Gilraen Eärfalas: “¿Cuántas veces estamos dando compresiones a relaciones que ya están muertas?”

Por Marce Rosales | La autora y médica mexicana presenta De anatomía poética, un libro que vuelve a cruzar dos mundos que han marcado su vida: la medicina y la literatura. En conversación con CARETAS, dialoga sobre su decisión de abandonar el ejercicio médico para dedicarse a escribir, de cómo la escritura fue una herramienta para procesar una infancia difícil, de los límites que ha aprendido a poner frente a sus lectores y sobre todo, de la fascinación por una pregunta que nació en una sala de urgencias: ¿en qué momento hay que dejar de intentar reanimar aquello que ya no puede volver a la vida?

por marcerosalescordova@gmail.com
Gilraen Eärfalas

Gilraen Eärfalas comenzó a escribir a los 15 años, cuando mantenía un blog y compartía textos en comunidades digitales, sin imaginar que sus lectores terminarían impulsándola a publicar Desfibrilador (2018). Médica de formación y con una especialidad en psiquiatría proyectada, dejó un trabajo estable para dedicarse a la literatura, una decisión que, recuerda, “fue terrible”. Desde entonces, el cuerpo y la medicina se han convertido en constantes de una obra que explora el dolor, las relaciones y las heridas, desde Desfibrilador hasta De anatomía poética (2026). Pero la escritura también fue inicialmente su forma de hablar sobre un abuso sufrido durante su infancia, antes de convertirse en un espacio para explorar la ficción y ponerse en la piel de otros. Hoy, sus libros vuelven una y otra vez sobre una pregunta nacida en una sala de choque: ¿cuándo hay que dejar de intentar salvar algo?

Llegas con De anatomía poética, que vas a presentar este sábado. ¿Cómo fue tu proceso creativo?

Ya conoces Desfibrilador. Es el primero con el que comencé a ahondar en este proyecto de poesía y medicina. Me encanta desde siempre. Fíjate que los médicos hoy día son como que muy rígidos. Se capitalizan, lo buscan y leer o hacer otra cosa. No todos, pero usualmente, en el hospital, si te ven con una novela o un poemario, estás perdiendo el tiempo. Y a mí siempre me encantó leer y me gustaba escribir. Cuando los doctores se enteraban de que yo tenía un blog, decían: “La doctora se equivocó de carrera, debió estudiar letras”. Pero yo no me sentía en una carrera equivocada.

Cuando sale Desfibrilador, me inspiré en un montón de médicos de la época renacentista, que tenían múltiples disciplinas. También eran astrónomos, poetas, tenían una sensibilidad tan grande que se adelantaban a la ciencia.

Hay un libro que nos dan en el primer año de la carrera para colorear, de Netter, y tiene un montón de información. Tiene ilustraciones maravillosas. Entonces, después de Desfibrilador, dije: “¿Y si hago algo similar, pero que ahora parezca un libro de anatomía?”. A diferencia del otro, que parece de medicina. Lo planeé hace dos años. Iba a ser independiente porque comencé como autora independiente, y lo lindo es que tú puedas ojearlo y pienses: “Es de anatomía”, pero ya una vez leyendo digas: “Ah, no, es para llorar”.

La anatomía es un tema recurrente en tu obra y obviamente forma parte de tu profesión. Tú eres médica cirujana. ¿Cómo se convirtió el cuerpo en una herramienta para hablar de temas mucho más íntimos?

Bueno, escribir como tal, poemas e historias, ya tenía desde más pequeña. Desde que tenía 15 años tenía un blog, ahí tenía una pequeña comunidad, y ellos fueron los que me obligaron a sacar un libro.

Los lectores siempre fueron de: “Pásate a Facebook, hazte una página, haz esto”. Y ellos me ayudaban un montón. Entonces saqué el libro Desfibrilador cuando yo estaba en el área de ginecoobstetricia, pero créeme que no era con la intención de dedicarme de una forma seria. Incluso el primer Desfibrilador estaba mal hecho. Me equivoqué en el título.

