En los viñedos de Ica, donde el desierto se vuelve fértil a fuerza de riego y ensayo, el tiempo se mide por cosechas. Ocho son las que han pasado desde la llegada del enólogo argentino Luis Gómez a Viñas Queirolo. Ellas funcionan como una unidad de medida más precisa que cualquier calendario: ocho vendimias para ajustar decisiones, probar suelos, corregir errores y, finalmente, alcanzar el mayor puntaje obtenido por la bodega en su línea de vinos de uvas patrimoniales.
El recorrido por el fundo a 60 kilómetros de la costa dividido entre planicie, piedemonte y laderas que alcanzan los 500 metros permite entender que el resultado no es un accidente. “Tenemos tres zonas bien diferenciadas y lo que hacemos es plantar la misma variedad en cada una para obtener expresiones distintas”, señala Gómez. La lógica es simple en apariencia, pero exige años de observación: una misma uva no se comporta igual en suelos ni altitudes distintas, y esa variación es la materia prima de los ensamblajes.

Gómez llegó desde Argentina con una premisa que repite durante la conversación: no hay recetas importadas. “No se puede hacer lo mismo que yo hacía en Mendoza porque hay que entender cómo funciona el clima y la tierra aquí en Ica”.

of wine británico.
Ese aprendizaje se ha dado en paralelo a cambios más amplios en la industria. “La evolución en los últimos diez años ha sido realmente muy grande, ya que la industria vitivinícola está incorporando tecnología, están viniendo enólogos de otras zonas y hay un crecimiento notable”.
Parte de ese despegue de los vinos peruanos se explica por una alianza menos evidente: la gastronomía. Gracias a este boom en la industria de los vinos “tenemos un gran potencial”, pero que a la vez plantea “el desafío” de “encontrar vinos de variedades locales”. En esa búsqueda, las uvas patrimoniales quebranta, negra criolla, italia han dejado de ser exclusi-vas del pisco para entrar en el vino como una declaración de identidad.

Hace pocas semanas, la línea de vinos con uvas patrimoniales logró puntajes internacionales por encima de los 90 puntos, otorgados por Tim Atkins, reconocido periodista británico especializado en vinos. “Haber puesto tantos vinos con puntajes superiores a 90 de una sola vez ha sido nuestro mayor salto”, dice con orgullo Gómez, y agrega que este “es un gran reconocimiento al trabajo de campo”. A pesar de eso, Gómez evita cualquier tono triunfalista. Él lo define como un punto de partida. “Ahora la vara está alta. El desafío es de ahí para arriba”.
Ese salto ocurre en un contexto menos controlable: el climático. La radiación, más intensa que hace una década, obliga a replantear prácticas. “Estamos haciendo ensayos de orientación de las higueras y esto incluye la protección de racimos”, dice, y advierte que “esta es una realidad mundial”. La adaptación, más que la tradición, parece ser la constante.
Desde el lado comercial, Piero Fumagalli, gerente de Marketing de Viñas Queirolo, sitúa el proceso en una narrativa más amplia: la construcción de confianza en el vino peruano. Él recuerda que, en el 2007, cuando Quierolo lanzó los vinos Intipalka, se evitó enfatizar su origen para esquivar prejuicios. “Se lanzó sin decir de dónde era el vino y funcionó porque el producto estaba a la altura”. Con el tiempo, la estrategia cambió. “El siguiente paso era el orgullo por nuestro origen: hablar del Perú, de Ica, del sol”.

de AGAP Perú, lideran mesa con vecinos, amigos y algunos forasteros.
Ese giro coincide con un consumidor distinto. “En los últimos seis o siete años se ha sofisticado”, advierte Fumagalli. “Ahora entiende de maridajes, varietales, y ha pasado de lo dulce a lo seco”. Ese aprendizaje obliga a la bodega a moverse al mismo ritmo: “Esto es un trabajo entre marketing y enología… Si estamos divorciados, no funciona”.
Las uvas patrimoniales, además, ofrecen una ventaja competitiva difícil de replicar. “Salir a competir con un sauvignon blanc es complicado, pero un rosado de quebranta solo lo tiene el Perú”, apunta. La singularidad, en ese sentido, no es un discurso sino una condición geográfica.

Mientras tanto, los vinos peruanos comienzan a aparecer en góndolas junto a etiquetas de Chile o Argentina, y a sumar mercados en Brasil, Estados Unidos y Europa. No es todavía una industria con siglos de prestigio, pero sí una que se reconoce en transición. “Se está profesionalizando”, apunta Gómez.
En Ica, esa palabra (“profesionalización”) no suena abstracta. Se traduce en decisiones concretas: dónde plantar, cómo orientar una hilera, qué uva insistir o descartar. Ocho cosechas después, el resultado no cierra una historia. Apenas la ordena.