La entrevista con Ingrid Yrivarren ocurre por Zoom, un día antes de su viaje de regreso a México. En su voz se nota el cansancio por el ajetreo de su estadía, pero también mucha satisfacción por el trasfondo filantrópico del evento que realizó. La gala solidaria “Te quiero bien, Perú”, organizada junto a Andrés Roca Rey, tuvo como objetivo ayudar a los niños del Instituto Nacional de Salud del Niño.
“Cada vez que regreso a Lima es emocionante. Aquí están mis olores, los sabores, mis recuerdos. Este es el país que me dio la vida”, dice con una sonrisa tenue. En su acento se cruzan dos mundos: la Lima natal y el México que la acogió. En ambos, su misión es tender puentes culturales que acerquen aún más a dos países que tienen tanto en común.




EL ARTE DE QUERER BIEN
El germen de la gala nació con una llamada. “Un día Andrés me propuso hacer algo juntos. Él quería celebrar diez años como torero y retribuir al Perú parte de lo que había recibido. Y si me dices ‘ayuda’, yo estoy lista”, recuerda. La preparación tomó un año entero: artistas, diseñadores y chefs sumaron voluntades en una velada donde la belleza se transformó en acto solidario.
El nombre del evento es potente, pero ¿cuál es la diferencia entre querer y querer bien? “Querer bien es querer bonito, con el corazón. No se trata de cuánto damos, sino de cómo lo hacemos”, cuenta. La frase resume la filosofía que sostiene su vida. Ingrid cree que los gestos sinceros, por pequeños que sean, son capaces de transformar. “He tenido la suerte de nacer en un hogar con amor y valores, de estudiar, de hacer lo que amo. Muchos no tienen ese carnaval de oportunidades. Por eso retribuir es casi un deber”.

DOS PATRIAS, UNA RAÍZ
Esa convicción sostiene su trabajo desde 2007 con VIVA en el Mundo, organización que promueve la diplomacia cultural a través del arte y la solidaridad. Desde entonces, Ingrid ha impulsado festivales, encuentros y proyectos que muestran al Perú como un país con mucho potencial a ojos del mundo. “Trato de enaltecer nuestras riquezas, ponderar nuestros orgullos y dar a conocer lo mejor de nosotros dentro y fuera del país”.
En un contexto complejo, su apuesta por la cultura como herramienta de unión cobra otro sentido. “En tiempos difíciles hay que hacer cosas positivas, demostrar que sí se pueden hacer cosas buenas”. Esta frase toma mayor relevancia en estos tiempos, ya que el asilo político otorgado a la expremier Betssy Chávez tensó las relaciones entre ambas naciones.
“Espero que estas tensiones políticas sean pasajeras por el bien de las inversiones, la economía y las relaciones diplomáticas entre ambos países”, opina.
MIRAR AL OTRO
Hablar del Instituto Nacional de Salud del Niño la conmueve. “El pabellón de quemados me afecta sobremanera. Ver a esos pequeños con sus cuerpos lesionados te parte el alma. Muchos vienen de provincias y deben viajar más de veinte horas con el cuerpo herido porque no tienen medios. Uno quisiera hacer más, siempre más”. La empatía se vuelve entonces algo más que palabras bonitas. Hay un sentido de urgencia en un país que tiene mucho por mejorar en su sistema de salud.
Para ella, ayudar también es una forma de agradecer. “En la vida no solo se trata de recibir, sino de retribuir”. Por eso insiste en que las empresas, los artistas y los ciudadanos deben comprometerse con la educación y la salud. “Solo así podremos formar mejores seres humanos. No se puede pensar en crecimiento si no se mira por los niños, que son el futuro del país”.


LIMA Y SU GENTE
Ingrid observa el país y cada visita siempre trae algo nuevo para ella. “Me gusta correr por las mañanas, mirar a la gente, imaginar sus historias. Este viaje fue más intenso porque vinieron invitados de España, México, Bélgica y Estados Unidos. Me importa que se lleven el mejor sabor del país, no solo gastronómico, sino emocional. Lima te abraza como una madre y por eso hay que cuidarla”
Entre recuerdos y anécdotas, se detiene un momento: “Nuestra ciudad tiene más de cuatrocientos años de historia mirando al mar. No podemos conformarnos. Hay que superarnos”.
EL LEGADO Y EL FUTURO
Sus mellizas de cinco años ocupan otro espacio en su discurso. “Si les preguntas, dicen que son mexicanas-peruanas. Me gusta que sientan ese doble amor”. Entre los proyectos venideros, adelanta un homenaje a Mario Vargas Llosa por sus noventa años. “El gobierno no se lo ha hecho, y es nuestro Nobel. Queremos celebrarlo como se merece”.
Antes de despedirse, resume lo esencial: “El Perú es el centro de mis emociones, de mis ganas de hacer. Todo lo que soy se lo debo a mi país. Por eso trato de retribuir, aunque esté lejos”. Luego añade con calidez: “Dicen que la casualidad nos hace hermanos y el corazón nos hace amigos. En el Perú tengo amigos del corazón muy fuertes. Y cada vez que un peruano brilla, siento que brillamos todos un poco más”.
Esa es la esencia de Ingrid Yrivarren, una embajadora de la belleza y del bien que, donde esté, recuerda que querer bien al Perú es la manera más luminosa de pertenecer al mundo. (Marce Rosales)