¿Por qué? Porque lo hice en Word, a como Dios y YouTube me dieron a entender por medio de tutoriales. La portada la hice en Picsart, porque simplemente era un proyecto que yo hice. Si no se vendía, no pasaba nada. Yo solamente quería tener en mi sala mi recopilación de poemas y registrarlo ante Indautor (Instituto Nacional del Derecho de Autor de México), porque me pasaba que hombres agarraban mis poemas, les cambiaban el género y se los adjudicaban.

Los lectores fueron dándole esa difusión, haciendo el trabajo de promoción, y así, del 2018 al 2023 más o menos, fueron también los que me impulsaron a decir: “Ya, deja la medicina”, porque ya me absorbía mucho.

¿Y cómo viste este paso de dejar la medicina y dedicarte de lleno a la escritura? ¿Fue realmente un alivio o fue algo circunstancial?

Fue terrible. (Risas)

¿Por qué?

Porque, vamos, cuando eres pequeñito, decirle a tu mamá: “Mamá, voy a ser escritora, me voy a dedicar al arte”, te va a decir: “¿Qué cosa? Te vas a morir de hambre”. Nadie te va a dejar. Eso es un hobby, un pasatiempo para que te metas al concurso de la escuela y digas tu poema, pero no para dedicarte a eso.

Toda mi vida estaba trazada hacia la medicina. Yo ya tenía mi proyecto de ahorro para poder entrar a la especialidad de psiquiatría, pero hubo una preventa de un libro que ahorita está muerto, que se llama Vida Sabor Esencia de Vainilla (2020), y me costó muchísimo trabajo poder lograr los envíos. Eran muchos. Y mi cabecita, yo siento que era Dios, me decía: “Suelta eso. La medicina va a estar ahí, la medicina te va a estar esperando, pero lo mejor es que es una temporada que debes aprovechar”.

Pero yo tenía trabajo. Entonces llego y le digo a mi jefa: “Me voy a retirar”. Y me dijo: “Estás mal de tu cabeza. ¿Sabes cuántas personas quisieran estar aquí?”. Porque no es fácil tener trabajo hoy día.

Y en medicina, además, las especialidades son muy demandadas.

Sí. Trabajar en un consultorio de gobierno es muy difícil. Entonces que tú llegues con una renuncia es como: “Te chiflaste, ¿qué te fumaste? ¿Piensas no ir a terapia?”. Quise confiar en Dios y aquí estamos.

Tienes una sensibilidad muy marcada para abordar temas emocionales, y al mismo tiempo tienes todo este universo médico. ¿Cómo calificarías tu estilo? ¿La escritura comenzó siendo una especie de terapia o desahogo?

Bueno, comenzó tal cual. El arte se inventó para los que no pueden llorar. Fue un desahogo. Desde muy chiquita me costó mucho aprender a hablar, a socializar. Era tartamuda, no tenía ninguna herramienta para poder desenvolverme. Vengo de una infancia muy dura, de abusos por parte de mis cuidadoras. No tuve terapia, no tuve ningún acompañamiento, y mi madre no lo supo hasta los 18 años, que pude hablar.

En todo ese proceso yo escribía. El primer poema que publiqué en un Blogspot se llamó Carta a un violador. Fue un desahogo para mí. No se lo dije a mi mamá, pero el hecho de ponerlo en internet, aunque no supiera si alguien lo iba a ver, ya significaba: “Ya lo saqué, ya lo dije y voy a dejar de cargar con esta culpa”. Porque una víctima de abuso, por más que analices las circunstancias, siente que es su culpa. Pero es culpa del agresor.

Es algo que también tiene que ver con la revictimización.

