Recomendación: «hierbabuena», poesía reunida de Doris Bayly

Destacado artista Armando Williams cuidó los poemas de su esposa Doris Bayly. (ARCHIVO CARETAS)).

La publicación de la poesía reunida de Doris Bayly (1962 – 2022), hierbabuena (Intermezzo Tropical), resulta saludable, porque nos permite acercarnos a una poética mediante la base que importa: el texto. Si bien hubo un tiempo en que los poemarios de Bayly (Retrete para huérfanos de 1997 y Chico de mi barrio de 1998) eran ubicables en librerías, la ausencia de los mismos en los últimos diez años dio paso a la leyenda (se hablaba mucho de las cualidades personales de la poeta, por ejemplo), que como tal —refiriéndonos a las parcelas literarias— se convierte en peligro cuando no se cuenta con al material que ampara a lo que se habla/dice.

En este sentido, Hierbabuena se erige como un valioso aporte a la bibliografía poética peruana del nuevo siglo. En estas páginas hay una preocupación por la dimensión formal de los poemas (a los poemarios consignados, se suman el libro inédito Morir en Lima, la selección de poemas de Cuaderno negro y naranja y poemas sueltos): lo suyo era la precisión proyectiva y la claridad poliédrica, que le permitían viajar por ejes temáticos como el Eros y el Tánatos (acierto de Carmen Ollé en la contratapa).

Publicación de Intermezzo Tropical.

Pero lo que más seduce, incomoda, enaltece y reconcilia (así pone Bayly al lector) es su actitud ante la práctica poética: un fin en sí misma. Pudiendo hacer sonar su nombre y ubicarse entre las voces poéticas peruanas imprescindibles del presente siglo, sencillamente no lo hizo. ¿Por qué? Ahí está hierbabuena: sus poemas son el reflejo de un modo de estar en la vida, a la que Bayly honró llevando a cabo un maravilloso desprecio por todo lo que fuera reconocimiento (“al no poder tocar lo excelso/algunos/aceptan el juego de lo abyecto/grotescoscuro/para evadir el problema/de la cotidianeidad/que se presenta”).

Tanto en los poemas más logrados y en los irregulares —inevitable cuando nos referimos a la poesía reunida de cualquier (muy) buen poeta—, una marca de agua los recorre: el amor y la sinceridad.

La poesía de Bayly no miente.

Con eso basta y sobra, más aún en estos tiempos en donde ni la poesía se salva de la impostura.

Lean a Doris Bayly.

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