Después de 39 días en los que el único tema de conversación fueron los partidos del Mundial de fútbol, toca hablar de uno de los aspectos más decepcionantes para los televidentes, uno que no estuvo dentro de la cancha, sino frente al micrófono.
Durante todo este tiempo, millones de latinoamericanos seguimos la Copa del Mundo básicamente a través de DirecTV, que tenía los derechos de los 104 encuentros y cuyas transmisiones estuvieron encabezadas, en su mayoría, por narradores y comentaristas argentinos (igual que los que pasaba Disney). Y No habría ningún problema con eso si no fuera porque, en demasiadas ocasiones, la pasión terminó imponiéndose al periodismo.
Una cosa es celebrar un gol de tu selección y otra, muy distinta, es convertir cada análisis en un ejercicio de justificación permanente: las faltas eran “viveza”; las protestas, “carácter”. Las decisiones arbitrales que perjudicaban a Argentina eran escandalosas; las que favorecían, apenas discutibles. Y cuando las imágenes mostraban actitudes difíciles de defender, el relato parecía decidido a encontrar una explicación alternativa.
Y esto pasaba cada vez que jugaba Argentina, cuando al parecer se olvidaban de que son una señal internacional y no el plantel de narradores y comentaristas de la televisión pública de su país. Muchos televidentes preferían cambiar a América Televisión (las veces que tenía el partido), o bajar el volumen del televisor y poner RPP. Y es que, cuando el narrador necesita explicar lo que todos acabamos de ver para que parezca otra cosa, deja de ser un profesional para convertirse en un hincha.
En el partido de la final con España, ya la transmisión se tornó insoportable, con arengas y todo: “Vamos, selección”, “Vamos, Argentina”, “Messi, Messi, Messi, dame una, por Dios te lo pido”. Incluso, al finalizar el partido, cuando se desató una trifulca en el terreno de juego porque el argentino Leandro Paredes agredió a Eric García y a Gavi, y el asistente técnico de Scaloni, Roberto “Ratón” Ayala, golpeó en el rostro al español Dani Olmo, ellos apenas lo mencionaron y seguían dando gracias a “su” equipo por todo lo que “les” había dado a los argentinos. Y por si fuera poco, cuando los campeones del mundo estaban levantando la copa y los jugadores argentinos les dieron la espalda como un evidente acto de desplante, ellos interpretaron: “Están mirando a la tribuna”, “Yo también me quedaría mirando a mi gente”.
Al día siguiente, buena parte de la prensa argentina (la prensa seria), hizo exactamente lo contrario. Columnistas, analistas y periodistas reconocieron el mérito del campeón y cuestionaron con dureza la reacción de su propia selección tras la derrota. Es decir, hicieron periodismo. Porque la crítica no traiciona al país; traiciona al periodismo quien renuncia a ella por un patrioterismo absurdo.
Esa diferencia hizo valorar todavía más la transmisión peruana de América. No fue estridente. Tampoco buscó competir en decibeles. Pero tuvo algo que hoy parece escaso: equilibrio. Sus narradores (Jesús “Tanke” Arias, Toño Vargas y Giancarlo Granda) y comentaristas (Erick Osores, Richard de la Piedra, Peter Arévalo, Óscar del Portal y Vladimir Vicentelo) describieron lo que ocurría sin convertirse en abogados de una camiseta. Cuando había que elogiar, elogiaban. Cuando correspondía cuestionar, cuestionaban. Sin dramatismos ni gimnasia verbal para justificar lo injustificable. Mención aparte para los enviados especiales: Juan Carlos Orderique, Jampool Cuadros y Nicolás Ramírez, que hicieron sus despachos para cada sede con profesionalismo y frescura.
El fútbol necesita emoción, es verdad; las transmisiones también. Nadie espera que un relator sea un robot. Pero una cosa es transmitir con pasión y otra muy distinta hacerlo desde la militancia.