CRÓNICA | Big Time Rush y su vuelta en grande a Lima

Por Marce Rosales | Trece años después, Big Time Rush volvió a Lima y convirtió Costa 21 en una cápsula de memoria y nostalgia que deleitó al público en su primera fecha. La boyband surgida en Nickelodeon dio la talla y dejó una buena sensación en sus fanáticos que no dejaron de corear sus más grandes éxitos.

por marcerosalescordova@gmail.com

Costa 21, jueves 26 de febrero, primera de dos fechas en Lima. Antes de que se apagaran las luces, el lugar ya parecía una extensión del archivo sentimental de quienes crecieron con Big Time Rush. Los outfits no eran un detalle menor ni un capricho de previa. Algunos llevaron lentes con el nombre de la banda escrito sobre las lunas. Otros se vistieron con la paleta rojo, negro y blanco asociada al grupo desde sus años de mayor fiebre. Hubo quienes fueron más lejos y se presentaron con guiños directos a la serie. Una pareja apareció vestida como el Hombre Bandana, el curioso superhéroe interpretado por James. Otros llevaron sombreros de planta, ese accesorio ridículo y específico que la boyband usaba en la ficción para ejecutar algunos de sus planes más disparatados. Nadie llegó por casualidad. Había, más bien, una voluntad bastante clara de entrar al aura del concierto ya metido en personaje.

A las 8:54 las luces se apagaron. Entonces sonó el clásico “Oh, Oh, Oh Oh, Oh” repetido una y otra vez antes de abrir paso a Big Time Rush, la canción que comparte nombre con la agrupación y que durante años fue también la intro de su show televisivo. En la pantalla empezó a reproducirse la secuencia de apertura de la serie, como una especie de llave maestra. La memoria hizo el resto. Antes del coro final, sin embargo, la proyección se interrumpió. Y ahí salieron ellos.

Kendall Schmidt, James Maslow, Logan Henderson, Carlos PenaVega aparecieron frente a un público que los recibió con un entusiasmo real, aunque atravesado por algo inevitable: el contraste. Era imposible no verlos como una versión muy distinta de aquellos chicos de hace quince años. Logan llevaba un bronceado curioso que parecía haberse ido un poco de las manos. James apareció con bigote y no tardó en quitarse la camisa para mostrar los músculos. Kendall estaba rapado y con barba. Carlos tenía otro corte, otra cara, otra etapa encima. Saltaron mientras sonaba el coro final de Big Time Rush y esa primera imagen bastó para fijar el tono de la noche. No se trataba de fingir que el tiempo no había pasado. Se trataba de comprobar qué quedaba en pie después de que pasara.

Luego llegó Windows Down y el concierto encontró su primer punto de combustión. La canción, construida sobre la base reconocible de Song 2 de Blur, funcionó como empujón definitivo para una audiencia que todavía estaba terminando de acomodar la emoción inicial. El “woo-hoo” cayó donde tenía que caer. La gente empezó a saltar con más decisión y fuerza. Luego vino la orden explícita de “Jump, Jump, Jump” y Costa 21 terminó de activarse. Después de una canción introductoria inevitablemente asociada al programa y a todo lo que esa ficción instaló en la infancia o adolescencia de muchos, el público por fin dejó de mirar y empezó a entregarse.

En Amazing comenzaron a señalar a las fans como quien sabe perfectamente qué botones tocar. Despertarlas más, empujar un poco el grito, alimentar esa dinámica medio adolescente y medio perfectamente calculada en la que una mirada, un dedo apuntando o un beso lanzado alcanzan para provocar una pequeña estampida sonora. Desde Amazing empezaron también a mandar besitos y guiños al público. Por ratos Kendall agarró la guitarra, un detalle que ayudaba a recordar que Big Time Rush siempre quiso proyectar algo más que el piloto automático de una boyband televisiva y mostrar una onda más poprockera.

Carlos inició Picture This desde el piso. Estaba acostado dentro de una marca de cuerpo muerto dibujada a su alrededor, como si la escena necesitara un pequeño gesto de humor absurdo para no volverse demasiado seria. Luego se levantó y se sumó a los demás. Empezaron a grabarse entre ellos con una cámara cuya imagen iba saliendo en la pantalla. Después se tomaron fotos con la gente. Otra vez los besos lanzados, otra vez el ida y vuelta con un público que no necesitaba demasiado para estallar. En otro momento, Logan usó unos lentes y luego los tiró al público, convirtiendo un accesorio cualquiera en trofeo de guerra.

Más adelante, Carlos también se puso su característico casco de hockey, uno de esos objetos que bastan para abrir de nuevo el puente con la serie y mostrar su personaje de la serie tan rudo y enérgico. No quedó ahí. En escena apareció un carrito de compras, otro guiño muy reconocible para quienes crecieron viendo sus episodios. Jugaron con él como si ese universo todavía estuviera disponible para ser activado con dos o tres objetos. Desde el carrito empezaron a lanzar merch al público y el gesto terminó de convertir el concierto en algo más híbrido: parte recital, parte reunión de exalumnos de una ficción pop que, contra todo pronóstico, seguía teniendo efectos concretos.

Después llegó Shot In the Dark y poco después apareció Stephen Glickman, el actor que interpretó a Gustavo Rocque, el productor excéntrico de la agrupación en la serie. Su entrada fue recibida con el tipo de cariño reservado para los personajes secundarios que, con el tiempo, se vuelven centrales en el recuerdo. Tocó piano, cantó un rato, mandó saludos a Lima y se quedó acompañando varios pasajes del show. Los chicos aprovecharon esa presencia para cantar una canción más y entonces sonó Cover Girl.

