la amenaza de paralización de operaciones si no asegura financiamiento millonario. En ese escenario, la inestabilidad en la cabeza directiva no es solo un problema de formas, sino un factor que erosiona cualquier intento de recuperación.
El perfil técnico de Lizarzaburu —ligado al ámbito financiero— apunta a ordenar cuentas más que a redefinir el rumbo. Pero la pregunta es otra: cuánto margen real tiene un presidente en una institución donde el cargo parece diseñado para durar poco.
Más que una transición, lo que se repite es un patrón. Cambian los nombres, no la fragilidad. En Petroperú, la presidencia del directorio se ha convertido en una silla eléctrica: todos llegan con credenciales, pocos con tiempo, ninguno con garantías.
El problema ya no es quién asume, sino cuánto resistirá.