Esto fue a los dos años. A veces se lo contaba a amigas y nadie me creía. Era como: “¿Te acuerdas de lo que pasó cuando tenías dos años?”. Sí, me acuerdo perfectamente. Escribirlo en un blog fue un desahogo, fue muy liberador. Yo no quiero decirte: “Escribe en lugar de ir a terapia”. No. Pero fue una herramienta que utilicé cuando no tenía otra.

Ahora siguen siendo un desahogo, aunque ya siento que liberé mucho. Eso me permitió explorar otros temas. Por ejemplo, De anatomía poética tiene temas de los personajes de No me llames loca. Ya no son cosas donde yo traía la herida totalmente abierta. Sí, en parte, pero le pedí prestadas sus heridas a un personaje.

¿Qué otros elementos aportan a tu inspiración?

Bueno, es que soy muy dramática. Yo hago drama por todo, me encanta contar las cosas como si las estuvieras viviendo. Te voy a exagerar, y a mí también me gusta que cuando me platican algo me digan: “Exagera tú”.

Por ejemplo, Eres el amor de mi otra vida (2024) sale de un chico que me dibujaba. Me dio un dibujo de mí en el transporte. Yo ya tenía rato viéndolo, me gustaba físicamente, pero era tímida y jamás le iba a hablar. Lo vi como por seis meses. Teníamos un horario similar. Él se bajaba en la escuela de diseño gráfico y yo seguía a la de Odonto. Después de seis meses de verlo, me dice: “Oye, te quiero dar algo”. Y era yo sentadita, con el librito de anatomía de cabeza y cuello.

Era un dibujo a lápiz y estaba muy bien hecho. Yo reconocía que era yo. Le dije: “Pero fírmalo. ¿Y si un día este dibujo es famoso? Tú eres famoso, yo voy a tener aquí este oro”. Y él, con mucha pena, me lo firmó.

Años después recibo un mensaje de quien era su novia y me enseñó una foto de un cajoncito. Había varios dibujitos, cómics míos. Ella se dio cuenta: “Es que eres tú”. Vio los lentitos y me dijo: “Yo creo que eres el amor de su vida”.

Me contó que te había conocido hace bastantes años y me dijo: “Te dejo el paso libre, por si quieres buscarlo, porque yo creo que eres una mujer que lo marcó”.

No pasó nada más que un dibujo, pero ella no me creyó. Yo nunca entendí por qué ese nivel de obsesión. Pero en mi cabeza dije: “¿Y si hago una historia de un pintor obsesionado con una mujer y está a punto de casarse y no le quiere decir quiénes son las pinturas?”. Y de ahí se me vino todo el drama. Yo ya estaba casada. ¿Y cómo le explicas a tu esposo que vas a escribir una novela sobre un amor del pasado? Fue durante el encierro, en 2020 o 2021. De todo ese drama salió una novela de 400 páginas. Es una historia enorme para algo que, en realidad, fue una cosa muy pequeña.

También tienes una estética muy particular. En De anatomía poética incluso invitas a tus lectores a colorear algunas partes. ¿Era parte de la idea inicial?

Sí. Me inspiré mucho en el Netter, que nos dan en primer semestre. Es un libro de medicina para colorear, para que puedas aprender. Es didáctico: tú coloreas, lees y puedes aprender un poco más rápido por el hecho de estar coloreando. Esa fue la idea principal. Yo sé que probablemente no lo colorean, pero esa era la intención porque quería que desbloquearan eso. Siempre está el debate de rayar o no rayar los libros, y yo dije: “Voy a empujarlos tantito, a ver, coloreando”.

¿Y tú qué opinas de rayar los libros?

Por ahí hay una frase que dice: “Si el libro me marcó, ¿por qué no lo voy a marcar?”. Entonces sí.

El anonimato que mantienes cuidadosamente en redes es interesante. ¿Fue algo que planeaste desde el principio?

