Leoncio Villanueva (Lima, 1947) es uno de nuestros mas destacados pintores. Egresado en 1971 de Bellas Artes forma parte de una generación excepcional. Recibió el premio de su promoción y marchó a Paris donde residiría largos años con breves interrupciones en Lima donde venía a exponer y a estar con los suyos.
Villanueva es uno de nuestros poquísimos artistas que tiene una factura intachable, lo que le permite dar verosimilitud al mundo onírico que se empeña en recrear. No dudo de que su trayectoria inicial en París haya sido difícil, como la de todo latinoamericano en esos años revolucionarios, pero su estadía le permitió insertarse en un medio internacional altamente competitivo, en el que muy pocos latinoamericanos lograron ingresar. Expuso en grandes galerías y sus premios son innumerables
En el año 90 logré hacer una recopilación de su última obra en la que luego sería la Sala Miró Quesada y recuerdo que no solo había cuadros sino también objetos, ensamblajes e instalaciones, particularmente una de gran formato dedicada a los Beatles que fue donada al MALI.
Cuando decidió marchar a México, junto a los artistas con los que se integraba en París, fui a visitarlo en Coyoacán para ver cómo había sido influido por un espíritu generacional, inconfundiblemente latinoamericano. El encantamiento de nuestros países se apreciaba en los seres antropomorfos y particularmente en las galaxias de sus pinturas. Si existe una vertiente real maravillosa en nuestra plástica, Leoncio Villanueva es nuestro mejor representante.
Fueron tiempos de los hechizos, de dibujos de animales, con huesos, ramas pintadas, casitas en miniaturas, refugios de lo innombrable. Nadie como él logró hacer de la magia la protagonista de una pintura en la cual el color estaba próximo al estallido. No era la mortecina luz limeña ni la grisura de París, eran reverberaciones provenientes de otro mundo.
Fueron trabajos con una mística ajena, y a la vez cercana, que lo emparentaban con una generación, particularmente mexicana, cuyos representantes también llegaron a exponer en Lima. Allí estaban presentes las iguanas, los cactus, las montañas, los cielos y, particularmente, el embrujo de Oaxaca.
Pero la obra de Leoncio era inconfundiblemente peruana y a su regreso definitivo comienza a volverse más parca, a concentrarse en lo imprescindible y a oscilar entre la geométrico y lo orgánico. Eso puede verse en su muestra actual en la que lo orgánico se diluye y la única sugerencia de humanidad son los torsos femeninos o las montañas que eventualmente aparecen.
Hoy todo tiende a una abstracción predominantemente geométrica y a un color más bien mortecino que demanda detenerse para privilegiar el análisis y la reflexión. Hay en esta exposición un silencio a ser desentrañado, no solo por la iconografía sino por los modos propios de la pintura. De los objetos de antaño hay dos piezas superlativas que los recuerdan: Un políptico “Inventario de la memoria olvidada” y un ensamblaje “Quipus amarrados”, con soguilla, hueso, madera, y marmolina sobre MDF.
En tiempos en los se busca ansiosamente lo nuevo (¿Qué es?), donde se decora con el punto de color, donde impera la catatonia porque nadie “quiere cuadros para pensar”, Leoncio Villanueva es una rara avis entre nosotros. El suyo es un trabajo para acompañar a la vida, piezas que dan testimonio de un momento de nuestras vidas, de nuestras creencias y predilecciones en un tiempo dado. De eso se trata la obra de todo maestro.
La Galería tiene la mejor muestra que se ha exhibido este año en una sala privada.
























































