Rebeca Escribens llega a la locación con la calma y la presencia que solo dan los años bien vividos. Sonrisa pícara, ceño apenas fruncido: ya desde el primer segundo está midiendo el terreno atenta a lo que le van a preguntar. A sus casi 50 años —edad que ella misma reivindica sin el menor reparo— es la misma conductora que cada mañana le pide a Dios prudencia antes de entrar al set y que al salir se arrepiente de algo que dijo. La más frontal de la televisión peruana no tiene miedo de incomodar. Pero tampoco de que la incomoden.
Suscríbase al contenido
Esto es material premium. Suscríbete para leer el artículo completo.