Aterrizó en la Base Aérea Policial del Callao, la noche del miércoles 28, envuelto en un mameluco rojo encendido y el estrépito metálico de los grilletes en manos y pies. Era la imagen cruda del criminal extraditado desde el Paraguay, el delincuente que puso en jaque al Cono Norte regresando a casa para rendir cuentas. Sin embargo, al día siguiente —¡oh, sorpresa!— el libreto sufrió un giro de guionista estrella. Para la presentación oficial en la Dircote, las autoridades peruanas se encargaron de que la estética fuera otra: cabeza al ras, mirada gacha y un uniforme blanco cuya pulcritud contrastaba con el farragoso historial de secuestros y extorsiones que el “Monstruo” arrastra sobre el lomo.
La Estética del Confinamiento
La imagen no es gratuita. En tiempos donde la inseguridad ciudadana es el pan amargo de cada día, el Gobierno parece haber tomado nota del manual de Nayib Bukele. El traslado a la Base Naval del Callao no fue solo un movimiento logístico de alta peligrosidad; fue una coreografía. Rápidamente, las redes sociales —ese termómetro histérico de la opinión pública— estallaron en comparaciones con el CECOT, la mega-cárcel de El Salvador donde el anonimato del uniforme y el rapado son la moneda corriente de la humillación estatal.
¿Estamos ante una política penitenciaria real o frente a una “prisión teatral”? Mientras en Tecoluca las filas de pandilleros son presentadas como un bloque de carne sin rostro bajo luces de neón, en el Callao la puesta en escena de Moreno Hernández busca calmar las ansias de una ciudadanía que pide sangre y, a falta de ella, se conforma con simbolismos.
El Espejismo de la Mano Dura
Hay, sin embargo, una distancia sideral entre el marketing y la gestión. Mientras el CECOT salvadoreño es una estructura diseñada para el aislamiento total —una suerte de limbo de cemento para las maras—, lo del “Monstruo” en la Base Naval es, por ahora, un episodio aislado en un sistema carcelario peruano que se cae a pedazos por el hacinamiento y la corrupción.
“El uniforme blanco y el cráneo liso no borran el prontuario, pero sí construyen un imaginario: el del Estado recuperando el principio de autoridad, aunque sea para la foto de las ocho de la noche”.
¿Seguridad o Escenografía?
El debate no es menor. Los puristas de los derechos humanos ya ponen el grito en el cielo ante lo que consideran una deshumanización mediática. Por otro lado, el ciudadano de a pie, harto de que “El Monstruo” y sus “Injertos” operaran con la impunidad de un hotel de cinco estrellas, celebra el rigor visual del nuevo look carcelario.
La pregunta que queda flotando en el aire salitroso del Callao es si este “estilo Bukele” es el inicio de una reforma con puño de hierro o simplemente un barniz cosmético para ocultar la precariedad de nuestra seguridad interna. Por ahora, Moreno Hernández duerme en su celda, convertido en el primer extra de una película de mano dura que el Perú quiere creer que es real, aunque el mameluco rojo de la noche anterior nos recuerde que, debajo del disfraz, la realidad sigue siendo la misma.