Tatiana Merel representará al Perú en el certamen Universal Woman 2025 que se celebrará en la India. Para ella, no se trata solo de una banda, sino de encarnar “la fuerza, la sensibilidad y la riqueza cultural de la mujer peruana”. Desde su elección como Beauty Queen 2025, Merel se ha preparado con una rutina exigente de nutrición, entrenamiento físico y trabajo emocional. “Este certamen va más allá de la belleza: requiere autenticidad, fortaleza interna y un mensaje que inspire”. Planea visibilizar el arte textil, las danzas tradicionales y el rol de la mujer en las comunidades peruanas. “El Perú tiene una historia poderosa que merece ser contada, y yo quiero ser esa voz”, señala. Tras su participación, busca impulsar proyectos vinculados a la educación, el liderazgo femenino y la salud mental. “Espero que mi participación abra puertas, no solo para mí, sino para muchas más peruanas”, añade. Aunque continuará ligada al mundo de los certámenes, también proyecta su carrera hacia la comunicación digital y los programas sociales. “Siento que esto es solo el comienzo”, concluye.
Escribe: JUSTO CARBAJAL AGUIRRE
Con el pretexto de dar un “plazo de adecuación” el gobierno ha suspendido la medida de los chalecos obligatorios para motorizados. La norma, que ya fue publicada en El Peruano, exige, además, que recién la policía evalúe en 90 días si esta medida fue o no útil para mejorar las medidas de seguridad. O sea que una de las medidas más controversiales de los últimos años no fue analizada con la debida evidencia.
Como sabemos, la inseguridad ciudadana ha escalado tan fuertemente en la agenda pública que la sensación de indefensión frente al crimen común –asalto callejero, extorsión, sicariato, robos en tránsito– ha alcanzado niveles estratosféricos. Por ello implementaron el uso obligatorio de chalecos reflectantes con la placa del vehículo impresa a través del Decreto Supremo 004-2024-IN.
Supuestamente el plan era “identificar a los pasajeros y evitar que las motos sean usadas en actos delictivos”. El anuncio fue acompañado de la promesa de sanciones severas: multa de S/ 428 (8 % de una UIT) y retención del vehículo si no se cumplía.
El razonamiento detrás de la norma era, en principio, comprensible. Un alto número de delitos (desde robos a mano armada hasta asesinatos por encargo) son perpetrados en moto por su naturaleza ágil, discreta y rápida para huir con facilidad. Sin embargo, como suele ocurrir con políticas pensadas desde la inmediatez y no desde la evidencia, hizo que la medida se convierta en un símbolo del intento de recuperar el control de las calles.

EL FRACASO DE LA MEDIDA: CIFRAS, CASOS Y CONTRADICCIONES
A mediados de junio, cuando las críticas se intensificaron y los casos de delitos cometidos por sujetos que sí portaban chalecos comenzaron a difundirse en redes y medios, el Gobierno anunció que la medida quedaba suspendida por 60 días. “Estamos escuchando a los ciudadanos”, dijo el ministro del Interior en conferencia de prensa.
Pero lo que no dijo el ministro del Interior, Carlos Malaver, es que la medida, lejos de frenar el crimen, había generado una nueva capa de caos: gasto innecesario, informalidad, sanciones arbitrarias y una falsa sensación de seguridad que, al desaparecer, dejó al descubierto la improvisación del sistema.
Durante el primer mes de vigencia de la medida (del 22 de mayo al 20 de junio), diversas municipalidades y dependencias policiales comenzaron a reportar cifras que, lejos de confirmar la efectividad de la disposición, mostraban todo lo contrario. Según un informe de la Policía Nacional del Perú (PNP), se registraron más de 780 intervenciones policiales a motos en Lima Metropolitana, pero solo el 2 % de ellas terminó con detenciones efectivas por delito. Es decir, en más del 97 % de los casos, los motorizados eran ciudadanos regulares o trabajadores de delivery.
Simultáneamente, los índices de robo y asalto a mano armada no mostraron ninguna tendencia a la baja. Por el contrario, en distritos como San Juan de Lurigancho, Los Olivos, San Martín de Porres y Villa María del Triunfo –zonas con alto índice delictivo–, se reportaron hasta 12 asaltos por día a plena luz del día, muchos de ellos perpetrados desde motocicletas.
Además, el vacío normativo y la falta de fiscalización generaron una rápida reacción del mercado informal. Por ejemplo, en menos de una semana, Gamarra, Las Malvinas y otras zonas comerciales comenzaron a ofrecer chalecos con impresión personalizada de placas por precios que iban de los S/ 10 a S/ 25. No se requería verificación alguna. Basta con indicar una placa –propia o inventada– para que el vendedor entregue un chaleco “reglamentario”.
