El último adiós a Manolo Rojas tuvo el tono de una despedida popular. La noche del sábado, sus restos partieron desde el Gran Teatro Nacional rumbo a Huaral, la ciudad que lo vio nacer y a la que, según su familia, debía regresar para cerrar su historia.
La carroza fúnebre salió pasadas las 11:00 p. m. y llegó de madrugada al norte chico. Cientos de vecinos, seguidores y autoridades locales aguardaban su llegada. El féretro fue trasladado al Club Social La Huaquilla, donde se realizó el velatorio en medio de muestras de afecto y reconocimiento.
Desde tempranas horas del domingo, el homenaje continuó con un recorrido por las principales calles de la ciudad, en un gesto que respondió tanto a la voluntad del artista como al arraigo que mantuvo con su tierra natal. La Municipalidad Provincial de Huaral organizó una ceremonia oficial que incluyó el izamiento de la bandera y actos conmemorativos en honor a su trayectoria.
La despedida tuvo un carácter multitudinario. Globos blancos, arreglos florales y aplausos acompañaron el cortejo, reflejo del vínculo que el comediante construyó más allá de los escenarios.
Tras las actividades en Huaral, la familia confirmó que los restos no regresarían a Lima para un nuevo velatorio. El cortejo partió directamente hacia el Cementerio Campo Fe de Huachipa, donde será enterrado la tarde de este domingo.
La muerte de Rojas, a los 63 años, deja un vacío en el humor peruano. Su despedida, entre Lima y Huaral, resume también su trayectoria: la de un artista popular que llevó su oficio de la calle a la televisión y que encontró en su lugar de origen el cierre simbólico de su historia.