Carlos volvió a tomar la palabra y agradeció en español. Se emocionó. Se le cayeron algunas lágrimas antes de cantar You’re Not Alone. Cada vez que alguno hablaba en español, la gente reaccionaba como si esa cercanía improvisada valiera casi tanto como una canción favorita. Una mezcla de nostalgia y entusiasmo bastante latino por cualquier gesto mínimo de complicidad verbal.

En All Over Again, Logan cantó solo y pidió ayuda al público para encender las linternas al ritmo de la canción. Glickman seguía en el teclado. La postal era bastante limpia: luces levantadas, un recinto grande intentando parecer íntimo, una balada haciendo lo suyo. Luego llegó We Are. James la cantó solo y también agradeció en español. Después Glickman dejó el escenario, James tomó posición en el piano y siguieron cantando.

Hubo un breve encore. Luego presentaron a los músicos de la banda que los acompañaron. Después empezaron a corear “When I say Big Time, you say Rush”. Esta fórmula nunca falla por su simplicidad. El pase fue para Halfway There y la gente volvió a saltar. A esa altura ya no había nada que desbloquear. El concierto había encontrado su ritmo y el público también.

Luego se sumó Katelyn Tarver, la actriz que interpretó a Jo Taylor, interés romántico de Kendall en la serie. Subió a cantar con ellos y entre todos empezaron a dejar pequeñas muestras de cariño que funcionaban como prolongación de aquella ficción que el público no fue exactamente a despedir, sino a reanimar por una noche.

Acabada esa parte, llegó uno de los momentos más esperados: la elección de las chicas antes de cantar Worldwide. El ritual sigue siendo efectivo porque mezcla competencia, fantasía, vergüenza pública y recompensa. Los chicos empezaron a escoger entre letreros coloridos y extravagantes. Uno tenía lucecitas para hacerse notar. Algunas chicas, desesperadas, fueron subidas en hombros para multiplicar sus opciones. Otras iluminaron con linternas sus carteles. Otras corrieron al borde del escenario para intentar ser vistas. Finalmente escogieron a las cuatro afortunadas.

La última de ellas se puso a llorar. Su letrero decía “Logan can I be your WWG?”. Todas eran adultas, pero lo que se activaba ahí no era exactamente una escena adulta. Era otra cosa. Una conexión bastante intacta con la infancia. Una de ellas había ido al concierto de 2012 con apenas cuatro años. La primera, por cierto, se mostró muy cómoda con James. Las cuatro escucharon Worldwide en primera fila del escenario, sentadas en sillas, mientras los chicos las abrazaban y las hacían girar lentamente. La canción, así, se convertía en un curioso ritual de vals improvisado.

El último encore vino acompañado de videos de la serie. En esa parte final retomaron coreografías bastante características del programa, con más movimiento y, por lo mismo, con los micrófonos en parantes. En el público, mujeres, pero sobre todo hombres, aprovecharon el momento para lanzar pasos improvisados y bastante enérgicos en solitario. Había algo curioso ahí: la noche no estaba produciendo solo nostalgia femenina o fervor de fan clásica. También estaba soltando a varios tipos que, sin mucha ceremonia, parecían felices de volver a jugar a tener doce años mientras saltaban y se estiraban.

Después de Confetti Falling, serpentinas rojiblancas salieron disparadas en alusión al Perú y el final empezó a acercarse. James fue, de lejos, el más aclamado del público. La diferencia se sintió. Cada gesto suyo parecía recibir un volumen adicional. Pero faltaba la obligatoria. No podía faltar Boyfriend. Con una coreografía que parecía copiada y pegada de su videoclip de hace más de quince años, la banda despidió a su público con la canción más coreada de la noche. Ahí ya no quedaba nada que explicar. Era el himno correcto para cerrar un show montado sobre el regreso de una memoria compartida.

Los cuatro se despidieron, agradecieron a todos los asistentes y prometieron volver nuevamente. Al final del concierto sonó el outro de la serie con créditos incluidos. El público empezó a salir satisfecho, todavía bailando al ritmo de I Want You Here All The Time. Algunos se fueron con la sensación de haber repetido el plato de aquel concierto lejano de 2012. Otros, con la espina por fin fuera después de no haberlos visto antes. Otros, simplemente, con la nostalgia removida por recordar su infancia. Y unos pocos, muy pocos, con el entusiasmo todavía fresco porque volverían a verlos este viernes en la segunda fecha.

Al final, Big Time Rush sí terminó siendo eso que alguna vez dijo de sí misma en su serie, aunque en su momento sonara muy plástico o superficial. Un pop con guitarras, con energía suficiente y con la capacidad de sostener un concierto grande sin depender únicamente del chiste del recuerdo. En sus treinta, Kendall, James, Logan y Carlos demostraron que todavía pueden ofrecer un show sólido. Y si la pregunta es si la boyband podría apuntar alto con un nuevo álbum, Lima dejó la impresión de que la idea no suena descabellada.

También te puede interesar

 Av. Guardia Civil 1321, Oficina 1802, Surquillo, Lima – Perú

Copyright ©caretas.pe | Por Revista Caretas

Todos los derechos reservados

¿TIENES UNA DENUNCIA? ESCRÍBENOS

Nota y Prensa S.A.C.

Contacto: editorweb@caretas.com.pe

Ilustración Peruana

Este sitio web utiliza cookies para mejorar su experiencia. Asumiremos que está de acuerdo con esto, pero puede optar por no participar si lo desea. Aceptar Leer más

Política de privacidad y cookies
¿Estás segura de que quieres desbloquear esta publicación?
Unlock left : 0
Are you sure want to cancel subscription?