Por Marce Rosales
A Giovanni Ciccia le gusta improvisar. A Gianella Neyra también. Lo cuentan casi al pasar. En este caso, parece ser una vieja costumbre adquirida después de demasiados rodajes compartidos y escenas repetidas durante horas hasta que la emoción deja de sentirse nueva y uno necesita inventar pequeños accidentes para que todo vuelva a respirar. Él escucha. Ella rebota. Él propone algo absurdo. Ella se ríe y devuelve otra cosa. La directora pide volver al texto. Ellos siguen jugando un poco más.
En algún momento de la conversación, Gianella menciona algo importante: cuando ya conoces tanto al actor que tienes al frente, desaparece la necesidad de protegerte. Entonces uno “se lanza a la piscina”. Pero probablemente ahí está escondida la verdadera explicación de por qué ellos siguen funcionando juntos en pantalla después de tantos años. “Confío en él como actor plenamente. Entras, te diviertes, conectas, y que pase lo que pase”, dice.
Giovanni, por su parte, lo formula desde una familiaridad doméstica. Trabajar con Gianella, dice, es como juntarse con una hermana. Cuando la confianza ya está resuelta, la actuación deja de estar ocupada en protegerse. “La tensión es enemiga del actor y la tensión es enemiga de la creatividad”, dice.
Antes ya habían sido pareja, o casi pareja, en distintas coordenadas del entretenimiento peruano: Mi problema con las mujeres, Recontraloca, Locos de amor. Historias con otro pulso, más cerca del descubrimiento, del enredo o de la comedia como maquinaria de seducción. En Amando a Amanda, la nueva película de Ani Alva Helfer, Giovanni y Gianella no interpretan personajes jóvenes que descubren el amor por primera vez.
Tampoco juegan a la fantasía romántica de gente perfecta iluminada por atardeceres de Pinterest. Lo que hacen es algo menos pop y acaso un poco más difícil: interpretar a una pareja que ya pasó por el entusiasmo inicial y ahora intenta entender qué hacer con todo lo que vino después.

EL DIFÍCIL ARTE DE QUEDARSE
Gianella habla de Amanda como un personaje lleno de capas, aunque evita revelar demasiado. Se nota que le tiene afecto. Habla de ella como se habla de alguien que existe de verdad y al que todavía intenta descifrar. “Es un personaje complejo”, dice, casi como si necesitara insistir en ello para evitar que la película quede reducida a la etiqueta cómoda de “comedia romántica”. Amanda, explica, tiene “muchos niveles” y “muchos matices”; una construcción que trabajó con Ani Alva Helfer “con mucho cariño y con mucha responsabilidad”.
“Yo puedo estar bien sola, pero contigo estoy mejor”, dice Gianella en un momento de la conversación. Para ella, hay una gran diferencia entre elegir a alguien desde el deseo y quedarse por miedo a no tener a nadie.
Giovanni llega a un lugar parecido desde otro lado. En su caso, la película le habla porque él mismo entiende el amor como una decisión que se sostiene todos los días. “Yo soy una persona que tiene una relación de 25 años y la trabajo diariamente”, dice. Luego agrega que noes alguien que rompe un compromiso “al primer problema” o “a la primera complicación”. La película, para él, habla de eso: “Decidir amar, más allá de los problemas, decidir quedarte con una persona”.
Ese es el punto donde ambos empiezan a conversar sin estar en la misma llamada. Gianella habla de paciencia. Giovanni habla de compromiso. Ella insiste en que las relaciones necesitan tiempo. Él advierte que hoy el amor parece “rápidamente intercambiable, negociable, cancelable”. Ninguno propone una defensa ingenua del aguante. Ninguno romantiza la resignación. Lo que aparece, más bien, es una pregunta menos cómoda: qué queda del amor cuando deja de ser impulso y empieza a exigir carácter en una época que parece tenerle terror a la paciencia.
Gianella dice que vivimos en una era “más rápida”, acostumbrada a la satisfacción automática, donde todo parece tener que llegar de inmediato. “Las relaciones toman tiempo”, sostiene. Y añade que para construir algo sólido hace falta paciencia, tolerancia a la frustración y una consciencia muy poco fotogénica: las cosas buenas rara vez son perfectas desde el inicio. “Hay que ser valiente para amar y sostenerlo en el tiempo”, agrega.
Giovanni conserva el humor de músico que sobrevivió a demasiadas noches de conciertos de Chabelos. Gianella responde con esa velocidad mental de quien ya está pensando tres ideas más adelante. Se molestan, se corrigen, recuerdan tonterías.
Porque Amando a Amanda no parece obsesionada con el amor espectacular. Más bien parece interesada en el amor cuando deja de ser espectacular y aun así decide quedarse en la habitación. La historia, cuenta Gianella, mira a una pareja que se conoce desde el colegio, “el primer amor de tu vida”, y se pregunta qué ocurre cuando esos años pesan, cuando ciertas cosas “vuelven y vuelven y vuelven a suceder”, cuando una persona intenta aceptar lo que quizá la otra no puede cambiar. “Es una historia madura”, dice. Más dramática por momentos, más profunda, más trabajada desde las aristas.

UNA PELÍCULA TAMBIÉN SE SOSTIENE
Afuera de la ficción, además, Gianella atraviesa otro momento importante al involucrarse en la producción. Habla del proyecto con entusiasmo casi artesanal. Cuatro productoras peruanas unidas para sacar adelante una película en una industria en la que hacer cine todavía exige terquedad, alianzas y algo de fe. Allí están Del Barrio Producciones, AV Films, Ani Alva Helfer, Cecilia Gómez de la Torre y la propia Gianella desde una lógica de colaboración que ella entiende como posible camino para seguir filmando en el país.
Por eso le interesa la coproducción, las alianzas, la búsqueda de fórmulas que permitan abrir puertas. Producir, cuenta, le da una mirada completa del proceso.
Al final, cuando se le pregunta qué cree que pensará el público al salir de la sala, Gianella no se refugia en una frase de campaña. Dice algo más sencillo y, por eso mismo, más peligroso: “Creo que el público va a pensar que merece que lo amen bonito. Que merece que lo amen como es”. Luego imagina a la gente corriendo a abrazar a la persona que la ama.