Fue un accidente, pero sí, yo nunca quise poner mucho de mi vida personal. No me gusta compartir. Alguna vez lo hice. Bueno, estas cosas, como contarte de dónde salió Eres el amor de mi otra vida, son cosas que ya pensé que puedo exteriorizar. Hay un libro que se llama Cartas que no llegaron (2021), donde conté todo el proceso de por qué lo escribí una vez, y los lectores, en un berrinche, lo usaron en mi contra.

¿En serio?

Sí. Cuando me enteré de la piratería de mis libros, el primer día para mí fue un golpazo. Ahorita ya lo entiendo, pero como autor, es muy fuerte. Entonces hice un video hablándoles de los libros originales y los libros pirata. Yo no lo hacía en un sentido malo, simplemente quería que supieran que, si querían el original, ahí estaba. Y me empezaron a decir: “Por eso te dejó fulanito, porque eres una exagerada y te haces la víctima”.

Entonces cosas que yo había contado de ese libro, como “por eso te dejó”, las usaron en mi contra. Y dije: “Voy a trazar más mi línea en lo que platico de mí, porque luego todo se vuelve contra ti”. Ni siquiera conocen a la persona y ya me están diciendo por qué me dejó.

Y en ese sentido, volviendo a Desfibrilador, hay una idea que me parece recurrente en tu obra: la de intentar revivir algo que quizá ya está muerto. ¿Crees que escribimos a veces porque nos cuesta aceptar algunas situaciones?

Sí, claro. Por ejemplo, en Desfibrilador está el choque, que se trata de intentar revivir algo que ya está muerto. Yo me inspiré cuando estaba en el hospital. El cuarto de choque es un lugar donde se atienden urgencias, los pacientes que entran en paro. Adentro todo funciona como un reloj: todos saben dónde deben estar y todos se mueven coordinados.

Cuando yo entré para mí fue: “Wow, todos están moviendo, no me estorbes”, y todo para tratar de reanimar a la persona que se nos está yendo. Y la pregunta más difícil en ese cuarto es: “¿Cuándo paro?”. Porque a veces, mientras estás dando las compresiones, la persona está viva. Están los signos, está la frecuencia cardíaca, pero tú lo dejas y se muere otra vez. Después de un momento sabes que ya hay que parar. Y digo: “¿Cuántas veces estamos así con personas?”.

No solamente con parejas. También con amigos, con relaciones con padres. ¿Cuántas veces estamos dando compresiones? Mientras tú estás dando compresiones, está vivo. Pero ¿qué pasa cuando dejas de hacerlo? ¿Vale la pena seguir dándole compresiones?

De anatomía poética representa una etapa diferente de tu escritura. ¿Qué cambió en ti como autora? Cómo evolucionaste?

Siento que es un poco más madura. Me permití jugar más, cambiar de voces. En De anatomía poética vemos la voz de una mujer cayendo en el desamor, vemos la voz de un médico y de su discípulo. Me permití jugar más. Ahora, con más conocimientos que tengo, empecé a utilizar más figuras. La considero un poco más madura. En este sentido hubo más juego, más juego de palabras.

Si pudieras hablar con la Gilraen que empezó a escribir, ¿qué le dirías?

Ella estaría sorprendidísima. Sería como: “¿Qué hiciste? ¿De verdad dejaste tu trabajo?”. Yo le diría: “Mi amor, estamos ejerciendo de otra manera. La medicina no la dejamos”. A veces me pongo la bata y digo: “Nadie se burle de mí, porque tengo que ejercer de algo”.

Vi un video en TikTok en el que apareces haciendo una supuesta cirugía al corazón. ¿Cómo planeas este contenido que llama la atención de quienes son ajenos a tu universo, pero que también forma parte de él?

