La próxima campaña electoral promueve, en buena parte del espectro, la defensa del “modelo” económico y, en todo caso, su mejora expresada en la necesidad de un mayor crecimiento. ¿Pero los votos acompañarán esa línea de pensamiento?
La nueva radiografía socioeconómica de APEIM carga una imagen directa: el 61,5 % de los hogares peruanos está en los niveles D y E. Seis de cada diez familias sobreviven con ingresos que apenas cubren lo básico, cuando lo cubren.
¿Cómo se reconcilia esa estructura social con un país que presume un PBI per cápita de 7500 a 8000 dólares? ¿Dónde vive ese Perú que supuestamente produce riqueza a escala latinoamericana?
Hay un Perú que aparece en las cifras y otro que aparece en los hogares, y entre ambos hay un abismo.



EL PERÚ QUE SE CUENTA Y EL PERÚ QUE SE VIVE
El PBI per cápita no mide ingresos personales ni bienestar. Es simplemente la producción total dividida entre la población. Un promedio engañoso que esconde la desigual distribución de la productividad nacional.
Frente a este panorama, no son pocos los que urgen siempre recordar de donde viene el Perú. Y es cierto. Durante los últimos treinta años, el PBI per cápita del país ha dado un salto extraordinario si se le compara con el país de inicios de los años noventa. Tras tocar pisos históricos durante la hiperinflación –con un ingreso per cápita que apenas superaba los USD 1000 en 1990–, la combinación de estabilización macroeconómica, apertura comercial y un ciclo de alto crecimiento impulsado por la minería permitió que el país triplicara su riqueza promedio por habitante hacia mediados de 2000, pasando a la franja de USD 3000–4000. El superciclo de los commodities entre 2005 y 2013 consolidó el despegue: el PBI per cápita cruzó la barrera de los USD 6000 y, hacia 2019, llegó a bordear los USD 7000–7500, ubicando al Perú en la categoría de ingresos medios altos según el Banco Mundial. La pandemia detuvo esa trayectoria, pero el indicador se ha recuperado parcialmente y hoy se sitúa entre USD 7500 y USD 8000, reflejando un país que produce mucho más que antes, aunque –como muestran las cifras sociales– esa riqueza no se distribuye de manera homogénea.

En su primera y reciente exhortación apostólica Dilexi Te, “Te he amado”, el papa León XIV alude a su experiencia como misionero en el Perú. Sostiene que “hay reglas económicas que resultaron eficaces para el crecimiento, pero no así para el desarrollo humano integral. Aumentó la riqueza, pero con inequidad, y así lo que ocurre es que ‘nacen nuevas pobrezas’. Cuando dicen que el mundo moderno redujo la pobreza, lo hacen midiéndola con criterios de otras épocas no comparables con la realidad actual. Porque en otros tiempos, por ejemplo, no tener acceso a la energía eléctrica no era considerado un signo de pobreza ni generaba angustia. La pobreza siempre se analiza y se entiende en el contexto de las posibilidades reales de un momento histórico concreto”.

La estructura por Niveles Socio Económicos (NSE) de APEIM, construida a partir de la encuesta de ingresos del INEI, lo deja en evidencia:
• A: 1 % (ingreso familiar promedio mensual de S/ 14 mil)
• B: 9.4 % (S/ 8 mil)
• C: 28.1 % (S/ 4200)
• D: 31.3 % (S/ 2700)
• E: 30.2 % (S/ 2 mil)
La supuesta “clase media amplia” desaparece cuando miramos los ingresos reales. Y lo que surge es un país mayoritariamente pobre o vulnerable.
Pero la magnitud de la brecha solo se entiende al cruzar esos niveles con los ingresos reportados en soles.
Tomando los ingresos típicos por hogar y dividiéndolos entre el número de personas en cada NSE, obtenemos ingresos per cápita que van desde S/ 60 000 al año en A hasta S/ 3200 en E.
Cuando ponderamos estos ingresos según la distribución nacional, el resultado es devastador:
Ingreso per cápita real del peruano promedio: S/ 9465 al año.
Es decir:
• S/ 788 al mes por persona
• Aproximadamente USD 205 mensuales
Ese es el país real.
Contrastemos con el país estadístico:
• PBI per cápita en dólares: USD 7800 al año
• Ingreso per cápita real en soles: S/ 9465 al año (USD 2460)
El Perú produce como si fuera un país de ingresos medios, pero vive como uno de ingresos bajos.

EL MOTOR MODERNO QUE EMPUJA LAS CIFRAS
¿De dónde sale entonces ese PBI relativamente alto?
De sectores que funcionan como islas de productividad: minería, energía, agroexportación, servicios corporativos, banca y telecomunicaciones.
Son actividades que generan valor extraordinario, pero emplean a muy pocos. Una élite productiva sosteniendo una estadística nacional que no refleja la vida cotidiana.


LA TRAMPA DE LA INFORMALIDAD
El Perú funciona con un doble motor:
- Un sector moderno, pequeño y productivo, que empuja el PBI.
- Un sector gigantesco e informal, donde trabaja el 70 % del país y cuya productividad es baja.
La informalidad no es solo evasión o precariedad. Es una trampa de productividad sistémica: millones trabajando mucho para producir poco.
Y ahí se explica por qué el ingreso promedio es tan bajo pese al PBI tan alto.
Dentro de ese sector informal está el componente más opaco y más explosivo: la minería ilegal e informal, parte de una shadow economy que opera fuera del Estado. Los cálculos actuales de su volumen económico estimado están entre USD 7 mil millones y USD 12 mil millones al año. Entre 3 % y 6 % del PBI. Es decir, una economía paralela del tamaño de todo el sector agricultura o dos veces el sector pesca.
Muchos creen que, si esta economía en la sombra se contabilizara, el Perú aparecería como un país mucho más rico. Pero la evidencia dice lo contrario: - Parte de la informalidad sí se incorpora al PBI
El INEI estima producción informal en comercio, servicios, manufactura artesanal y agricultura.
Por eso no se puede sumar mecánicamente “X % de informalidad” al PBI. - La minería ilegal sí está fuera de las cuentas… pero no cambia el ingreso promedio
Es cierto: la minería ilegal mueve miles de millones.
Pero su captura estadística es mínima.
Sin embargo:
Aunque se incorporara toda esa producción, el ingreso promedio nacional no subiría. Porque la riqueza se concentra en mafias y financistas, no se pagan impuestos, no se financia infraestructura, no mejora la productividad, no redistribuye, ni pasa por los hogares promedio del país.
La minería ilegal no corrige la brecha. La agrava.
LA ILUSIÓN DEL INGRESO MEDIO
Durante años se habló del “Perú emergente”, del ascenso social acelerado, del país en ruta al desarrollo. La nueva APEIM desmonta esa ilusión.
León XIV lo remarca: “en un mundo donde los pobres son cada vez más numerosos, paradójicamente, también vemos crecer algunas élites de ricos, que viven en una burbuja muy confortable y lujosa, casi en otro mundo respecto a la gente común”.
El debate electoral tampoco puede aislarse en la burbuja.
La pregunta final es inevitable, y los candidatos bienintencionados se la deberían formular con mucho cuidado:
¿Qué país van a gobernar: el que aparece en los indicadores o el que aparece en los hogares? (Enrique Chávez)












