Menotti: el gran César

por Manuel Erausquin
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Cuando bajó del auto para dejarse fotografiar, quedó mucho más clara la estampa que había visto de él en las fotografías de revistas, periódicos y en las imágenes de la televisión: César Luis Menotti era la expresión de una elegancia que portaba autoridad. Permitió ser retratado con absoluta naturalidad y no importó el caos de un Centro de Lima castigado por innumerables micros y el agresivo humo que expulsaban. Posó para la cámara su delgada figura de más de un metro noventa, su cabellera plateada al viento y su infaltable cigarrillo en la mano, una imagen más cercana a un filósofo existencialista que a un técnico de fútbol. Pero Menotti no era un técnico cualquiera, era alguien que se había educado en un hogar donde tuvo una biblioteca y un piano. Libros y música para forjar el espíritu de un campeón del mundo.

Entrevistarlo fue un desafío, llegó a Lima en agosto de 1996 para dictar un curso de entrenadores. Los organizadores del evento se negaron a colaborar con el contacto de Menotti y poder conversar con él. Se tuvo que apelar a la persistencia y al ingenio. El técnico campeón del mundo de Argentina 78 arribó a nuestra capital a la medianoche de un día de la semana que no recuerdo. Miércoles o jueves, quien escribe se hizo presente en el hotel Sheraton a las siete de la mañana en punto para llamarlo desde la recepción y tentar a la suerte.

César Luis Menotti en pleno Cercado de Lima acompañado de Manuel Eráusquin, autor de la crónica en 1996. (Foto: FRANCISCO RODRÍGUEZ)

La idea era muy clara al trasponer la puerta principal del hotel: era ir con determinación a la recepción y solicitar sin vacilaciones el número de habitación del técnico argentino. Luego, al llamarlo, transmitir aplomo para invitarlo a una entrevista. Disculparse por la hora tan temprana también estuvo en el libreto. Menotti contestó con voz pesada, como saliendo de un sueño profundo: “Hola, sí, acabo de llegar a las dos de la mañana. Almorcemos y conversamos”. Parecía misión cumplida, pero siempre hay sorpresas.

Cuando culminó su charla de la mañana en Miraflores, regresó raudo al Sheraton: el chofer no lo dejó en la puerta principal del hotel para poder abordarlo e ir almorzar. Eligió ingresar por el estacionamiento para que Menotti utilizara el ascensor desde allí y vaya directo a su habitación. Era evidente que me había eludido.

En ese trance, llegó al hotel Francisco Rodríguez, notable fotógrafo que en aquella época trabajaba en la revista Caretas. Me encontró desalentado: Menotti me había dejado fuera de juego, en offside y la promesa de la entrevista se evaporaba. Aunque, en el transcurso de una catarsis obligada por la frustración, vimos al chofer asignado al famoso entrenador sentado en el lobby.  Le explicamos que era una nota para Caretas y comprendió la necesidad periodística. Allí, en ese momento, supe que la suerte también jugaba. Y, ese día, jugó con brillo mundialista.

El chofer, un sujeto de rostro adusto, pero de modales amables, le dijo a Francisco Rodríguez que lo acompañara a la habitación del técnico cuando fuera la hora de partir otra vez a Miraflores para que culmine su participación en el evento de entrenadores.

―Tú sube conmigo a la habitación. Yo le voy a tocar la puerta y él va a salir. Allí aprovechas y le tomas algunas fotos.

 ―Perfecto, vamos que yo le hago las fotos.

La coordinación estaba lista entre el chofer y el fotógrafo, solo quedaba invocar a la buena suerte.

 Pancho, no vayas a fallar, tómale fotos y coordina con él para entrevistarlo más tarde.

―Tranquilo, lo vamos a tener a Menotti. No se nos escapa. La marcación la hacemos nosotros.

La respuesta serena de Francisco Rodríguez reestableció cierta calma en uno, confianza en un reportero gráfico con varias horas de vuelo. Pero el otro aspecto que ofreció una señal sólida para llegar al famoso entrenador de fútbol fueron las dos promesas del chofer. Eso fue lo realmente clave.