El costo oculto de una medida mal diseñada fue grande. Y es que obligó a las empresas a adaptarse repentinamente. Tanto las grandes empresas de reparto como para los motorizados independientes que constituyen el eslabón más visible y vulnerable de la cadena logística. En un país donde más de medio millón de personas viven directamente del transporte ligero en moto (entre delivery, courier, mototaxis y mensajería) cualquier medida que modifique la operatividad de este sistema tiene consecuencias inmediatas.
Tras el anuncio de la norma en abril, las empresas se vieron obligadas a adaptar sus procesos con urgencia. Si bien algunas ya empleaban chalecos reflectantes como parte del uniforme estándar con nombre visible de la empresa, placa impresa en el frente y reverso, color fosforescente y material reflectante de alta visibilidad. Esto obligó a muchas compañías a reimprimir miles de chalecos, ajustar los contratos de trabajo temporal e implementar protocolos nuevos para controlar y entregar los elementos de protección individual. En promedio, cada chaleco rediseñado costaba entre S/ 40 y S/ 60, lo que, multiplicado por flotas de entre 1000 y 5000 motociclistas, representa inversiones cuantiosas.
Además, lo más importante: la norma implicaba un nuevo control de stock logístico. Es decir, que los chalecos debían estar vinculados a una placa y a un conductor específico. Esto generó complicaciones adicionales en empresas que trabajan con modelos flexibles de contratación, donde un mismo motociclista puede usar vehículos distintos dependiendo del día, el turno o la necesidad. Se nota que los que dieron dicha disposición no tenían ni idea de cómo funciona el sector.
Empresas formales de courier se vieron afectadas a través de sus empresas de terceros motorizados, quienes debieron actualizar sus chalecos o arriesgar multas que interrumpieran el flujo de entregas. Esto generó demoras en entregas de “última milla”. Y, en algunos casos, renegociación de condiciones contractuales.
POLÍTICAS SIN EFECTOS
Detrás de cada medida mal diseñada, no hay solo una ineficiencia administrativa: hay historias de vidas impactadas, de recursos desperdiciados, de confianza rota. La norma del chaleco con placa impuesta a motorizados en el Perú ha sido más que un símbolo de descoordinación: ha sido una herida abierta en la relación entre el ciudadano común y el aparato estatal.
Por ejemplo, los motociclistas independientes no tuvieron apoyo logístico ni económico. Para ellos, el costo del chaleco recayó enteramente sobre sus espaldas. Recordemos que en los primeros días el precio del chaleco llegó a S/ 85 por unidad. A ello se sumó el riesgo de ser detenidos o multados mientras hacían filas para imprimir sus chalecos. Una cadena absurda de sanciones: multarlos por no tener lo que estaban yendo a buscar.
Además, es preciso mencionar la carga emocional y simbólica que cayó frente al trabajador. Un mensaje implícito que dice: “El Estado no confía en ti, a menos que te uniformes”. Esto genera resentimiento, desafección y desapego cívico en miles de ciudadanos decentes. El chaleco obligatorio fue una medida corta, ineficaz y costosa que no redujo los delitos, pero sí aumentó los gastos y la frustración ciudadana. Su fracaso debería servir como lección.
Por: LUIS MIGUEL IGLESIAS LEÓN
El pasado 20 de junio, la presidenta del Poder Judicial, presidió la instalación del Consejo Nacional de Justicia Especializado en Flagrancia Delictiva, entidad integrada por las más altas autoridades del sistema de justicia junto con el ministro de Economía y Finanzas, dando así el primer paso para el funcionamiento del Sistema Nacional de Flagrancia Delictiva (SNFD), creado mediante Ley Nº 32348, para hacer más efectiva la lucha contra la criminalidad en el país.
De acuerdo con esta norma, se espera que a corto plazo cada distrito judicial –son 34 en el país– cuente con una Unidad de Flagrancia Delictiva (UFD) que concentre en una sede a juzgados especializados en flagrancia, despachos fiscales, unidades médico-legales y forenses, áreas de investigación criminal y criminalística de la PNP y servicio de Defensa Pública, que deberán trabajar en forma articulada para el juzgamiento inmediato de delincuentes que sean capturados en pleno acto criminal, sea por detención policial o arresto ciudadano.
