La reciente gira por Colombia y Perú de la ministra de Relaciones Exteriores de Suecia Maria Malmer Stenergard, junto a su “misión empresarial” no pasó desapercibida. Era de alguna manera una continuación, o consecuencia, del encuentro bilateral suscitado en el foro económico mundial de Davos de Dina Boluarte con el primer ministro sueco Ulf Kristersson. Para nadie es un secreto que los gobiernos de Gustavo Petro y Dina Boluarte tienen la intención de renovar lo más pronto posible las vetustas flotas de aviones de combate de sus fuerzas aéreas que ya llegaron a límites máximos de su vida operativa. En un escenario de difíciles relaciones, y fuerte presión de los Estados Unidos con la llegada de Donald Trump, por asegurar su rol hegemónico y presencia en la región, Bogotá y Lima parecerían emular a Brasil en la elección del modelo sueco fabricado por la empresa SAAB: el Gripen NG. Sin embargo, el Departamento de Estado de Estados Unidos envió sutiles mensajes a Colombia, a inicios de 2025, previos a la gira de la canciller Stenergard, acerca del rechazo que generaría en Washington la compra de un avión europeo, con la mira puesta en el sueco. Para tales efectos se especula sobre una “bala mágica”, en modo as bajo la manga, del Pentágono norteamericano para neutralizar una posible adquisición que no sea de su agrado: algunos componentes del caza escandinavo, como su motor (General Electric), son “made in USA” y sin licencia de exportación no es posible transferir la aeronave, pues no podría volar. Una herramienta negociadora nada desdeñable que seguramente la administración Trump sabrá aquilatar y usar ventajosamente junto a otras acciones paralelas.
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