Aprender esas cosas ha sido todo un proceso. Internet es tan grande y hay tantos libros y tantos autores que debes levantar la mano para no pasar desapercibido. Hoy día vas a una librería y ves muchísimos libros. Yo tengo eso insertado: “Tengo que levantar la mano para que cuando veas el libro en la librería digas: ‘Ah, quiero el que vi en Internet’”.Porque de alguna forma llamé tu atención. Hace poco me decían: “¿Crees que por las redes sociales has cambiado tu escritura?”. Y digo: “No, la escritura no la he cambiado. Pero me he tenido que esforzar en cómo te la voy a mostrar, en cómo voy a hacer que a ti se te antoje leerla”.

Eso sí. Entonces, utilizar ese tipo de videos, ese tipo de cosas, lo que sea, ha sido muy útil para que puedan ver y no quedarse indiferentes. Y no es una cirugía real, pero los instrumentos que todavía tengo en casa los utilizo para los videos.

De todos tus conocimientos como médica, ¿qué es algo que te sorprende de tu profesión y que las personas que no somos médicos probablemente desconocemos?

Me sorprende mucho que los conocimientos que hoy día tenemos vinieron también a partir de la sensibilidad. Te cuento la historia del padre del lavado de manos, Ignaz Semmelweis. Él se dio cuenta de que las mujeres que habían dado a luz tenían menos complicaciones y morían menos cuando los médicos se lavaban las manos. Pero no había microscopio, no había manera de demostrarlo. Solamente decía: “Si nos lavamos las manos, de verdad, se mueren menos mujeres”.

Y era tomado de loco. Llegó a un psiquiátrico y escribía cartas hostiles, violentas, diciendo que, por favor, se lavaran las manos, porque él estaba seguro. Imagínate. Fue tomado por loco y después vino el microscopio y se comprobó que sí, que nos debíamos lavar las manos.

Entonces, ¿de dónde vino ese conocimiento? De la intuición. Y de una sensibilidad grande ante el dolor de las mujeres que estaban muriendo. Por ejemplo, uno de los principales libros de anatomía que tuvimos fue De humani corporis fabrica, de Vesalio. Él no dibujaba, pero tuvo que buscar artistas para que pudieran plasmar sus disecciones. Esto que yo puedo hacer con el cuerpo, tú, artista, me ayudas a mostrárselo a otros.

Y tenemos, por otro lado, a Leonardo da Vinci, que no era médico, pero para conocer mejor el cuerpo y plasmarlo mejor tuvo que meterse en la medicina. Entonces ambos, el artista y el médico, se necesitaron.

En tu obra aparece recurrentemente la idea de que el dolor deja marcas en el cuerpo y en la memoria. Como médica, ¿crees que existe realmente una separación entre una herida física y una herida emocional?

Sí, hay una separación, pero también el proceso de recuperación es muy similar. Hay heridas físicas que cometemos el error de estar cubriendo. Después llega la infección y te dicen: “Doctor, ¿por qué no estás cubriendo?”. Deja respirar.

Igual con las heridas emocionales. Cometemos el error de estarlas cubriendo. ¿Y qué pasa? Una vez que lo soltamos, una vez que lo hablamos, comienza un proceso de recuperación. Ahí encuentro la similitud.

Hay algo que atraviesa tu obra y que quizá no siempre resulta evidente: la relación entre medicina y literatura. ¿Por qué crees que ambas disciplinas están tan conectadas?

A mí me gusta mucho hablar de datos históricos de la medicina, así que aunque no me lo pregunten, me lo saco. Porque a veces estos libros, muchas veces, sí estaban jugando, pero en un sentido bonito y creativo. Hay bases detrás. Yo jamás quise burlarme de la medicina. Siempre fue, de verdad, con toda la seriedad y respetando nuestras bases, porque la medicina siempre ha necesitado literatura y narrativa. La historia clínica, que es un documento médico legal, es narración. Te dicen: “Narra todo desde que llega el paciente”. No vas a poner simplemente: “Llega fulanito”. Debes de embellecerlo más. Por ejemplo, el paciente te dice: “Siento que me quema el pecho”. Tú vas a poner: “Refiere sentir quemazón en el pecho”. Aunque esas palabras no estén en el libro de medicina, se transcribe con las palabras correctas.

