Después de años de exploración sonora por distintos continentes, Lucho Quequezana vuelve a los instrumentos que marcaron su inicio musical. Andino apunta aser una relectura madura de la música andina como lenguaje contemporáneo tras un largo recorrido discográfico de su autor. El disco, concebido como una experiencia integral entre sonido e imagen, tendrá su presentación oficial en el Gran Teatro Nacional, consolidando un regreso a la raíz desde la experiencia y la depuración.
¿En qué momento de tu vida llega Andino? ¿Qué has estado experimentando todo este tiempo?
Andino llegó a un momento donde necesitaba respirar un poco. Venía muchas décadas fusionando y experimentando con músicos y sonidos de otras partes del mundo, con sintetizadores y con una serie de elementos que siempre me han gustado. Pero en Andino regreso a los instrumentos con los que crecí, con los que aprendí a tocar de pequeño. Hacerlo con una mirada más madura me permite contar distintas historias. Es como yo sueno ahora, en este momento, dentro de mi sonoridad andina. A diferencia de otros trabajos donde he experimentado con afroperuano o música de la selva, este es básicamente un homenaje a mi infancia.
Cuando estabas escribiendo el álbum, ¿qué recordabas? ¿Qué imágenes tenías en la cabeza?
Literalmente estaba agarrando instrumentos que fueron los primeros que agarré en mi vida. Se me venían paisajes de Huancayo, de Huánuco de mi mamá, mi papá es cusqueño, los Quequezana somos de Arequipa. Hay tantos paisajes e imágenes. Con los instrumentos lo que yo hago es contar pequeñas historias. Mi música es instrumental, no tiene letras, pero es como crear un soundtrack para historias que yo podía haberme inventado de chico. Hay temas muy épicos, muy solemnes, muy cándidos, muy minimalistas. Y creo que por ahí me sitúo en este trabajo.
¿Es volver a la esencia o volver desde una forma más madura?
Es como si ahora me subiera a un juego de cuando era chiquito. Recuerdo estos juegos mecánicos que aparecían en los barrios, el trencito. Es como si un día, relajado, estoy con mi hijo, voy a un parque, veo un trencito y me subo a esta edad, me siento y voy a la velocidad en la que iba de pequeño, y lo disfruto porque es una sensación que es parte de mí. He estado en 500 mil montañas rusas, en otras partes del mundo. Subirme a un espacio donde me sentía cómodo de pequeño es otra mirada. Una cosa es cuando te subes a los ocho años creyendo que es un tren de verdad y otra cosa es subirte a esta edad, donde ese viaje ya te significa otras cosas.
Vuelves a grabar e interpretar todos los instrumentos, como en los primeros discos. ¿Qué te devuelve y qué exige ese formato?
En este disco vuelvo a grabar todos los instrumentos, no por una cuestión de “quiero grabarlos todos” o “no quiero grabar con nadie”, sino porque el proceso de producción hacía que yo mismo empiece a cocinar lo que iba a sonar. Este disco tiene algo particular: en los detalles en los que yo estoy poniendo los instrumentos. Yo como productor, después de años haciendo cosas de distintos géneros y para espectáculos, he aprendido a dosificar. Cuando uno es más joven quiere poner todo, como un sanguchón: todas la cremas, todas las témperas. Ahora ya no. Ahora sabes cuál sí, en qué momento no, este poquito sí, este no. Cada puesta de cada instrumento está pensada al detalle, sabe cómo combinarse con el otro. Eso me lo han dado los años de productor. Cuando grababa, yo mismo sabía cuánto ponerle y cuánto no. Ha sido bien bonito el proceso.
Como productor, ¿cuáles son tus manías con el sonido? ¿Qué has puesto acá que no has puesto en otros trabajos?
Por lo general, en otros trabajos, cuando grabas un instrumento, puedes ponerle cosas anexas como efectos, reverberación, ecos, que te generan una sensación espacial. Aquí no. Aquí las sensaciones las construyo por capas, por instrumentos distintos. Es completamente orgánico, pero es como lograr un sabor a través de unir ingredientes, no todo el ingrediente, sino la pepita de tal. Es una construcción más sofisticada del sonido: no el sonido que se pone en postproducción, sino el sonido real en el estudio.
El álbum viene acompañado de imágenes. En tu caso, ¿las imágenes evocan a la música o la música evoca a las imágenes?
Es bidireccional. Cuando vi las fotos de José Mostajo, yo ya había compuesto varios temas del disco y dije: “esto es el disco”. Con las imágenes, después compuse algunas cosas también. Y cuando tú ves esas fotos, son reales: no es Photoshop, no es inteligencia artificial. Hay una mezcla de paisajismo, impresionismo, fantasía, es épico, podría ser una película. Es lo mismo el disco. Tiene esas sensaciones. Y aún así, se reduce a ser nuestro país.
Tenemos aquí dos ejemplares en físico (un CD y un vinilo) ¿Se está perdiendo ese gusto?
Yo creo que más bien está retomándose con fuerza. Como el nuevo juguete de la civilización es lo artificial, ese tsunami va a crear, como en otros momentos de la historia de la tecnología, que uno regrese o busque la experiencia física o presencial. Pasó con el VHS: se decía “murió el cine”, bajaron las entradas, pero luego querías volver por la experiencia. Regresas y dices “esto es incomparable”. El vinilo regresa porque puedes tocar, abrir, hay una experiencia: para descubrir la música tienes que sacarla. Ese tsunami tecnológico-artificial va a hacer que algunas cosas presenciales y materiales vuelvan a tomar valor. Además es bonito agarrar un vinilo ahora: está la lista de canciones, el arte, detalles del autor, créditos. Eso no se compara con pasar en Spotify y ya.
Se vienen dos conciertos en el Gran Teatro Nacional. ¿Qué se puede esperar de la puesta en escena?
Es ambicioso en la construcción sonora, pero al escucharlo no es ambicioso: es un disco muy asequible, lo puedes disfrutar con tu pareja, con tu sobrino o con tu mamá. El show lo hemos pensado como una experiencia audiovisual porque nos apoyamos mucho en lo visual. Las imágenes del concierto son también de José y ayudan a narrar esa sensación épica, fantástica, andina. En el teatro es un pantallón: es como ver una película, una película que no sabías que existía, pero te identificas porque en algún momento de tu vida has estado en uno de esos paisajes.
¿Qué puede esperar la gente que irá al concierto?
Creo que van a vivir un momento, un viaje. Es un lugar común decir “viaje sonoro”, pero en este caso sí es real: la música te narra la historia y los visuales te sumergen. Los visuales no son solo acompañamiento, te meten en un universo en el cual tú vas a crear la historia. Es muy asequible para cualquier edad. Si llevas a un sobrino de 8 años al Gran Teatro Nacional, va a disfrutar y sumergirse en instrumentos que tal vez no haya escuchado nunca en vivo e imágenes que tampoco haya visto. Y lo digo al inicio del concierto: las imágenes no son inteligencia artificial. Parecen, porque son increíbles, pero son reales. Y es bonito saber que eso que ves está en el Perú. Eso es maravilloso, y es parte de nuestro orgullo.