HAY decisiones que, con el paso del tiempo, cambian de significado. En su momento, parecen un trámite institucional más; luego, a la luz de nuevos hechos, se convierten en piezas clave para entender una crisis. La ratificación de Piero Corvetto como jefe de la ONPE en julio de 2024 es una de ellas. Entonces, su forzada reelección fue leída como el triunfo del sector político antagónico al fujimorismo, impulsada por los actores que salieron en su rescate tras haber sido baloteado en un primer intento en la Junta Nacional de Justicia (JNJ). A la luz del desmadre electoral del 12 de abril, podemos concluir que lo ocurrido hace dos años fue la imposición de un funcionario que nunca estuvo preparado para organizar una elección nacional. El problema más grave es que su pésima gestión ha manchado una elección clave, con serias consecuencias para nuestra debilitada democracia.
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