CRÓNICA | My Chemical Romance: la resurrección emo en Lima

Por Marce Rosales | En un Estadio Nacional lleno, la gira The Black Parade 2026 confirmó que My Chemical Romance no vive únicamente de nostalgia. Más bien, la administra con una puesta en escena de primera y una entrega física que azotó enérgicamente el Estadio Nacional.

por marcerosalescordova@gmail.com
My Chemical Romance en Lima

El Estadio Nacional no se vistió de gala, se oscureció. Negro dominante, rojo en detalles, corbatas colgadas como homenaje a una de las facetas del vocalista Gerard Way, caras blancas y ojos con sombras. Era Lima, pero para muchos también era 2006, 2007, 2008. Una ciudad entera dispuesta a volver a gritar con todas sus energías por canciones que nunca terminaron de cerrarse. Como dicen algunos, nunca fue una época.

Antes, The Hives hizo lo suyo con su característico show potente. Globos inflables deletreando su nombre, uniformes iluminados y un Pelle Almqvist que entendió rápido el código para hacer saltar a Lima, aunque la mayoría no fue a verlos a ellos. Su carisma y dotes de showman no tardaron en conquistar al público “Buenas noches, mis amigos peruanos”, dijo, pidiendo palmas al ritmo, preguntando si era la primera vez —ojalá no la última—, tomando una lata helada de cerveza y hablando un español entrañablemente torcido y cerrando con el torso abierto y un corazón dibujado con las manos. Un calentamiento a la altura.

Cuando The Hives se fue, el público no se dispersó. Se organizó. Olas recorrieron las tribunas mientras el campo —lleno— empezaba a comprimirse. El aire era espeso, cargado de expectativa y sudor anticipado. Se veían emos treintones con entradas marcadas, algunos canosos, otros con hijos sobre los hombros. Maquillajes dosmileros resistiendo como podían. Cabellos teñidos. Sombras corridas. Alguna Morticia sexy perdida entre polos negros del álbum Three Cheers for Sweet Revenge (el de la pareja abrazada), convertido ya en símbolo generacional.

Las luces se apagaron y apareció el ojo robótico: distópico, vigilante, parte de una estética con propósito de causar tensión y hacer un show inolvidable. The End abrió la noche a todo dar. Luego Dead! y la maquinaria ya estaba en marcha. My Chemical Romance solo vino a ejecutar lo que sus más grandes fans venían esperando desde hace muchos años.

Welcome to the Black Parade convirtió el campo en un cuerpo único. Un láser verde apuntó hacia la bandera peruana que flamea en la tribuna norte, desviando la mirada justo cuando la luna —media luna perfecta— flotaba sobre el estadio. Fue uno de esos instantes imposibles de planear, donde el espectáculo se cruza con el azar y gana densidad simbólica.

Hubo fuego, explosiones que retumbaron en el pecho y en los interiores, pirotecnia usada con inteligencia. Y hubo Gerard Way. No el joven espectral de los videoclips, sino una figura más huesuda, más cercana a los cincuenta, con una teatralidad afinada por los años. Las luces le esculpían el rostro hasta volverlo casi gótico, consciente de su edad y de su peso simbólico. La voz, ligeramente más gastada, algunas canciones medio tono abajo, pero siempre firme, siempre presente. Way habló poco. Dijo que le gustaba estar en Lima. Agradeció. Nada más. No hacía falta.

El pogo fue emo y salvaje. I’m Not Okay desató lágrimas de dolor. Na Na Na, Famous Last Words y Teenagers empujaron cuerpos y memorias por igual. Muchos recordaron sus años de adolescencia incomprendida. Helena fue otra cosa: se vivió al mil por ciento. Un tipo sin polo, probablemente mareado, bailó la coreografía femenina del videoclip entre empujones. Los maquillados salieron con el rostro derretido por el calor y la intensidad. Nadie se cuidó demasiado.

El espectáculo fue cinematográfico. Una escena destacó por su violencia simbólica: Gerard apuñalando a uno de los personajes, recordando que The Black Parade nunca fue solo un disco, sino una puesta en escena sobre la muerte, la culpa y la redención, sin banalizar estos conceptos. Ray Toro apareció tras el encore con la camiseta de Perú, gesto sobrio pero aplaudido por la gente.

El setlist fue generoso, casi excesivo, pero necesario. Un repaso completo que no evitó rincones incómodos ni canciones menos coreables. Cancer y Sleep fueron escuchadas con respeto. Blood cerró el primer bloque como una broma oscura antes del regreso final.

Cuando todo terminó, lo que quedó no fue euforia pura, sino plenitud atravesada por nostalgia. Una sensación de resurrección más que de despedida. My Chemical Romance sigue teniendo algo que decir, aunque el futuro —nuevo material o no— aún sea una incógnita. No se puede vivir siempre del pasado, pero hay noches que exigen volver a él para entender quiénes fuimos.

La última imagen es clara: la cara huesuda de Gerard Way, iluminada desde abajo, mirando al estadio lleno. No como un ídolo juvenil, sino como el sobreviviente de una era que se niega a desaparecer del todo y un público que por poco más de dos horas recordó sus años de incomprendidos entre MySpace y foros de internet, mientras empezaron a formar su identidad y personalidad. Una época que marcó a varios y que salió a flote con el maestro de ceremonias adecuado.

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