La cobertura televisiva de las elecciones ha alcanzado niveles de intensidad pocas veces vistos en procesos anteriores. En un escenario marcado por la confusión, la sobrecarga de información y la incertidumbre política, los canales han optado por una estrategia casi ininterrumpida: han trabajado 24/7 buscando no solo informar, sino también encontrar respuestas claras en medio de todo el caos que existe.
A pesar de que se suele demonizan a la prensa y acusarla siempre de ser cómplice de todo lo malo que pasa en el país, lo cierto es que, si no fuera por la constancia de los reporteros y periodistas de investigación, muchas cosas terribles, quedarían ocultas para siempre. Sí, claro, hay canales que tienen una posición y otros que tienen otra, y es normal, pero nadie puede decir que esta vez no se han fajado (todos) por tratar de desenmarañar todo el enredo provocado por las increíbles faltas y/o errores, por decirlo de una manera suave, de la ONPE.
Este despliegue permanente responde a una realidad evidente: este proceso electoral es el más complejo que hemos tenido. Antes, la cobertura se limitaba al día de la votación: recorrer los locales donde la gente acudía a emitir su voto, seguir a los candidatos desde su desayuno, el momento en el que votaban y el lugar donde esperaban los resultados y conversar con analistas hasta la hora del flash electoral, que era a las 4 de la tarde, ¡listo! Después, todo volvía a la normalidad y solo era cosa de esperar el conteo oficial en los días siguientes.
Pero esta vez no hay nada claro, hasta ahora, al punto de que muchos piden que estas elecciones sean anuladas (cosa que no se hará por flojera y porque costaría mucho dinero), y es que los resultados tan ajustados, los cuestionamientos por las irregularidades en el proceso, versiones cruzadas, cédulas perdidas, actas extraviadas y el flujo constante de datos han convertido cada actualización en un reality.
Sin embargo, esta cobertura intensiva también plantea desafíos. La necesidad de llenar horas de transmisión obliga a los medios a especular, interpretar en tiempo real y, en ocasiones, amplificar información aún no confirmada. La línea entre informar y generar ansiedad colectiva se vuelve delgada. El espectador, por su parte, queda expuesto a una narrativa en permanente construcción, donde cada giro puede cambiar la lectura de los hechos.
Es en este punto donde cobran especial relevancia las llamadas “pepas”: datos puntuales, hallazgos o revelaciones que logran romper el ruido informativo. Un ejemplo claro ha sido la denuncia difundida por Beto Ortiz en su programa de Willax sobre los votos encontrados en la basura, un elemento que removió todo el panorama y por el que hubo intervención “en vivo y en directo” de la Policía, la Fiscalía y hasta una funcionaria de la ONPE dando una excusa absurda que luego fue desmentida por la propia institución.
Una cosa así introduce una imagen poderosa y difícil de ignorar. Este tipo de contenido tiene la capacidad de reconfigurar la conversación pública en segundos, instalando dudas o reforzando sospechas en una audiencia ya sensibilizada.
La cobertura que se ha hecho este año y que sigue hasta ahora cumple así una doble función. Por un lado, ofrece momentos de alto impacto informativo y, por otro, evidencia la fragilidad del ecosistema mediático en contextos de alta tensión política, en los que cada dato puede ser interpretado como prueba, indicio o incluso como arma narrativa.
En definitiva, la televisión enfrenta un equilibrio complejo: sostener una cobertura continua sin sacrificar el rigor. En tiempos en los que todo parece urgente y decisivo, la responsabilidad informativa se vuelve aún más crítica. Porque, si bien la inmediatez de la internet y las “noticias” de TikTok son el sello de esta era, la credibilidad sigue siendo el activo más valioso del periodismo de verdad.