Hay tecnologías que no necesitan ser inventadas. Solo necesitan ser recordadas. En el altiplano puneño, los waru waru —campos elevados rodeados de canales de agua— vuelven a demostrar que los antiguos agricultores andinos conocían algunas claves para sobrevivir a un clima extremo.
En la localidad de Ácora, a 3848 m s. n. m. en Puno, cuatro comunidades aymara han recuperado esta práctica que durante décadas permaneció abandonada. La iniciativa fue posible gracias al programa Cultivating Resilience, de World Monuments Fund (WMF), que vincula conservación patrimonial, producción de alimentos y respuesta al cambio climático.

“Los waru waru son un conocimiento ancestral que se estima tiene unos 3000 años de antigüedad, pero que mantiene plena vigencia frente a desafíos actuales como la seguridad alimentaria y el cambio climático”, señala Juan Pablo de la Puente, director ejecutivo de WMF Perú. “Es una tecnología muy ingeniosa, desarrollada por las comunidades del altiplano para enfrentar el clima riguroso de la región”, añade.
Estos pueden tener distintas formas, pero comparten una estructura básica: camellones o surcos elevados destinados al cultivo y canales que los rodean. El sistema funciona especialmente bien en las hondonadas del Altiplano, donde el agua puede ser controlada mediante canales y compuertas.

No se trata, sin embargo, de una fórmula mágica. El sistema funciona acompañado de otro conocimiento fundamental: saber qué sembrar. Ante una eventual sequía, las comunidades recurren a variedades que necesitan menos agua y a cultivos como la quinua y la cañihua. También existen variedades precoces que pueden cosecharse en unos tres meses.
Eliana Amparo, directora de la Asociación Aymara Suma Yapu, confirma que “los waru waru son una respuesta heredada de los abuelos frente a la incertidumbre climática”. Son también pequeños bancos de semillas. “Ellos nos dejaron más de 3000 variedades de papa y en la campaña 2025 – 2026 hemos recuperado alrededor de 50 diferentes tipos, entre papas dulces y amargas”, cuenta.

A esto se suma la lectura de las llamadas “señas” de la naturaleza: plantas, animales, sueños e incluso indicadores astronómicos que permiten anticipar cómo podría desarrollarse la campaña agrícola. “Las plantas anuncian si el año va a ser lluvioso, si va a ser seco”, explica Amparo. Esa observación ayuda a escoger las variedades más adecuadas y a reducir el riesgo frente a fenómenos climáticos adversos.
El rescate de los waru waru comenzó por iniciativa de María Escarcena Managua, de la comunidad de Thunco, sector Central de Ácora, quien postuló al programa Watch de WMF para recuperar esta práctica. Hoy, el proyecto beneficia a cuatro comunidades del distrito.

Desde tiempos ancestrales, estos campos nunca se construyeron de manera individual. Son patrimonio comunal y su mantenimiento exige trabajo colectivo. “Los waru waru no se pueden trabajar uno solo porque cansan, no es fácil”, asegura Escarcena. Además y sobre todo: “Para ir a la chacra hay que estar alegre. El que está amargado no va porque no te va a dar la protección”.
Las decisiones sobre qué sembrar tampoco se toman de manera aislada. Hombres, mujeres y niños participan en faenas comunitarias como la minka. Hasta el momento y gracias a esto, las comunidades de Thunco, Caritamaya, Juruhuanani y Culta han recuperado más de 12 hectáreas de waru waru.
Ese carácter colectivo distingue al sistema de una simple técnica agrícola. Los waru waru articulan agua, suelo, semillas, alimentos y comunidad. Recuperarlos implica también conservar las prácticas culturales que permiten que sigan funcionando.

La cosecha se reparte de la misma manera. En uno de los campos, de unas dos hectáreas, alrededor de 50 personas participaron en la recolección y recibieron su parte de manera equitativa. El sistema tiene además otro efecto: al sembrar distintas variedades y distribuir luego las semillas, la diversidad agrícola se multiplica.
Para Malena Martínez, cofundadora y directora del centro de investigación Mater Iniciativa, esa es una de las razones por las que esta experiencia con los waru waru resulta especialmente relevante. “Se trata de una tecnología agrícola ancestral, importante y relevante completamente por los tiempos en los que estamos”, afirma. Pero también, añade, de prácticas culturales que es necesario conservar por su aporte a la soberanía alimentaria y a la identidad de los pueblos. Quizá allí esté la verdadera lección de los waru waru: mirar hacia atrás no siempre significa retroceder. En el altiplano, recuperar una tecnología de hace 3000 años puede ser también una manera de prepararse para el futuro.