Por: Cristina Dreifuss
Decana de la Facultad de Arquitectura y Diseño - UPN
Todos los fines de semana, sin falta, un grupo de personas mayores llegaba al parque con sus zapatos de baile y sus ganas. No pedían permiso ni plata. Solo ponían la música y bailaban. Y el parque, de pronto, se volvía otro: más vivo, más humano, más de todos.
El alcalde de Miraflores cerró ese espacio. Arbitrariamente. Sin explicación que se sostenga, sin diálogo, sin considerar por un segundo lo que estaba destruyendo. La opinión pública fue tajante y, poco tiempo después, la municipalidad tuvo que rectificar y volver a abrir el espacio.
Lo que ocurre ahí no es un espectáculo ni un evento municipal. Es algo mucho más valioso: una reunión espontánea, construida desde abajo, sostenida por el puro deseo de estar juntos. Para muchos de esos adultos mayores, ese rato de baile no era un hobby. Era su red social, su ejercicio, su razón para salir de casa el fin de semana. La evidencia científica es contundente: el aislamiento social en la tercera edad deteriora la salud física y mental con una velocidad brutal. Quitarles ese espacio no es un inconveniente menor. Es un daño real.
Pero el daño de anular ese espacio no se hubiera limitado solo a quienes bailaban. Los que pasan por el parque Kennedy y se encuentran con esas parejas bailando saben exactamente de qué hablamos: esa imagen te cambia el día. Te recuerda que la vida puede ser alegre, que la vejez no es solo declive, que el espacio público puede ser hermoso cuando la gente lo habita con libertad. Por unos días parecía que eso también se iba a perder.
Una administración consciente no cierra lo que la gente construyó sola o trata de regularlo en su provecho. Una buena alcaldía identifica estos usos espontáneos y ricos del espacio, empodera a quienes los generan, les ofrece bienestar real a sus ciudadanos.









