La creación del SFND expresa no solo la voluntad de todos los poderes del Estado de avanzar en el combate contra el crimen, sino también recoge la experiencia obtenida por las 17 UFD Modelo que ya operan a nivel nacional, a partir del proyecto piloto de 2022 en el distrito judicial de La Libertad, al que le siguieron otras UFD en Lima Sur, Lima Norte, Callao, Lima Este, Lima Centro, Lambayeque, Arequipa, Sullana, Santa, Cusco, Tacna e Ica. De acuerdo con cifras del PJ, a marzo de 2025 habían atendido más de 15 mil casos de flagrancia, resolviendo hasta un 85 % entre 24 y 72 horas. Un logro.
Si bien la iniciativa de las UFD nace de una experiencia similar implementada en Ecuador, afectado igualmente por la criminalidad organizada, no se puede obviar la práctica previa de los Módulos Básicos de Justicia, creados en la década de los noventa, que siguen funcionando en algunas zonas del país. Otro antecedente por considerar es la implementación conjunta del nuevo Código Procesal Penal desde 2004, resaltando que el diseño del SNFD estuvo a cargo de la Comisión Especial de Implementación del Código Procesal Penal.
A partir de la instalación del Consejo Nacional se espera que en cada distrito judicial se constituya el Comité Distrital de Justicia Especializado en Flagrancia Delictiva (CJDEFD), que estará integrado por el presidente de la Corte Superior de Justicia respectiva, el presidente de la Junta de Fiscales Superiores, el director del Servicio de Defensa Pública, el jefe de la Región Policial y el director regional del INPE, quienes tendrán a su cargo aplicar en sus jurisdicciones los planes, proyectos y directivas que se aprueben en el marco de la política nacional que defina el Consejo, además de supervisar su ejecución.
Cabe resaltar que la norma prevé que en cada UFD debe establecerse un Módulo de Atención al Usuario (MAU), a cargo del PJ, donde se orientará a los usuarios sobre los casos de detención en flagrancia. Asimismo, se pueden incluir otras áreas de apoyo, priorizándose aquellas dirigidas a la protección de las víctimas de los delitos investigados, procesados y juzgados en las UFD, con apoyo de gobiernos regionales y locales.
Cabe señalar el hecho de que no todos los delitos serían derivados a las UFD. De hecho, la propia norma dispone que están excluidos de ser derivados quienes sean detenidos por delitos de terrorismo, espionaje, tráfico ilícito de drogas o referidos a organizaciones criminales. Por otro lado, de acuerdo con cifras presentadas por el PJ ante el Congreso, la mayor parte de detenidos por delitos de extorsión no se derivan a este sistema debido a las características particulares de este, pues no suelen ser capturados al momento de la comisión del delito.
A pesar de ello, las Unidades de Flagrancia permiten descongestionar al sistema de justicia de delitos como los de violencia familiar, robo, hurto, estafa, microcomercialización de drogas o accidentes de tránsito, lo que facilita concentrar esfuerzos en delitos de mayor relevancia. Por tanto, esperamos que el MEF brinde los recursos para implementar UFD en todo el país, tal como se hizo con los Módulos Básicos de Justicia, para que los ciudadanos cuenten con un espacio donde puedan lograr justicia de manera efectiva.
Escribe: ARQ. URB. Jorge Ruiz de Somocurcio*
El sismo de grado 6.1 del día 15/06 frente a las costas del Callao activó muchas alarmas y dejó damnificados en el camino. No solo la víctima mortal en Independencia, sino la clausura sin mayor trámite, del complejo Larcomar por la municipalidad de Miraflores.
También se activó una campaña sostenida de advertencias, evocando los anuncios de especialistas como Julio Kuroiwa, que han sido enfáticas en señalar que las costas de Lima y Callao están en una cuenta regresiva hacia un sismo de grado 8.
La clausura de Larcomar, hito turístico y comercial que recibe más visitas que Machu Picchu, es un sinsentido de la municipalidad.
En primer lugar, porque la estructura de la edificación tiene el respaldo de las más prestigiosas oficinas de cálculo y estudio de suelos del medio. Y la propuesta estructural en el acantilado tiene el respaldo de Soletanche, empresa francesa de prestigio mundial en estudios de cálculo y soluciones especiales. Los funcionarios municipales no tienen la formación para discutir estudios como los anteriormente mencionados. Si se advierten algunas señales, lo prudente es sentarse a conversar con los propietarios y los técnicos. Pero clausurar todo el complejo, es un despropósito.