Y quizá esa sea también la razón por la que en tus libros la medicina y la literatura parecen estar tan conectadas.

Sí. Al final es lo que traje de mi lado médico a lo poético.

En No me llames loca, ¿cuánto hay de ti y cuánto hay de ficción?

Tiene mucha ficción. No me llames loca sí tiene una gran esencia mía porque lo escribí cuando estaba en la facultad de Medicina y cuando conocí la jerarquía tan violenta que tienen los estudiantes de Medicina. Esto es de que uno es estudiante, entonces tiene mucho de mí, pero expandir el universo ya es muchísima ficción y gustos personales.

Me encanta la conspiración, el universo de las élites, los silos que dominan el mundo, los verdaderos líderes que ponen a los gobernantes y siempre hay alguien detrás. Bueno, a lo mejor esto no es cierto. Yo creo que sí es cierto. A mí eso me encanta. Todas esas cosas que me fascinan leer, ese inframundo, la trata, el tráfico, esas cosas que sí son reales y tengo bastante información de ello. Todo eso es lo que viene en esos libros, que se ve más o menos en el tráiler.

¿Te gustaría escribir más de esto más adelante?

Sí. Los tres libros que están por salir son de esos.

Hay mucho enigma con tu imagen pública ¿Es un nombre artístico o es tu nombre real?

No puedo responder eso.

En tu obra hay un propósito por sensibilizar. Me lo dijiste hace un rato, cuando hablábamos de que el mundo médico puede ser muy hostil. ¿Qué te gustaría que cambiara principalmente?

No sé si yo tenga el poder de cambiar algo. Creo que solamente Dios puede hacer algo. El humano es muy insensible, ¿sabes? Hoy día, con las redes sociales, uno puede tener rápido un feedback y te encuentras con personas que, a la hora de leer una metáfora, por ejemplo, tengo una frase que dice: “Tal vez las cebollas cuentan historias que solo los ojos escuchan”.

Hay personas que me pueden ofender porque los ojos no escuchan. Ya lo sé, ya lo sé. Pero si hubiera un poco de sensibilidad en ti, dirías: “Qué bonito. Nunca lo había pensado de esa manera”. Es la historia de los ojos poniendo atención a la historia de desamor de la cebolla y por eso lloran. Pero hoy se da el insulto por algo tan tierno. Entonces creo que sí, nos falta más sensibilidad. Y la literatura nos trae eso. Y también hay una tendencia a juzgar mucho lo que lee la gente. Ves a un adolescente con un libro de amor y algunos dicen: “¿Qué lee? Eso es basura”. O alguien con un libro contemporáneo y le dicen que debería leer clásicos.

¿Qué opinas de esas personas que desprecian la literatura juvenil o romántica?

Bueno, a nadie le gusta que generalicen. Si una mujer dice que todos los hombres son iguales, los hombres se levantan: “Claro que no, no todos son iguales”. Decir que la literatura juvenil es basura tampoco. Yo no digo eso. Así como un médico no debe decir de otro: “Es pésimo”, porque también hay que tener respeto por el trabajo de otro. Sí, puede faltar un poco más de conocimiento en algunas herramientas, más desarrollo, tal vez, pero al final estamos dialogando.

¿Por qué ofender a alguien porque quiere dialogar con una chica que escribió una novela de romance a sus 21 años? Yo, a mis 17 años, quiero ver la novela de romance de una chica de 21. Es como si estuvieran teniendo una conversación ambas. ¿La está orillando a hacer algo malo? No. ¿Está en contra de sus derechos? Tal vez no. ¿Va a hacer que el día de mañana esa niña que leyó esa novela tome un arma? Posiblemente no. ¿Por qué? Porque está usando su tiempo en leer y las conexiones neuronales, al final, en la lectura están ahí. Entonces yo creo que mientras uno lea y no esté orillando a nada que viole algún derecho, siempre está bien.