―Miren, igual después párense cerca del estacionamiento del hotel. De pronto, a la salida del cuarto, no hay mucha oportunidad de hablar y fotografiarlo bien.

― ¿Qué piensas hacer? ―pregunté intrigado.

―Voy a sobreparar el carro para que puedan hablar con él.

Buena idea, nosotros esperamos a la salida del estacionamiento ―dije convencido del plan.

Y fue la mejor opción: Menotti salió apurado de su habitación sin darle tregua al fotógrafo para realizarle un buen retrato en el pasillo. Hablar ni se pudo. Por eso mismo, el reportero gráfico salió corriendo rumbo a la salida del estacionamiento donde me encontraba apostado.

―Lo tenemos que agarrar acá. No hay otra ―me dijo Pancho Rodríguez decidido a todo.  

Pero faltaba un detalle, otra promesa que era determinante: dejar a Menotti al regreso del cierre de su evento en la puerta del lobby y asegurar la entrevista.

 ―Al ‘flaco’ lo dejo al regreso en la puerta del lobby. Ya queda en el área de ustedes.

Allí estaban las dos promesas de oro de este hombre que nos ayudó desinteresadamente. Mejor imposible, nos daba el pase perfecto: la pelota en el área. Se tenía que definir y se definió.

Al salir de la boca del túnel del estacionamiento se cumplió la primera promesa del chofer: sobreparar el Volvo negro donde iba el entrenador, quien estaba en el asiento del copiloto. En esos instantes, el fotógrafo Francisco Rodríguez se acercó al auto y Menotti bajó la ventanilla, en esos segundos el reportero gráfico apeló a su instinto y agarró la manija del automóvil y abrió la puerta. Así, de esta forma, propició que el técnico campeón del mundo de Argentina 78 bajara y se le retratara: blazer azul marino, camisa celeste, jeans y la bocanada de un John Player Special. El ‘flaco’ Menotti con todo el magnetismo de su personalidad. A su espalda: la primera cuadra de Paseo de la República y el esplendor de su infernal caos de micros viejos y feos. Mentir no se puede. También pasaron combis ‘asesinas’.   

Cuando César Luis Menotti regresó al Sheraton pasadas las cinco de la tarde, hizo su ingreso por la puerta principal del hotel y lo intercepté

―Me van a botar si no lo entrevisto ―le dije entre desesperado e histriónico.

―Vamos a tomar un café ―dijo sonriendo como un padre con su hijo.

El tema era que no solo era yo: estaba con tres amigas que formaban parte de un proyecto de investigación periodística sobre fútbol en aquella época en la Facultad de Ciencias de la Comunicación de USMP: lo dirigía el periodista y escritor Jorge Salazar. La presencia de Menotti se tenía que aprovechar.

A Salazar se le llamó por teléfono. El recado fue puntual: “Vuela, Menotti ya está con nosotros”. El escritor llegó pasada media hora de entrevista. Suficiente para que dos maestros se conocieran.

Nos sentamos todos en una mesa de la cafetería del Sheraton con César Luis Menotti, quien pidió: “Por favor, café para los amigos; no para los enemigos”.

A pesar de haber pasado muchas cosas ¿Usted cree en la gente?  

Menotti prendió un cigarrillo y respondió con su estilo, inconfundible estilo.

―Fíjese, yo creo en la gente hasta que dejo de creer. Pero al principio me doy la oportunidad.  

La voz de Chabuca Granda cautivó a Menotti: admiración y respeto por la intérprete criolla.

Alguna gente que acudió a la cafetería miraba de reojo a ese personaje imponente y bien hablado. Pero nadie se atrevió a acercarse, solo el mozo principal. Hombre a quien Menotti ya lo conocía de otras visitas a Lima. En ese transcurso habló de Chabuca Granda, nuestra gran cantante criolla. Uno de sus grandes amores artísticos: “Amo a Chabuca, en mi casa tengo una foto enorme de ella. Una mujer notable. Chabuca era el Perú”.