En fin, una raya más al tigre de los desaguisados de los alcaldes que no hace sino evidenciar que la generación de burgomaestres elegidos, sin mayor criterio ni proceso selectivo, tocó fondo. A los gobernadores y alcaldes les queda 1 ½ año de gobierno y el balance es totalmente desfavorable. No solo están en un rango de 30 % de inversión a medio año, sino que además en su mayoría están dedicando aproximadamente 80 % de su presupuesto para gastos corrientes. O sea, son agencia de empleos. En Lima, menos del 20 % de municipios se ha preocupado de tener una hoja de ruta para gobernar, (Plan Urbano Distrital), atraer inversiones privadas o desarrollar proyectos emblemáticos que reposicionen su distrito o eleven la calidad de vida de sus residentes.
De los 50 alcaldes que tienen Lima y Callao, ¿cuántos pueden ser reconocidos ahora como conductores de un proceso de desarrollo en sus jurisdicciones? Contados con los dedos de una mano.
Es decir, hay un proceso sostenido de alejamiento entre los gobiernos municipales y las necesidades de los ciudadanos de su jurisdicción.
Gestiones cargadas de arbitrariedad y vecinos totalmente desilusionados. Mientras tanto la ciudad no se detiene y avanza inmisericorde formal e informalmente. El resultado son ciudades malhechas que después costará mucho más recomponer, pero lo más grave, ciudades con un muy alto componente de riesgo ante la amenaza de desastres. El caso de Lima es emblemático. El Estudio de Riesgos elaborado por el ingeniero Julio Kuroiwa, Leopoldo Monzón y yo, mediante un concurso en la gestión del alcalde Luis Castañeda, advertía que la metrópoli se levanta sobre un 25 % de suelo inseguro; y lo más grave, su tendencia dominante de crecimiento y expansión urbana se está dando sobre suelo inseguro. Es decir, estamos viviendo la crónica de un colapso anunciado, ajena a una política de Estado en el tema.
*Decano del Colegio de Arquitectos de Lima
Durante años se anticipó su extinción, pero en lugar de desaparecer, las revistas impresas resisten. Y más aún: están regresando. En 2024, medios internacionales reportaron un fenómeno inesperado, aunque aún incipiente: el renacimiento del formato impreso, no como producto masivo, sino como objeto de valor. Publicaciones como Vice, Nylon y Playboy –que habían abandonado sus ediciones físicas– volvieron al papel, ahora en tirajes reducidos y bajo un enfoque curatorial. El impreso pasó de ser el soporte por defecto a un objeto premium, reservado para quienes están dispuestos a pagar por la experiencia.
Incluso las empresas tecnológicas más emblemáticas de la era digital están volviendo al papel. Microsoft lanzó recientemente Signal, una revista de 120 páginas dirigida a líderes empresariales. El primer número incluye un ensayo de Bill Gates, una entrevista con el CEO Satya Nadella y hasta una sección de estilo de vida.
Steve Clayton, vicepresidente de estrategia de comunicaciones de Microsoft, explicó que la inspiración vino tras leer una nota del New York Times sobre Costco Connection, una publicación iniciada en 1987 que hoy es la tercera revista más leída en EE. UU., con una circulación de más de 15 millones de ejemplares mensuales. Signal, dice Clayton, no pretende alcanzar esa escala, pero sí “hacer algo que no sea efímero”. El nombre mismo de la revista alude a la necesidad de destacar entre el ruido digital.
El regreso del impreso –ya sea en medios tradicionales o en relatos corporativos– parece responder a una mezcla de nostalgia, saturación digital y deseo de lo tangible. Como lo expresó Belle Cushing en la Columbia Journalism Review, el papel “volvió a estar de moda”, al igual que las cámaras Polaroid. Estudiantes de secundaria en EE. UU. destacan que tener un periódico impreso les permite desconectarse de las noticias fragmentadas y del ciclo incesante de TikTok. Una influencer de noticias reconoció que leer el New York Times en papel fue revelador: “En el teléfono, el algoritmo me muestra lo que me hace prestar atención, pero en papel realmente proceso lo que leo”.
La experiencia táctil y gráfica del impreso no solo apela a lo emocional. Estudios recientes muestran que leer en papel mejora la comprensión lectora y la retención, especialmente en niños y en textos complejos. A diferencia de la pantalla, el papel ofrece pistas espaciales y táctiles que ayudan a construir una memoria visual del contenido. Además, disminuye la sobrecarga cognitiva, evita distracciones y permite una lectura más profunda y menos fragmentada.
El impreso también permite apreciar la gráfica con otra sensibilidad: el diseño, la tipografía, la fotografía y la textura del papel componen una experiencia estética que no se puede replicar en digital. Tal vez por eso Signal decidió no publicar su contenido en línea, una decisión radical pero coherente con su propuesta.