¿Y cómo lidias con todo este hate? Porque sé que a veces también es muy hostil la gente en redes sociales.

A veces me pone un poco triste porque no puedo contestar las cosas buenas. Pero para proteger mi paz y mi creatividad... Cuando era independiente, estaba muy protegida por los que me buscaban. Era como mi comunidad y todos estábamos seguros. Pero cuando llego a Planeta y salen los libros a librerías, llegan a más personas, las cuales son muy válidas y pueden pensar lo que quieran, pero son rapidísimas.

Puedo entender que digas: “No me gustó tu libro”, pero no puedo entender que me digan que estoy enferma. “La autora no está bien de su cabeza”. “La autora está romantizando tal cosa”.

No. Una cosa es exponer y otra cosa es romantizar. Romantizar es que yo te diga que está bien, que es maravilloso. Pero cuando uno expone las cosas es diferente.

Por ejemplo, mi novela, la que considero más sana, que es Eres el amor de mi otra vida, es un desamor. Y el protagonista tiene muchos defectos. Yo, ¿cuándo quise que lo amaran? Jamás. ¿Cuándo quise decirles que era una historia ideal? Nunca. Siempre fue un drama, siempre fue un desamor. Pero hay personas que dicen: “La autora defiende los defectos de los hombres y los embellece”. ¿Cuándo hice eso? Yo siempre te dije que él estaba mal.

Una cosa es el personaje, otra cosa es el autor. Yo estoy imaginando, dándole vida y poniéndome en su papel. No quiero hacer conciencia social y que todos despertemos y nos pongamos de las manos. No. A mí me gusta que se equivoquen y me encanta que el personaje sufra de principio a fin. Si no sufre, yo no estoy a gusto. Pero se adelantan a pensar que yo estoy diciendo que eso está bien.

¿Cuáles son los siguientes proyectos que tienes planeados?

Siempre estoy escribiendo. Siempre tengo un montón de novelas ahí. A veces creen que saco libros muy rápido, pero es que tengo años escribiendo con un montón de libros. Solamente estoy esperando que la editorial me diga: “Ya, ya podemos”. (risas)

¿Y cómo es ese ritmo con la editorial? Imagino que hay una coordinación constante.

Sí. Usualmente es un libro por año, pero como tengo muchos y ya los vieron, y hay otros que tengo independientes, como Cartas que no llegaron, Llévame cuando no te encuentres y Cántame al dormir, poco a poco los vamos a ir integrando a Planeta. Me han planteado que puedo hacer dos libros por año si tengo el tiempo y, pues, yo sí tengo el tiempo. Porque no hago otra cosa. Yo quisiera contar más cosas de mí, pero nada más me la paso escribiendo y siendo mamá.

Si no fuera mamá, tendría más libros. Tal vez no publicados, pero ya escritos. Eso es lo que me mantiene. Ser mamá me ha hecho el ritmo un poco más lento, pero tengo una precuela de No me llames loca que ya estamos en los pasos finales y, si todo sale bien, sale antes de que termine el año. Me voy a seguir con el mundo de No me llames loca. Todavía faltan otros tres libros.

¿Cuántas horas al día escribes, más o menos?

Es por temporadas. Pero, por ejemplo, ahorita, desde hace dos meses, estoy escribiendo como siete u ocho horas al día.

¿Y qué te gustaría que quedara, finalmente, en los lectores después de leer tus libros?

Creo que sensibilidad. Que puedan mirar las cosas desde otro lugar. Que puedan entender que una historia no siempre tiene que decirte qué está bien y qué está mal. A veces solamente tienes que leerla, sentirla y conversar con ella.

¿Cómo titularías esta entrevista?

Un cafecito que no me tomé por estar chismeando.

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