“Nada hay que defender. No hay nadie por quién luchar. La escala de valores es cada día distinta y siempre contraria a la de ayer. La rectitud y la inteligencia valen menos –mucho menos– que la picardía y el latrocinio. Se ha llegado a tal punto de degeneración y de trastrueque de valores, que la confusión reina como dueña absoluta del país”.
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