Ante el declive de medios tradicionales y los despidos en redacciones, el relato impreso ha migrado también hacia las empresas. El New York Times describió cómo artistas y periodistas han pasado a publicaciones como The Red Bulletin, de Red Bull, o incluso colaborado con apps como Hinge, que lanzó +en tapa dura– una antología de historias románticas dirigida a la generación Z.
Por supuesto, no todos los impresos sobreviven. Las revistas de aerolíneas, por ejemplo, han migrado casi por completo al formato digital. Hemispheres, de United Airlines, publicó su última edición en septiembre de 2023. Pero eso no ha detenido la evolución. Hoy el papel resurge más delgado, menos frecuente, más curado y, en algunos casos, más corporativo, pero sigue avanzando. Y quizás más importante: sigue siendo leído. Sentarse con una revista, pasar sus páginas, detenerse en una imagen o en un titular, sigue teniendo algo que ninguna pantalla puede replicar.
De los 204 años de vida independiente del Perú, 110 transcurrieron bajo algún tipo de régimen democrático. Eso equivale al 54 % del tiempo republicano, una cifra que sorprende si se la compara con el discurso dominante –repetido tanto por el escepticismo académico como por el cinismo autoritario– según el cual la democracia en el Perú ha sido poco menos que una excepción.
La historia muestra otra cosa. La democracia, con todos sus límites –restricciones al sufragio, inestabilidad, golpes de Estado, corrupción, clientelismo– ha estado presente en más de la mitad del tiempo desde 1821. No se trata de un ideal cumplido, pero sí de una práctica persistente, muchas veces interrumpida, pero también retomada una y otra vez.
Este dato no es trivial. En los Estados Unidos, por ejemplo, se advierte hoy del peligro que representa una deriva autoritaria por parte del gobierno de Donald Trump. Lo hacen desde la conciencia de haber vivido en democracia por más de dos siglos, con la excepción puntual de la Guerra Civil. Los optimistas esperan que el presente sea un hipo, no una enfermedad crónica.
La diferencia es que allá se defiende la continuidad democrática como un valor histórico central, mientras que en el Perú se suele repetir que “aquí nunca ha habido democracia”. Esa frase, muchas veces funcional al desánimo o al populismo autoritario, no se sostiene en los hechos.
Son principios a los que se deberían someter quienes aspiran a la primera magistratura del país. Unos quieren suprimir instituciones como el Tribunal Constitucional y la Defensoría del Pueblo. Otros pretenden “refundar” el Perú. Y hay más de uno que propone aislarnos internacionalmente. Todas ideas antidemocráticas y autoritarias.

UN REPASO NECESARIO
En el siglo XIX, salvo breves periodos, dominaron los caudillismos y los gobiernos militares. Recién con la llegada de Ramón Castilla en 1845 se logró cierta estabilidad institucional. Pero sería entre 1895 y 1919, durante la llamada República Aristocrática, que el país viviría su primer tramo largo de democracia constitucional –aunque limitada al voto masculino y alfabetizado.
El siglo XX fue testigo de avances y retrocesos. Hubo episodios democráticos importantes –en los años 30, 50 y 60–, pero también dictaduras militares y autoritarismos electos. La segunda mitad del siglo se cerró con el autogolpe de 1992, que interrumpió una década de gobiernos civiles.
Sin embargo, desde la transición de 2001, el Perú atraviesa el periodo más largo de continuidad democrática de su historia: 25 años sin interrupciones en la elección de gobiernos, con alternancia en el poder y vigencia del sufragio universal. Todo ello, a pesar de una clase política marcada por el desprestigio, el oportunismo y la corrupción.
UNA LECTURA MENOS CÍNICA
Revisar este recuento no implica negar los problemas actuales. La democracia peruana sigue siendo frágil, impopular y vulnerada. Pero afirmar que nunca existió es históricamente falso y políticamente peligroso. Esa narrativa refuerza la idea de que las instituciones son inútiles, y que cualquier “mano dura” puede ser preferible al sistema de pesos y contrapesos.
La de Alberto Fujimori no fue una dictadura clásica en el sentido del término. Pero inauguró un modelo de “autoritarismo electo” que muestra múltiples innovaciones internacionales hasta hoy. Como Leguía, Fujimori tuvo el aplauso de la tribuna. Leguía murió preso, luego de un año y cinco meses de cautiverio. Fujimori estuvo en la cárcel, con breves interrupciones, por 18 años. Falleció nueve meses después de ser liberado.
