La escena es común: alguien pierde a su perro o a su gato y, en lugar de consuelo, recibe un mandato para “superarlo rápido”. “No es para tanto” o “solo es un animal” son las frases que se suelen recibir. Gaby Pérez Islas lo resume en una frase: “Afuera hay muy poca contención”. Tras la pandemia, su consulta se llenó de personas arrasadas por el dolor, pero enfrentadas a una respuesta social que las desautorizaba. “Escuchaban: ‘es un perro, adopta otro’. ¿Cómo no se van a callar? Sentían que su dolor no era legítimo”.
Ese vacío –emocional y cultural– motivó Tu huella en mi vida como una forma de darle lenguaje a un duelo que se vive a escondidas. “Si el amor es real, el dolor también”, insiste.
LO QUE LO VUELVE DISTINTO
Para Pérez Islas, el duelo animal tiene dos nudos centrales. El primero es la soledad: “A una viuda todos la contienen. Pero cuando pierdes a tu animal quieren hacer chiquito tu dolor”. El segundo es la culpa. El teniente –prefiere esa palabra a “dueño” o “amo– carga con la sensación de haber fallado incluso cuando hizo lo necesario. “No juzgues tus decisiones del domingo con el periódico del lunes”, dice. Para evitar esa sensación, sostiene que “se hizo lo que se pudo con las herramientas que se tuvo”.
A eso se suma el duelo anticipatorio. Ella lo define como “la antesala de la despedida”. Verlos envejecer, detenerse, respirar distinto y jugar menos. Nada es dramático en apariencia, pero todo anuncia el final.
LOS VACÍOS QUE REVELA LA AUSENCIA
La pérdida no solo duele por el vínculo; duele porque descubre lo que estaba debajo. “Los animales mitigan vacíos. No los crean”, afirma. Su presencia sostiene rutinas, calma silencios, hace compañía sin demandar. Cuando mueren, el día se vuelve más grande. Se siente más frío. “Ahí te jalan la cobija te das cuenta de todo lo que cubrían”.
Por eso desaconseja llenar el hueco de inmediato. “Cuando tienes algo para dar, no algo que pedir, ese es el momento”. Adoptar solo para evitar el golpe se perfila como una conducta que responde al miedo.
RITUALES QUE ORDENAN
En Tu huella en mi vida, la autora propone un gesto sencillo para reorganizar el dolor: una carta de despedida con cinco movimientos –agradecer, perdonar, pedir perdón, decir lo que se siente y, por último, decir adiós–. “Decir adiós es lo más duro. Pero es necesario. Es reconocer que llegamos hasta donde podíamos cuidarlos”.
Con esto, se busca trazar una ruta emocional. “El dolor se ordena cuando tiene un cauce”, dice. Incluso sugiere quemar la carta y usar las cenizas como abono para una planta.
El libro también explora el duelo desde el otro lado: el de los animales. “Ellos no comprenden la muerte, pero sí la duelen”, afirma. Habla de especies que realizan rituales funerarios y recuerda que un perro que no ve el cuerpo de su humano puede pasar años esperándolo. Lealtad, pero también desconcierto.
COMPRENDER PARA ACOMPAÑAR
Pérez Islas es clara: “Dejemos de poner el dolor en escala”. El afecto hacia un animal no reemplaza a nadie ni compite con nada. Tiene su propia textura. “Lo que ellos nos dan es amor incondicional. Y eso se queda pegado a la piel”, afirma. Y en esa frase cabe toda la dimensión de este tema: un recuerdo que sigue moviéndose dentro de uno, silencioso y fiel, como la huella de quien acompañó sin pedir nada. Esa huella se vuelve parte de cómo aprendemos a querer, incluso cuando ya sabemos que despedirse no es fácil.













































