Tres años después de Poemia, Diego Chávez regresa con un álbum conceptual que ordena el romance como un ciclo inevitable. Ilusión, confusión, ruptura y reinicio. Inspirado por Horacio Quiroga y acompañado por el productor Omar Suárez, arma un universo donde la música juega con varias emociones. Letras en mano, escucha compartida y una apuesta frontal contra el consumo distraído de la música en streaming, tan común hoy en día.
¿En qué momento nace el concepto de “A.L.M.A” y cómo pasas de un acróstico a un concepto de álbum? ¿Qué estaba pasando por tu vida y tu mente?
El disco se viene trabajando desde hace bastante tiempo. Incluso cuando saqué mi primer disco, ya estaba componiendo canciones del siguiente. Cuando vi el cúmulo de canciones y traté de encontrar un hilo conductor, me di cuenta de que, a diferencia de mi primer disco —más introspectivo, más filosófico—, este tenía mucho que ver con historias de amor. Noté que había canciones para cada fase: cuando conoces a alguien y te ilusionas, cuando estás confundido, cuando todo se concreta y es hermoso, cuando conoces los defectos y amas incluso en la enfermedad… y luego la confusión, cuando ya no te encuentras en esa relación, y la etapa de dejar ir a alguien que amas aunque no quieras.
Yo buscaba un título que represente ese ciclo del amor: empezar, terminar, pero volver a empezar. Y como me gusta leer ficción, me topé con un libro de Horacio Quiroga, un autor argentino, que se llama Cuentos de Amor, de Locura y de Muerte. Ya lo había leído, lo tenía aquí, pero cuando lo vi de nuevo tuve una pequeña visión: las iniciales eran casi “alma”, solo faltaba una A. Ahí pensé: “es el amor otra vez”. Amor como ilusión, locura como confusión, muerte cuando algo acaba, y amor otra vez porque siempre vuelve a empezar.
Empecé a reflexionar en que el amor, el crecimiento espiritual y la sanidad son circulares, no lineales. Muchas veces vuelves a repetir pruebas o situaciones, pero desde un lugar más elevado. De ahí nació la idea de la espiral: una espiral que te va elevando hasta el infinito. Me pareció un concepto paja porque “amor, locura, muerte y amor” compone “alma”. Es como decir que el alma está hecha de todas esas fases: no solo las bonitas, también las dolorosas. De todo eso está hecha la experiencia de la vida.
¿Hubo una historia real detrás de ese concepto o fue más bien la revelación del libro?
Yo creo que sí hubo vivencias. Cuando lancé mi primer disco Poemia en 2022, tenía pocos meses de haber salido de una relación muy larga. Ese disco lo compuse estando en una relación estable por mucho tiempo. En cambio, las canciones de A.L.M.A otra vez las compuse en un lapso de algunos años donde salí de esa relación, sufrí la ruptura, volví a conocer a alguien, volví a enamorarme. Esas experiencias de los últimos cuatro años han hecho que, inconscientemente, mi temática y mi narrativa vayan hacia ese lado. No ha sido planificado, pero cuando eres cantautor —y en mi caso también escritor— lo que estás viviendo inevitablemente se refleja en tu obra.
Tu faceta como escritor se nota en los títulos. ¿La literatura influyó directamente en cómo nombras y construyes estas canciones? ¿Hay otros libros que hayan marcado este disco?
De hecho que sí. Primero, “Buenos Pensamientos”, que es el single del disco, menciona muchos autores: Tolstoy, Albert Camus, y varias ficciones y libros que uno lee. Pero después, cuando te mandan ese mensajito a las 2 de la mañana, se te olvida toda la filosofía y la lectura y vuelves a caer: ahí hay una influencia clara de referencias literarias.
La segunda canción del disco, la que voy a empezar a promocionar ahorita, “Se lee poesía todos los viernes a las 2 am”, cuenta la historia de un poeta que todas las madrugadas de los viernes leía en un bar. Una noche se encuentra con una chica, salen a caminar y demás. Mis títulos respiran de eso. “Confesiones de un vampiro enamorado” habla de cómo en la vida real no podemos explorar todos nuestros demonios porque terminaríamos heridos o haciendo daño, pero la ficción sí te permite explorar esos lados más oscuros.
Y el disco, en general, está nutrido de la literatura y la ficción que me gusta. Por ejemplo, “Siempre las horas” está inspirada en una película que se llama Las horas. Esa película está inspirada en una novela que también se llama Las horas, y esa novela está inspirada en una obra de Virginia Woolf. Entonces mis dos universos —literario y musical— se nutren mutuamente.
En lo musical, se siente una exploración más amplia. Este álbum lo trabajaste de lleno con Omar Suárez. ¿Cómo ha sido esa colaboración y qué te aportó?
