En la fachada de la avenida Arequipa, una pancarta descolorida muestra el mapa de Venezuela partido en dos como mudo reflejo del quiebre institucional. Tras las rejas y las ventanas cubiertas de polvo, los ambientes lucen sumidos en el abandono mientras miles de migrantes afrontan el vencimiento de sus documentos de estancia legal. La parálisis consular agrava la zozobra de una comunidad expuesta a la informalidad, a la espera de medidas concretas de identificación.
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