Cada vuelta a clases reabre una inquietud bastante común entre padres y docentes: la sensación de que a los niños les cuesta concentrarse más que antes. Para la psicóloga María del Carmen Menéndez, el problema no pasa exactamente por una pérdida de capacidad, sino por el entorno en el que crecen. Hoy están expuestos desde muy pequeños a una cantidad mucho mayor de estímulos: celulares, tabletas, computadoras, videojuegos y redes sociales que compiten todo el tiempo por su atención.
Ese cambio, explica, ha favorecido una lógica de satisfacción inmediata. Los niños ya no solo reciben más información, sino que se acostumbran a obtener recompensa rápida y constante. Eso impacta en su manera de sostener el foco, esperar, frustrarse menos y pensar antes de actuar. “Les cuesta más desarrollar el control inhibitorio”, señala, en referencia a esa capacidad de frenar impulsos, evitar distracciones y regular la propia conducta.

Menéndez aclara que el problema no son las pantallas por sí mismas, sino cómo se usan. Pueden ofrecer contenidos valiosos y hasta ser herramientas de aprendizaje, pero, cuando se convierten en una fuente ilimitada de entretenimiento, terminan desplazando otras formas de atención más pausadas. Ahí aparece una dificultad cada vez más visible: aburrirse. Antes ese vacío podía empujar a leer, imaginar, inventar un juego o simplemente esperar. Hoy, en cambio, la respuesta suele ser inmediata: otra pantalla, otro video, otro estímulo.
La vuelta a clases se vuelve especialmente difícil por eso. Después de semanas de vacaciones con horarios sueltos, paseos y menos exigencias, regresar a la rutina implica volver a responsabilidades que requieren estabilidad, esfuerzo y constancia. Según la especialista, los colegios suelen necesitar un periodo de adaptación, sobre todo con los más pequeños, porque pasar del entretenimiento libre al estudio sostenido no ocurre de un día para otro.
En el caso de niños y adolescentes con déficit de atención e hiperactividad, el desafío puede ser mayor. Menéndez explica que allí aparecen con más frecuencia dificultades para mantener la atención, sostener la memoria de trabajo, postergar la gratificación y anticipar metas futuras. Por eso les cuesta tanto empezar una tarea con anticipación o estudiar para un examen que todavía sienten lejano. En este caso, pesa más la recompensa del presente que una meta posterior.
Frente a ese panorama, la psicóloga insiste en fortalecer los hábitos. Dormir bien, desayunar, tener un espacio definido para estudiar, mantener materiales ordenados y contar con acompañamiento en casa hacen una diferencia concreta. “Estudiar no puede ser en la cama”, advierte. También recomienda evitar los gritos y apostar por la firmeza con anticipación, organización y seguimiento.
En las aulas, la especialista recomienda recurrir al reforzamiento positivo, reconocer los avances y motivar a los estudiantes a partir de pequeños logros. Actividades dinámicas, estímulos visuales, historias o juegos pueden ayudar a captar el interés inicial, especialmente en los niños más pequeños. A diferencia de los métodos rígidos o punitivos que se usaban antes, hoy la enseñanza busca generar un vínculo más cercano entre profesor y alumno, en el que la curiosidad y la participación se conviertan en motores del aprendizaje.
Para padres y profesores, la clave no está en castigar más, sino en acompañar mejor. Menéndez subraya la importancia del refuerzo positivo, de reconocer avances pequeños y celebrar logros inmediatos. Cuando un niño siente que puede, se motiva. Y en tiempos de estímulos veloces, recuperar la atención no pasa solo por poner límites, sino por enseñar, con paciencia, que también hay valor en el esfuerzo sostenido.







