La noche del 27 de febrero, bajo un discreto pero riguroso operativo policial, aterrizó en el Aeropuerto Internacional Jorge Chávez Miguel Ángel Marín Morón, alias “Negro Marín”. Extraditado desde España, el presunto cabecilla criminal regresó al Perú para enfrentar a la justicia tras varios meses de persecución internacional.
Su traslado estuvo a cargo de la Policía Nacional del Perú, que lo condujo inmediatamente a dependencias del Ministerio Público. Sobre él pesan múltiples requisitorias por los presuntos delitos de organización criminal, extorsión y sicariato, en un expediente que lo vincula con el cobro sistemático de cupos a transportistas y pequeños empresarios, principalmente en Lima Norte.
Marín Morón había abandonado el país y se encontraba en Madrid, donde fue capturado en noviembre de 2025 gracias a un operativo coordinado con autoridades españolas y con apoyo de la Interpol. El proceso de extradición culminó esta semana con su entrega formal a las autoridades peruanas.
Según las investigaciones fiscales, “Negro Marín” no solo habría dirigido una red de extorsión, sino que también habría articulado alianzas y disputas con otros cabecillas del crimen organizado, configurando un mapa delictivo marcado por pugnas territoriales y violencia selectiva. La estructura que se le atribuye refleja la mutación del crimen urbano: organizaciones con capacidad de intimidación sistemática, manejo de información y expansión fuera del país.
Tras su llegada, fue puesto a disposición del Segundo Juzgado de Investigación Preparatoria de Ventanilla, que dispuso su detención preliminar mientras continúan las diligencias. El retorno de Marín Morón constituye un avance en términos de cooperación internacional, pero también deja una pregunta abierta: ¿cuánto de estas redes sobrevive más allá de la captura de sus líderes?
En un contexto donde la extorsión se ha convertido en uno de los principales flagelos de la seguridad ciudadana, la extradición de “Negro Marín” es una señal política y judicial. Pero el verdadero desafío no es traer de vuelta a los prófugos, sino desmantelar las estructuras que los sostienen.