Omar Suárez es mi productor. En el disco anterior me produjo algunas canciones, pero este disco literalmente lo trabajamos juntos. La gran ventaja es que es un amigo de más de 15 años. Conoce toda mi vida prácticamente y entiende lo que hay detrás de mi proyecto musical. No es solo un productor musical porque entiende mi narrativa, mi concepto, mis intenciones.
Cada vez que afrontamos una canción no es simplemente “qué chévere la maqueta, vamos a producir”, sino “¿qué pasó para que escribas esta canción?”. Leemos la letra juntos, me pregunta cosas, trata de entender de dónde vino cada canción. Y desde ahí tomamos decisiones: qué sonoridad darle a la guitarra, si usar nylon o eléctrica. En “Amar a un girasol” metimos un contrabajo. Son decisiones que pueden sonar abstractas, pero ayudan a que las canciones tengan intención. Omar es capísimo musicalmente y entiende lo que hay detrás de mis canciones, y eso ha hecho que trabajemos muy bien juntos.
¿Cómo ves el futuro de los formatos físicos y por qué te interesaba recuperar ese vínculo?
Yo creo que están volviendo con fuerza. Si bien algunos formatos como el vinilo son menos accesibles y son más de colección, hay una gran necesidad del público de volver a conectar físicamente con la música para que la música vuelva a tener el lugar que tenía antes en nuestras vidas.
Hoy pareciera que la música es solo un sonido de fondo. Incluso con el disco más popular —no sé, Bad Bunny o Taylor Swift—, muy pocas personas se sientan a escuchar todo el disco de corrido y leer todas las letras. Eso casi ya no existe. En este disco estoy tratando de traer eso. El próximo mes va a salir un formato físico que realmente no tiene un disco, pero sí tiene el librito y las letras. Para que si quieres escuchar en Spotify, YouTube o donde sea, tengas algo que agarrar con las manos y donde posar la vista para conectar con las canciones.
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Además, estamos tan acostumbrados a tener algo en la mano y distraer la vista que, si no tenemos nada, lo más probable es que empieces a escuchar y agarres el celular, o prendas la tele y la pongas en mute. Ese sobreestímulo no nos permite estar quietos. Creo que los formatos físicos ayudan a entregarle a la música todos nuestros sentidos: tocar, mirar, oler incluso, ver las fotos y leer las letras mientras escuchas. Esa conexión de quienes crecimos en los noventas sería muy chévere de recuperar, y creo que mucha gente la está buscando.
¿Cómo hacerle frente a una actualidad dominada por algoritmos, redes y doomscrolling? ¿Qué puede hacer un artista para devolverle experiencia a la escucha?
Ahí juegan un rol importante los shows en vivo, porque te permiten conectar con el artista. Y también importa cómo el artista invita a la gente a experiencias distintas. Por ejemplo, con el formato físico voy a organizar una sesión de escucha con público para reunirnos, escuchar juntos el disco, leer juntos las letras.
De hecho, yo hago un formato de show privado que se llama Círculo: antes era Círculo Poemia, ahora es Círculo Alma. Nos juntamos en un show privado de solo 12 personas. Canto mis canciones en acústico, pero también leo textos míos e invito a la gente a conectar con las historias detrás de las canciones. El artista tiene trabajo ahí: invitar al público a explorar letras y conocer historias. Y también hay una responsabilidad previa: hacer música con cierto contenido para que haya algo que explorar, porque si no, tampoco hay mucho que explorar.
Volviendo a lo sensorial: cuando alguien termine de escuchar el álbum y tenga el libro en la mano, ¿qué te gustaría que se lleve?
Me gustaría que mi música genere en otras personas lo que mis artistas favoritos han generado en mí: una conexión con sentimientos o partes de uno que a veces es difícil poner en palabras o explorar solo. El trabajo del artista es llevarte de la mano y sumergirte en un océano de imágenes y sensaciones que uno, por sí mismo, no siempre sabe cómo explorar.
La música y la literatura que me gustan me sumergen en lugares donde yo había desconectado de mis emociones, de mis miedos, fantasmas e ilusiones; y no solo me llevan ahí, también me permiten salir a flote de nuevo. Creo que el buen arte hace eso: te permite sumergirte como si fueras acompañado de un buzo experto que te lleva a las profundidades, te muestra las criaturas mágicas del fondo del mar y te saca de vuelta a la superficie. Si no eres un nadador experto, no puedes hacerlo solo; necesitas ayuda. Esa es la función del arte: llevarte a las profundidades de la emoción, del alma, y luego sacarte a flote después de haber vivido esas experiencias. Eso es lo que quisiera que mi música genere: conectar con la gente más allá del ratito en que se te pega una melodía. Es lo que más me gusta hacer.