Escribe: Carlos Paredes
Keiko Fujimori hizo una pésima campaña de segunda vuelta. A diferencia de Sánchez, que disputó voto a voto su pase al balotaje con Rafael López Aliaga, ella desde el 12 de abril sabía que pasaba a la final. Tuvo cinco semanas más para hacer una campaña en búsqueda del voto renuente. Ese voto del grueso de peruanos que, en primera vuelta, no decidió ni por el fujimorismo ni por el castillismo. Ese mayoritario 70 %, al que no le entusiasmaba ninguna de las dos opciones, era clave para que su cuarto intento no sea fallido como los tres anteriores. Pero parece que Keiko no quiere ser presidenta. Le perdonó la vida a Sánchez en el debate presidencial. Se supone que es la candidata más experimentada en debates de segunda vuelta, pero se le notó nerviosa, sin salirse del libreto que leía con poco disimulo. Sin capacidad de reacción ante los ataques certeros de su oponente. Tampoco tomó la iniciativa para desnudar a su rival.
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