Dicen que usted es un romántico, ¿es cierto?

―Yo soy un jugador en la vida, en el juego y en el amor.

El ‘flaco’ Menotti hizo un silencio, quiso ahondar en la respuesta. Volvió a encender otro cigarrillo y cuando se disponía a decir algo profundo sobre el arte de jugar en la vida y en el amor; el inicio de esa prometedora y elocuente respuesta se corta por la intervención de un personaje que le grita:

 ―!Flaco¡

El flaco respondió

―!Papá¡

Menotti se levantó de la mesa y se fundió en un abrazo fraterno con sujeto que no distinguí-o no quise distinguir-en el momento. Sin embargo, con el transcurrir de los segundos, lo pude ver bien: Fito Páez. El autor de la canción El amor después del amor estuvo en Lima en aquellos días de agosto de 1996 para presentarse en la desaparecida Feria del Hogar en San Miguel.

El entrenador tuvo la caballerosidad de presentarnos a Fito Páez, a quien le estiré la mano de forma fría, indiferente y protocolar. Él, lo percibió. Tal vez, se dio cuenta de su interrupción. Y, claro, había cortado a Menotti en plena reflexión filosófica. Una insolencia. Porque Fito no era más que el César.

No existían los smartphones: no hubo selfie, pero recuerdo que Páez tenía en las manos la novela de Manuel Puig: Boquitas Pintadas. Confirmé que el cantante era un buen lector. Siempre se dijo eso de él. De pronto, por eso lo perdoné.

Después de breves minutos de diálogo: ambos, rosarinos, se despidieron hasta una nueva oportunidad.  

¿Cómo se tiene que jugar al fútbol?

―Al fútbol se juega como se vive. Y el fútbol les pertenece a los pobres. Eso es lo lindo: con una sola pelota pueden jugar cincuenta, cien, los que vengan.

El ex técnico del Barcelona se refirió también a Carlos Salvador Bilardo, entrenador campeón del mundo con Argentina, pero en México 86. Su némesis en el estilo futbolístico. De él dijo: “Él representa todo lo que yo detesto de la sociedad. No me tomaría un café con él, porque defiendo mi felicidad. Tomo café con la gente que quiero y puedo llegar a querer”. Pero hace algunos años, cuando Bilardo enfermó: Menotti se conmovió mucho y se mantuvo al tanto de la salud de Bilardo. Esa polémica del fútbol espectáculo vs el fútbol resultadista de los años ochenta había terminado.

―La sociedad, el fútbol ¿Cómo los percibe?

―Mirá, Atahualpa Yupanqui decía que para que los chicos crezcan no hace falta matar a los abuelos y en esta sociedad utilitaria se está matando a los abuelos y eso es malo, muy malo.

Al terminar la entrevista, sobrevino la despedida: César Luis Menotti tenía que ir a preparar sus maletas que no estaban listas: esa misma noche retornaba a Buenos Aires. En esos minutos, Jorge ‘Coco’ Salazar, le dijo en tono premonitorio: “A usted nunca le va a ir mal, aunque quiera”. Menotti lo miró entre asombrado y escéptico, pero agradeció el comentario. Entendió que era un halago.

Décadas más tarde, en el año 2019, con ochenta años, César Luis Menotti fue nombrado Director General de las Selecciones Nacionales de Argentina. Se convirtió en uno de los artífices para consolidar y validar el cuerpo técnico de Lionel Scaloni, entrenador que consiguió en el mundial de Qatar 2022 el tercer título de su país. El ‘flaco’ Menotti volvió a ser protagonista: otro mundial para Argentina donde él había contribuido. Y, exactamente, no le fue mal. Nada mal.

Ahora descansa en paz. Un caballero, un señor del fútbol y la vida. Un maestro. Al César, lo que es del César.

*Periodista y Profesor a Tiempo Completo de la Carrera de Comunicación y Periodismo en UPC

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