Por eso es importante subrayar este dato: el Perú ha vivido en democracia más de lo que se cree. Y si bien no ha sido una democracia plena, sí ha sido una experiencia constante, interrumpida pero también restituida, en una historia republicana que ha sabido –una y otra vez– volver al voto, al Congreso (que el próximo año debe ser rescatado), a la Constitución.
Reconocerlo no es complacencia, es memoria. Y también es un punto de partida para defender lo que se tiene, antes de que se pierda.

Dos Décadas Caóticas
El periodo 2016–2025, con seis presidentes en nueve años, ha sido una muestra inédita de fragilidad institucional en tiempos democráticos. Pero no es la primera vez que el Perú experimenta una sucesión vertiginosa de gobiernos. Un caso comparable –aunque más caótico aún– es el que ocurrió entre 1834 y 1844, apenas una década después de la fundación de la República.
Todo comenzó con Luis José de Orbegoso (1834–1835), elegido constitucionalmente, pero enfrentado de inmediato con los seguidores de Agustín Gamarra. En medio del conflicto, surgió la figura de Felipe Santiago Salaverry, quien se autoproclamó presidente en 1835. Ese mismo año, Salaverry fue derrotado y fusilado por el ejército aliado de Gamarra y del mariscal boliviano Andrés de Santa Cruz, que se convirtió en Protector Supremo de la Confederación Perú-boliviana (1836–1839).
Tras la caída de Santa Cruz y el colapso de la Confederación, Gamarra regresó al poder (1839–1841), pero murió en combate durante su invasión a Bolivia. Lo que siguió fue una sucesión vertiginosa de presidentes provisorios, golpes de Estado y gobiernos paralelos: Manuel Menéndez, Justo Figuerola, Juan Crisóstomo Torrico y Manuel Ignacio de Vivanco ocuparon la presidencia entre 1841 y 1844, sin estabilidad ni consenso.
En resumen, más de siete gobiernos en una década, muchos de ellos simultáneos o sin reconocimiento nacional, producto de las luchas caudillistas y la falta de reglas claras de sucesión.
La diferencia con el periodo reciente es clave: entre 2016 y 2025, todos los cambios de mando se han producido por mecanismos constitucionales, aunque forzados por crisis políticas, vacancias exprés, renuncias y procesos judiciales. En contraste, el siglo XIX estuvo marcado por pronunciamientos armados, guerras internas y la lógica del sable.
Ambos periodos comparten la debilidad estructural del Estado y la crisis de legitimidad de sus liderazgos. Pero si antes el caos venía por la fuerza, hoy proviene de la fragmentación democrática, la precariedad de los partidos y la judicialización de la política. Una democracia que sobrevive, pero que tambalea.
Por: Cristina Dreifuss (Decana de la Facultad de Arquitectura y Diseño - UPN)
Salí de dar clases a las 6:30 p.m. de un viernes. Hora punta.
Subí a un bus y, si bien no fui sentada, fui tranquila, leyendo un libro, en un trayecto de 16 km que me tomó un poco más de media hora. A mi costado otra persona veía una película en su celular.
Al llegar al paradero, estaba aún a 4 km de mi destino. Pensé caminar, pero tenía un poco de apuro, así que tomé una bicicleta pública y llegué en 12 minutos. Todo tomó menos de una hora. No tuve que manejar con el estrés con el que vienen cargados los choferes a esta hora, e incluso hice un poco de ejercicio.
¿Utópico? ¿Primer mundo?
No, esto pasó en Lima. Desde la Universidad Nacional de Ingeniería hasta Miraflores y de ahí hasta el destino final. Fui afortunada de tener un trayecto que pudiera recorrerse en Expreso, y de llegar a un distrito que tuviera un sistema eficiente de bicicletas públicas.
Es una buena noticia que podamos hacer esto, pero es también indignante que la mala administración pública y la falta de consensos hagan que, lo que debería ser normal, mínimo indispensable para una adecuada habitabilidad, parezca utópico.
Me gustaría creer que hay una solución simple, pero me desaniman los años de esperar, primero por un tren, luego por un metropolitano y actualmente por un metro. Me desaniman los años que pasé en mi infancia viendo las estructuras del tren inconclusas, más recientemente las estaciones de metropolitano terminadas, pero acumulando polvo porque no están siendo usadas, cosa que aún pasa en lugares como Comas y, finalmente, los eternos desvíos por el metro que aún no ve la luz.
Quizás no necesitamos ciudades del futuro, sino gobiernos del presente que dejen de sabotearnos.
