Escribe: Freddy Salazar Luján
El próximo gobierno, a partir del 28 de julio de 2026, tendrá una difícil tarea. En primer lugar, tiene que restablecer la confianza y tender caminos de diálogo para afrontar los problemas más urgentes que aquejan a la población con un mínimo de estabilidad política y social. Al mismo tiempo, tiene que restablecer la autoridad y el orden sobre la base de la Constitución Política y las leyes para empezar a combatir la inseguridad y la precaria institucionalidad.
No son tareas sencillas y pueden convertirse en opuestas dada la urgencia de los reclamos ciudadanos. Los niveles de pobreza (26 %, según INEI, 2026) no han regresado a las cifras prepandemia (20 %); la inseguridad ciudadana se ha incrementado y muestra diariamente su rostro más cruel; el crecimiento económico alcanza apenas el 3 % anual (menos de la mitad del crecimiento anual de hace quince años); el empleo se ha precarizado más; la inversión privada ha disminuido; y el gasto público ha aumentado, pero las brechas de cobertura y calidad han empeorado en los servicios de educación y salud públicos.
A las dificultades internas que tendrá el próximo gobierno hay que agregar las que vienen del contexto global. El FMI prevé un crecimiento de la economía mundial de 3,1 % para el 2026 con una desaceleración temporal y una inflación anual del 4,5 % debido a tensiones geopolíticas, la guerra del Golfo, el incremento en los precios del petróleo (que bordea los 100 dólares por barril), todo lo cual repercutirá negativamente en la economía peruana.
De otro lado, la Organización Meteorológica Mundial (OMM) ha anunciado un nuevo episodio del fenómeno del Niño, de una intensidad muy fuerte a partir de mediados de 2026, lo que impactará negativamente en la agricultura, la infraestructura y los hogares de muchos peruanos.
Todo lo anterior aconseja un prudente manejo fiscal en los próximos años. Sin embargo, lo que recibirá el próximo gobierno es un presupuesto público desfinanciado, con importante aumento en el gasto corriente y compromisos futuros de mayores gastos por leyes que el actual Congreso de la República está aprobando, las que según el Consejo Fiscal comprometen ya cerca de 12 000 millones de soles anuales.
Si bien el déficit fiscal bordea el 2 % del PBI (MEF, BCRP), este porcentaje podría aumentar por lo señalado anteriormente, como lo advierte la agencia calificadora Fitch Ratings.
Las cifras del Presupuesto Público 2026 son muy claras para evidenciar el problema. Sobre un presupuesto total de 257 562 millones de soles (Ley 32513), el 64 % corresponde a gastos corrientes y un 13 % es para el pago de la deuda pública. Solo queda para inversiones alrededor del 20 % y para la reserva de contingencia (que la vamos a necesitar) solo se ha presupuestado el 1,8 % del gasto total equivalente a 4683 millones de soles.
Cabe anotar que la deuda pública externa es de 46 453 millones de dólares, mientras que la deuda pública interna suma 209 521 millones de soles (la suma de ambas equivale al 30,1 % del PBI).
Por el lado monetario, cambiario y de balanza de pagos, el adecuado manejo está asegurado si se mantiene la autonomía constitucional del Banco Central de Reserva del Perú (BCRP) y se descartan las pretensiones populistas de usar las reservas internacionales netas, que bordean los 100 000 millones de dólares y permiten la estabilidad cambiaria.
¿Qué deberá hacer el próximo gobierno? Con un prudente manejo fiscal y preservando la estabilidad monetaria, el desafío es promover un “shock de inversiones”, públicas y privadas, siendo estas últimas las que tendrán que duplicarse para lograr que el crecimiento económico anual sea de al menos 5 % o 6 %. Se necesita destrabar proyectos y disminuir sensiblemente la cantidad y variedad de trámites burocráticos en todos los niveles de gobierno (nacional, regional y municipal).
Pero tendrán que abordarse también los problemas estructurales que impiden que el crecimiento llegue a más peruanos. La Organización para el Desarrollo y Cooperación Económica (OCDE) (que integran 38 países donde el Perú desea ingresar) definió en 2022 la agenda que el país debe adoptar para mejorar la calidad de sus políticas públicas, en especial en lo referente a tratamiento de las inversiones, políticas medioambientales, gobernanza pública, política científica y tecnológica, calidad educativa y desarrollo regional.
El Perú ocupa un desempeño intermedio en el Índice de Desarrollo Humano (IDH) que elabora anualmente Naciones Unidas (0,794 puntos sobre un total de 1,0), pero se evidencian retos sociales importantes y de gobernanza. De otro lado, en el Ranking de Competitividad Mundial 2025 (IMD), el Perú ocupó el puesto 60 de 69 economías evaluadas, evidenciándose problemas de diversificación productiva, corrupción, seguridad e infraestructura básica.
El diagnóstico está claro, pero hay que adoptar políticas de Estado (cuyos fundamentos se mantienen no obstante cambien los gobiernos) para los próximos treinta años. Documentos importantes para orientar esta tarea son el Plan Estratégico de Desarrollo Nacional al 2050 (CEPLAN), el Plan Nacional de Infraestructura Sostenible para la Competitividad (MEF) y las 35 Políticas de Estado del Acuerdo Nacional.
¿Qué se puede avanzar en los próximos cinco años en estas líneas estratégicas? Podemos fomentar el valor agregado en nuestra producción de minerales, agronegocios, industria, pesca, actividad forestal-maderera, turismo y servicios. También empezar a integrar productivamente a las diferentes regiones del Perú con un sentido transversal y de cuenca, para así disminuir la pobreza extrema.
Apostar por una educación y una salud públicas de calidad, enfocadas en el bienestar integral de las personas. Modernizar al Estado para que haga bien su tarea y recupere la credibilidad y la confianza de los ciudadanos. Y hacerlo con honestidad, eficiencia, seguridad y rapidez, porque ya hemos perdido mucho tiempo.











