El estruendo sorprendió al barrio minutos antes del mediodía. Parte del techo de la Iglesia San Lázaro, uno de los templos más antiguos de Lima, colapsó antes del inicio de la misa dominical y dejó al descubierto no solo vigas y yeso, sino también la precariedad en la que sobrevive buena parte del patrimonio histórico del país.
El derrumbe se produjo poco antes de las 12 p. m. y afectó la zona cercana al altar mayor. Por fortuna, no hubo heridos. La municipalidad del Rímac dispuso el cierre inmediato del recinto y su acordonamiento mientras se realizan las evaluaciones técnicas. El templo ha sido declarado inhabitable hasta nuevo aviso.
Fundada en el siglo XVI, San Lázaro forma parte del paisaje monumental del Rímac, distrito que concentra una densidad histórica excepcional, pero también una larga lista de inmuebles en riesgo. El incidente no ocurrió en el vacío: vecinos reportaron que varias viviendas aledañas presentan deterioro estructural, grietas y techos debilitados. El colapso del templo funciona así como síntoma de un problema mayor.
El caso vuelve a poner en el centro del debate la responsabilidad compartida entre la Municipalidad Metropolitana, el Ministerio de Cultura y las autoridades distritales en la conservación preventiva del patrimonio. No se trata solo de restaurar cuando ocurre la emergencia, sino de intervenir antes de que la gravedad y la humedad hagan su trabajo silencioso.
La Iglesia San Lázaro no es únicamente un recinto religioso. Es memoria urbana, testimonio de la Lima virreinal y parte del circuito histórico que sostiene la identidad del Rímac. Su cierre indefinido obliga a preguntarse cuántos otros monumentos esperan, en silencio, el próximo desplome.
Porque en una ciudad donde el patrimonio suele competir con la desidia presupuestal, cada caída no es solo material: es también simbólica.