Por: Marce Rosales
Del 20 al 28 de junio, Lima es sede del 15° Festival Internacional de Cine y Comunicación de los Pueblos Indígenas. La ciudad acoge más de 50 películas procedentes de 12 países y una agenda de actividades que incluye proyecciones, clases maestras y conversatorios. Bajo el lema Voces e Imágenes de Nuestra Madre Tierra, el festival propone una reflexión desde los propios pueblos originarios sobre temas como el territorio, la identidad, la infancia, el cambio climático y los derechos colectivos.
Tarcila Rivera Zea, activista y representante quechua-chanka, participó activamente en esta edición y resalta la importancia del cine como medio de autorrepresentación. “El cine indígena está hecho por indígenas que deciden qué contar, cómo contarlo y con qué lenguaje”, afirma. Desde su perspectiva, esta autonomía narrativa permite visibilizar no solo las problemáticas que enfrentan estas comunidades, sino también sus formas de vida, sus lenguas y sus vínculos con la naturaleza.
La programación abarca desde ficciones y documentales hasta cortos experimentales y animaciones. Algunas obras tratan temas sensibles como la violencia sexual en zonas rurales o los impactos de la minería ilegal. Otras exploran memorias comunitarias o plantean relatos simbólicos con recursos propios de la cosmovisión indígena. Rivera subraya que estas producciones no solo tienen un valor estético o testimonial, sino también formativo. “Educan, denuncian, reafirman identidades”, sostiene.

El festival es organizado por la Coordinadora Latinoamericana de Cine y Comunicación de los Pueblos Indígenas (CLACPI) junto con instituciones locales como Chirapaq, Aidesep y la Escuela de Cine Amazónico. Su realización en Perú después de más de tres décadas evidencia tanto el crecimiento del cine indígena como los desafíos que enfrenta. Entre ellos, la ausencia de políticas sostenidas de financiamiento cultural. “En el Perú no hay incentivos suficientes para el cine nacional, menos aún para el cine indígena”, señala Rivera. La mayoría de proyectos dependen de alianzas internacionales y fondos extranjeros.
Si bien el evento ha contado con apoyo logístico de universidades y centros culturales, como San Marcos, la PUCP y la Biblioteca Nacional, los organizadores insisten en la necesidad de una política pública más clara y equitativa. “Acceder al goce y producción cultural debería ser un derecho, no un privilegio”, apunta Rivera. La apuesta del festival es justamente esa: ampliar la conversación sobre lo que significa participar en una cultura diversa, donde distintas formas de narrar el país puedan coexistir.
Lejos de caer en la idealización, las películas presentadas muestran una variedad de tonos y enfoques. Algunas con una mirada crítica, otras con un ánimo poético o testimonial. Lo que las une es su intención de generar diálogo. No solo sobre lo indígena, sino sobre el país en su conjunto. Porque, al final, el cine también es una forma de preguntarse cómo –y quiénes– contamos el Perú.

Por: Ricardo González Vigil
Jeremías Gamboa (Lima, 1975) destaca entre los narradores relevantes dados a conocer en una generación pródiga en autores talentosos, la de comienzos del siglo XXI. Cuentista precozmente maduro (Punto de fuga, 2007, es uno de los mejores libros de esa década), viene tejiendo un amplio ciclo novelístico marcadamente autobiográfico (pero ficcionalizado, en la senda de su admirado Proust): Contarlo todo (2013), Animales luminosos (2021) y la monumental El principio del mundo (Alfaguara, 2025; 972 pp.).
Ya Animales luminosos anunciaba la decisión de abandonar la vida universitaria de Estados Unidos y retornar al Perú. Ahora, su alter ego Manuel (nombre aplicado en los Andes al Niño Jesús) Flores (un apellido calificado como uno de los más comunes entre las clases populares, p. 59) Amaro (animal mítico vinculado al cambio revolucionario, su lado luchador) ha regresado a Lima y una entrevista motivada por su ciclo de conferencias sobre las grandes novelas Conversación en La Catedral de Vargas Llosa, La violencia del tiempo de Miguel Gutiérrez, El mundo es ancho y ajeno de Ciro Alegría y Todas las sangres de Arguedas, produce una “epifanía” (término de Joyce que podemos aplicar a la taza de té que desata la memoria de Proust): el correo electrónico que le pide llamar telefónicamente a Marina, la profesora que, en una escuela nacional, le enseñó a leer y escribir, iniciándolo en la literatura y la experiencia intelectual. Ella desapareció dejándolos “huérfanos” a él y a su amigo Sabino (cultor de la poesía).
