García, el detective huancaíno: comentario a “Pólvora para gallinazos” de Mirko Lauer

Mirko Lauer. (ARCHIVO CARETAS).

Acaba de aparecer la segunda edición de Pólvora para gallinazos (Vulgata, 2023), novela negra o de corte criminal (mundo profesional del crimen) de Mirko Lauer (Zatec, 1947) publicada originalmente en 1985 con el seudónimo de C.C. García.

Este subgénero de la narrativa policial cuenta con importantes cultores en nuestra América: el colombiano Octavio Escobar Giraldo, el cubano Leonardo Padura, el guatemalteco Rodrigo Rey Rosa, el uruguayo Mario Levrero, o los argentinos Mempo Giardinelli, Rodolfo Walsh, Adolfo Bioy Casares y Jorge Luis Borges.

Lauer sumó nuestro país a esta prestigiosa nómina con Pólvora para gallinazos, de ahí que su reedición puede verse como un pequeño acontecimiento dentro del subgénero al rescatarla cuatro décadas después a los lectores. Se trata de una adaptación desde la perspectiva emprendedurista y popular (chola, podríamos decir) de nuestra capital.

Publicación de Vulgata.

A lo largo de veinticinco capítulos la novela avanza tensamente acogedora en su ritmo narrativo truculentamente ameno entretejido por la mirada fría pero acoplada a su oficio de García, el narrador-protagonista, abogado convertido en detective, natural de Huancayo, algo alcohólico, que padece insomnio, de inteligencia cínica, quien se trasladará del centro histórico limeño (cerca de la Plaza San Martín, por La Colmena), donde vive en un estrecho y solitario alojamiento cercano a las galerías Gallo-Mogollón, hacia ciudades como Piura y Miami (pasando por Ecuador y Colombia), acumulando en su trayecto (doce días de pesquisas) un desbordado número de personas asesinadas que lo van empujando hacia un remolino de intriga y confusión mientras va tras su objetivo: un estudiante desaparecido.

¿Todas estas muertes violentas están relacionadas con líos de narcotraficantes o serán parte más bien de una trama de huitotas (etnia amazónica) vengando una masacre genocida de caucheros? La respuesta se despliega en los tres capítulos finales desde una mansión ubicada frente al apacible mar de Cantolao por cuyas palmeras García asocia con la sullanera Querecotillo.

(Paolo de Lima).

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