Por: MANUEL ESTELA
Pagar impuestos no es solo una obligación, sino una expresión de convivencia. La tributación nace del hecho de vivir en sociedad y representa el aporte que cada ciudadano hace para financiar el Bien Común. Un sistema tributario sano se basa en tres pilares: el régimen, que define los tipos de impuestos y sus tasas; el código, que establece los derechos y deberes de los ciudadanos y del Estado; y la administración, que debe aplicar las reglas con ética, eficiencia y transparencia.
Para que el sistema funcione, los impuestos deben ser coherentes con la realidad del país. No se puede diseñar una política tributaria al margen de la estructura productiva, del momento económico o del nivel de desarrollo de la población. Por eso, la credibilidad del Estado y la confianza de los contribuyentes dependen directamente del buen uso de los recursos públicos. Si el ciudadano percibe justicia y eficiencia en el gasto, cumple mejor con sus obligaciones.
En una economía social de mercado, el Estado debe evitar que los grupos de poder utilicen las instituciones para su propio beneficio. El dinero y los tributos son los instrumentos más poderosos para asegurar estabilidad, crecimiento y confianza, pero también los más vulnerables a la manipulación privada.
La refundación de la SUNAT, en el primer lustro de los años noventa, fue un paso importante hacia un sistema moderno, pero aún falta avanzar en su autonomía institucional para proteger la tributación de presiones políticas o intereses particulares.
Conocer mejor cómo funciona la tributación no es un tema solo para economistas, abogados o contadores. Es una tarea ciudadana. Comprenderla nos permite exigir transparencia y contribuir a una sociedad más justa, donde los impuestos no sean vistos como una carga, sino como una herramienta para construir un país más solidario y socialmente estable.












