Por Marce Rosales
En el Teatro Marsano, la luz tenue cae directo sobre el escenario y Connie Chaparro (42) se convierte en una mujer que podría ser cualquiera: una esposa que duda, una amiga que observa, una cómplice que calla. Su personaje en Desnudos –la obra que protagoniza junto a figuras como Ismael La Rosa, Virna Flores, Karina Jordán y Renato Bonifaz, bajo la dirección de Mikhail Page– representa el eco de muchas mujeres reales que aman, perdonan y, por momentos, se repliegan para reconstruirse desde la duda.
Desnudos no es una obra fácil de encapsular. Con la excusa de una cena entre amigos, el texto de la dramaturga alemana Doris Dörrie empuja a sus personajes a quitarse más que la ropa: se despojan de certezas, de máscaras, de narrativas prefabricadas sobre el amor. Chaparro lo describe con calma: “El amor no es perfecto en ninguna de las parejas. Todos cargamos historias. A veces priorizamos el éxito, el dinero, y dejamos de ver lo que realmente importa”.
Y así, entre veladas en penumbra, preguntas sin respuesta y abrazos a medias, la actriz traza un regreso significativo al teatro, uno que no solo es artístico, sino también vital. Después de años en la radio –donde su voz se volvió una rutina familiar para miles–, Chaparro decidió arriesgar. Cerró ciclos, dejó un sueldo fijo, apagó el micrófono y volvió a escena. “Tomar la decisión fue difícil. Pero arriesgar también es una forma de encontrar motivaciones nuevas”, dice.
LAS ALAS DEL PERSONAJE DE CONNIE CHAPARRO
En la obra, Chaparro interpreta a una mujer que observa cómo su vida conyugal transcurre en medio de cambios inevitables. Es, según ella misma, el papel con el que más se identifica: “Dice que los cuerpos cambian, pero que lo esencial queda. Yo creo en eso. Con Sergio (Galliani) –su esposo– estamos juntos desde hace años. Hemos aprendido a amarnos desde el alma. Nos atraemos, claro, pero lo que nos une va mucho más allá”. Esa mirada íntima, que no busca la épica sino la verdad simple y humana, se traslada a su arte. Su presencia sobre el escenario es natural, despojada de artificios. Como si todo el guion estuviera ocurriendo por primera vez, noche tras noche.
REINVENTARSE CON INTENCIÓN
Hoy en día, Chaparro no quiere que la reconozcan solo por su pasado en series populares como en Así es la vida, donde interpretó a Jimena. Hoy se siente “revitalizada”, dice, y esa palabra parece clave para entender su momento actual. “Me gusta crear, arriesgarme. Estaba en una etapa muy cómoda y necesitaba retarme”, comenta. Por eso ahora combina la actuación con charlas motivacionales, emprendimientos personales, y una película por estrenarse: Operación Chavín de Huántar, donde interpreta a la viuda del comandante Juan Valer, uno de los héroes de la histórica operación militar. El personaje –real, doloroso, necesario– fue un reto distinto. “Tuve la oportunidad de conversar con su familia. Me conmovió profundamente”, cuenta. Y es allí donde Chaparro entiende que actuar es también una forma de dar voz a quienes ya no están.
CONNIE CHAPARRO SIN ATADURAS
Alejarse de la radio, confiesa, fue una de las decisiones más duras que ha tomado. “Me tomó tres años dejarla. Ya lo tenía pensado, pero no me atrevía. Estaba demasiado cómoda”. Su rutina, la conexión con el público, el formato familiar… todo eso le gustaba. Pero sentía que algo faltaba. “Ya no solo era hacer algo seguro, sino animarme a explorar lo incierto”, reflexiona. Esa necesidad de moverse la llevó a dedicarle mucho más tiempo al escenario. Y al escenario se entregó sin reservas.
A lo largo de su carrera, Chaparro ha probado de todo: ha sido villana y chica buena, ha hecho televisión, teatro, cine y radio. Y, sin embargo, cada vez que vuelve al escenario, regresa con cierta inocencia, pues actuar es un arte que no se termina de dominar. “Cuando era joven, todo iba tan rápido que no era consciente de lo que vivía. Ahora lo disfruto más. Me equivoco, sí, pero también me permito ser más auténtica”.
No es ajena al cambio, pero tampoco lo busca por ansiedad. Su carrera –como ella misma– ha sido más de fondo que de forma. Prefiere el trabajo constante, el crecimiento a fuego lento, los roles que se quedan en el cuerpo más allá del aplauso. No descarta volver a la televisión ni a la pantalla grande. “Estoy abierta a todo. Me gustan los retos”, dice. Y es fácil creerle.
CUANDO EL ARTE ES ESPEJO
Al final, el teatro -–como la vida– es una sucesión de elecciones. Chaparro elige desde la calma, desde esa certeza serena de que hay cosas que no se compran con éxito ni con audiencias millonarias, reflejándose nuevamente en su personaje. “A veces la gente se enfoca solo en el dinero. Pero tener una persona que te quiere, que está a tu lado, eso vale mucho. No todos se dan cuenta de eso”.
Quizás por eso, cuando se le ve actuar en Desnudos, uno percibe a alguien que entiende de procesos. De pérdidas. Del amor y sus mutaciones. De lo que implica, realmente, desnudarse frente a otro.
Y como su personaje, no grita. No se impone. Simplemente está. Sabe que no hay que decir mucho para tocar al público. Que a veces, el acto más valiente es el de quedarse. Mirar de frente. Y amar, aun cuando la oscuridad no permita ver con claridad. Como diría uno de sus personajes: los cuerpos cambian, pero el alma permanece. Y la de Chaparro –ligera, sensible, firme– sigue volando donde el teatro aún tiene algo que decir.


