Guillermo Giacosa sigue hablando

Con 85 años y medio, el comunicador argentino Guillermo Giacosa revive Informalísimo en formato podcast. Entre vinos, risas y recuerdos, su voz vuelve a desafiar la solemnidad de los medios.

por Fiorella

“¿Les puedo ofrecer algo? ¿Agua, vino?”, pregunta apenas se presenta. Al escuchar “vino”, se dibujó una sonrisa en su rostro. “Eres de los míos”, agrega. Entonces, Guillermo Giacosa llena la copa, se recuesta en una de sus sillas. Se para un momento mientras finge seriedad. Y pregunta. “Che, ¿cuánto medís?”. Al escuchar 1.82, mientras ve ligeramente hacia arriba, dice: “Qué raro. Yo mido 1.85. Me estoy encogiendo” y suelta una carcajada.

INFORMALÍSIMO, SEGUNDA TEMPORADA

En su casa de Breña, donde vive tranquilo desde hace más de diez años, habla sobre su regreso a las conversaciones. Informalísimo, el programa que hizo de la charla un arte, ahora vuelve reconvertido en podcast. Cada sábado a las 10:00 a. m., en EsTodo.Pe, conversa con la misma energía de siempre y la misma intención: “Quiero que la gente sienta que todos estamos en el mismo planeta, que no somos enemigos”.

Esta nueva etapa lo reúne con Luis Siabala, su cómplice de años, en la plataforma donde hoy suceden las conversaciones. Para Giacosa, no se trata de empezar de cero, sino de continuar lo que siempre ha hecho: hablar sin guion, escuchar sin prejuicios y encontrar el humor en los recovecos de la vida. “A mí me gusta hablar, escuchar, reír. Es lo que siempre he hecho”, dice mientras gira la copa entre los dedos, “y nunca supe si yo entrevistaba o me entrevistaban, pero eso lo hace divertido”.

Recuerda, además, cuando César Hildebrandt dijo que una de las cosas más interesantes de su programa era que no se sabía con certeza quién era el entrevistador y quién el entrevistado. Informalísimo, ahora en YouTube, vuelve a ser lo que siempre fue: un espacio de encuentro más que de certezas.

EL HOMBRE QUE HIZO DEL CAOS UN ESTILO

En los noventa, su paso por medios de comunicación lo convirtió en una figura reconocida por romper esquemas. Entre entrevistas imprevisibles y discusiones encendidas, aunque siempre respetuosas, Giacosa creó un lenguaje propio donde la cultura y la calle podían hablar el mismo idioma. El reconocimiento nunca lo desvió de su manera de entender la comunicación. Prefiere el diálogo horizontal, donde el humor abre puertas que la solemnidad cierra. De hecho, al día de hoy sigue parodiando el estilo de la élite limeña, a la que conoció muy de cerca cuando llegó al país, mientras ejecuta gestos pretenciosos y fingidamente elegantes.

UN HUMANISTA EN MOVIMIENTO

A lo largo de la conversación, se despliega una memoria que avanza sin orden, entre viajes, clases y encuentros. Giacosa recuerda su trabajo con la UNESCO, sus días en África, los seminarios en Cusco y aquella noche en la que, caminando por un convento vacío, la luz de la lluvia lo llevó a una epifanía: “Me quedé paralizado y empecé a llorar sin tristeza; fue como encontrarme conmigo mismo”.

Habla también de Perú con un afecto silencioso. Llegó hace más de cuatro décadas y decidió quedarse. “En Francia había muchos como yo; acá, no. Acá me sentí útil”, confiesa. Hoy prefiere definirse como humanista antes que como militante: no se encierra en trincheras políticas a pesar de seguir reconociéndose como peronista, aunque su visión esté clara. “No mato ni una hormiga”, dice riéndose mientras recuerda rescatar una del fregadero, “trato de no hacer daño a nada que esté vivo”. Toda esta mística adoptada a partir de su simpatía con el budismo. En sus palabras, la compasión no es un concepto, sino un hábito.

REIR HASTA EL FINAL

La conversación se interrumpe constantemente por su propio humor. No deja de llenar la copa de vino, se burla de sus lapsos de memoria y vuelve al hilo como si nada. “Me mantengo de buen humor. A los 85 corro, salto, tomo vino… y sigo aprendiendo”, dice con una vitalidad envidiable. Sus exalumnos todavía lo visitan, le muestran a sus hijos, lo invitan a comer; el cariño que despierta parece no haberse desgastado.

Antes de despedirnos, la charla vuelve al punto de partida. La morbosa pregunta sobre la muerte es inevitable. Giacosa ríe, da un sorbo más y cierra con una frase suspendida en el aire: “La muerte no existe. Yo solo sé que soy un loco de mierda”. Afuera, el vino se acaba, pero el deseo de seguir conversando permanece intacto. (Marce Rosales)

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