Dicho correo gatilla el designio de asumir su pasado, “una pesadilla de la que he querido huir” (p. 200). Busca entonces a su antiguo amigo Sabino y a su maestra Marina; después, anima a su madre Candelaria (ayacuchana, al igual que su padre Juan) a contarle cómo emprendió la gesta (esos “héroes vivos en las calles del Perú” según aprendió de Marina, p. 125) del provinciano andino que arriba a la capital, dispuesto a progresar, convencido de la importancia de la educación y el acceso a la civilización moderna para “ser alguien” (p. 41). Manuel concluye su odisea con un viaje a Ayacucho, valorizando –en la línea de Arguedas, Alegría y Gutiérrez– sus raíces andinas, marginadas por la “civilización” dominante, con su riqueza de vivir en comunión con la naturaleza (“ese estado de naturaleza”, p. 891.
Pero el “principio” no es solo el pasado suyo y de sus familiares. Memorablemente, también resulta el principio del conocimiento del mundo que nos rodea y, sobre todo, de la historia de la humanidad, privilegiadamente transmitida por los libros, ocupando un rol central las grandes novelas, con Guerra y paz de Tolstoi como el ejemplo supremo. Marina lo subraya: “el valor más alto de Tolstoi era una capacidad para representar la total variedad del mundo (…). Todos sus personajes, casi sin excepción (…) están obsesionados con encontrar algo (…) que ellos creen que daría sentido pleno a la totalidad de juegos que componen la realidad (…) por qué somos como somos o hacemos lo que hacemos, cuál es nuestro origen real y cómo ese origen prefigura lo que nos ocurrirá después. Es como un principio para todo. El principio del mundo” (p. 505).
La novela peruana favorita de Manuel es Conversación en La Catedral (p. 933), cuya resonancia inunda El principio del mundo, en gran parte conformada por conversaciones (la más vargasllosiana es la primera, la que sostiene Manuel con Sabino) que giran alrededor de lo que ha “jodido” a Manuel, quien ya tiene 33 años, simbólica edad de su “vía crucis” vital. Téngase en cuenta que, según Manuel, “la novela de Gutiérrez era indispensable porque resumía el país y tocaba su violencia fundadora, de algún modo respondía al estribillo de Conversación en La Catedral sobre cuándo se jodió el Perú” (p. 77). Precisamente, los traumas, los resentimientos y las iniquidades retratadas por Gutiérrez, junto con su opción por las raíces populares, afloran en El principio del mundo. Y lo hacen, además, revelando su identidad dual de sabor arguediano, detectada por la doctora Madison: “Manuel (…) no es malo tener un nudo y mucho menos tener uno muy grande. Eso significa que tienes mucho dentro de ti, algo enorme, algo que necesita muchas palabras para ser contado, solo que tienes que desenredarlo (…) quizá como tu compatriota, el genio suicida [Arguedas], tengas algo muy grande que desenredar” (p. 935).
DEJÉ DE LLAMARTE PAPÁ
En 2020, Caroline Darian descubre que su padre es acusado de haber drogado y promovido que decenas de hombres violaran a su madre mientras él filmaba las agresiones. Durante la investigación se entera, además, de que también ella podría haber sido víctima de su padre. Con un coraje excepcional, en este testimonio la hija de Gisèle Pelicot explica el dilema imposible de ser hija de la víctima y del agresor. Gisèle Pelicot ha sido aclamada en todo el mundo por optar por un juicio público, un juicio en el que su hija Caroline ha testificado y con el que ambas han contribuido a que la vergüenza ya no caiga del lado de las víctimas, sino que, al fin, se dirija hacia los agresores

LA HISTORIA DE TU VIDA
Una torre que se alza sobre la llanura mesopotámica hasta tocar la bóveda del cielo. Dos hombres que alcanzan un grado de inteligencia tan alto que se asemejan a dioses. La prueba de que las matemáticas carecen de sentido. Un lenguaje alienígena que permite a quienes lo leen expandir su consciencia a lo largo del tiempo. La cábala y la teoría de la preformación se combinan en una Inglaterra victoriana salida de nuestros sueños, o de nuestras pesadillas. Ante la llegada de los meta humanos, la ciencia humana se ve reducida a una nota a pie de página. En un universo donde Dios existe sin que quepa ninguna duda, ¿es posible no amarle? Y si pudieras programarte para ignorar las apariencias, ¿te arriesgarías a perder toda percepción de la belleza humana? Ted Chang, galardonado con el premio John W. Campbell Jr., brilla como una nova en el firmamento de la ciencia-ficción.