Cuando Juan Pablo II llegó al Perú en 1985, un joven alférez de la entonces Policía de Investigaciones del Perú (PIP) recibió una misión que podía resumirse en pocas palabras, pero que exigía estar dispuesto a todo: si alguien atentaba contra el Papa, debía derribarlo y cubrirlo con su propio cuerpo.
Ese joven era Luis Saldaña, un oficial nacido en Pucallpa que, cuatro décadas después, recuerda aquella experiencia mientras la Amazonía peruana se prepara para recibir nuevamente a un pontífice: León XIV.
Saldaña fue seleccionado entre unos 250 oficiales que participaron en una convocatoria especial para integrar el dispositivo de seguridad de Juan Pablo II. Durante dos meses, los agentes recibieron entrenamiento físico, manejo de armas y explosivos, además de estudiar el perfil del pontífice y participar en simulaciones destinadas a evaluar su reacción ante posibles situaciones de emergencia.
Finalmente, Saldaña quedó entre los integrantes del primer anillo de seguridad inmediata del Papa. La prensa de la época los bautizó como “los ángeles del Papa”.
Su posición era conocida en la seguridad de dignatarios como “la sombra”. Permanecía aproximadamente a un metro de distancia, detrás y a la derecha de Juan Pablo II, protegiendo su espalda y uno de sus flancos. Durante los desplazamientos en el papamóvil se ubicaba en la escalinata y, apenas el pontífice descendía, recuperaba su posición.
“Mi función era básicamente proteger su espalda. Ante una eventualidad, echarlo y con mi cuerpo protegerlo”, recordó Saldaña años después.

Un Papa que rompía el protocolo
La misión, sin embargo, tenía una dificultad adicional. Juan Pablo II no siempre se comportaba como un dignatario que quisiera mantenerse distante de la multitud.
Durante los cinco días de su visita, el Papa buscó acercarse a la gente, saludar a los niños, bendecir a los adultos mayores y romper, cuando podía, las distancias establecidas por el protocolo. Para sus escoltas, cada uno de esos gestos significaba reaccionar en cuestión de segundos.
Saldaña todavía recuerda el momento en que vio descender al pontífice del avión. La emoción fue tal que, según cuenta, sus piernas comenzaron a temblar y quedó durante unos segundos “petrificado”. Luego recuperó la concentración y ocupó su puesto.
En Arequipa, en medio de una multitud, ocurrió otro episodio que pudo haber terminado de manera distinta. Alguien intentó sustraerle la billetera y llegó a cortar con una hoja su pantalón y parte de la piel. El incidente pasó inadvertido para el propio Juan Pablo II.
En Ayacucho, Saldaña vivió uno de los momentos más reservados de la gira, cuando permaneció durante algunos minutos cerca del pontífice, junto al coronel responsable de la escolta y el encargado de la seguridad vaticana.
Pero fue en Iquitos, el 5 de febrero de 1985, donde aquella misión adquirió un significado especial para el joven policía. Juan Pablo II llegó a la Amazonía, se reunió con representantes de los pueblos indígenas y pronunció una frase que quedó grabada en la memoria de aquella visita: “Quiero deciros también que el Papa se siente charapa”.

La bendición del Papa
Antes de abandonar el Perú, Juan Pablo II pidió reunirse con los integrantes de su seguridad inmediata. Quería agradecerles personalmente el trabajo realizado durante la visita.
Un fotógrafo del Vaticano registró aquel encuentro. El pontífice saludó uno por uno a los integrantes del equipo y les entregó una medalla.
Saldaña pudo estrechar su mano y recibir su bendición. Para él, aquel momento terminó convirtiéndose en uno de los recuerdos más importantes de su carrera.
Después vendrían muchos otros capítulos profesionales. Trabajó en Seguridad del Estado y en protección de altas autoridades. Fue jefe de seguridad del embajador de Japón, Takashi Kiya; retornó a Pucallpa durante los años de lucha contra el terrorismo; integró posteriormente unidades de la Dircote y se especializó en investigaciones financieras y lavado de activos.
En 2015, según su propio relato, se convirtió en el primer general en reunir bajo una misma dirección las divisiones dedicadas a esas investigaciones.
Pero ninguna de esas responsabilidades borró aquella primera gran misión.


Cuarenta y un años después
Hoy, desde Lima, Saldaña observa cómo su tierra natal vuelve a prepararse para recibir a un Papa.
La llegada de León XIV a la Amazonía peruana devuelve a la memoria aquella experiencia de 1985. Han pasado más de cuatro décadas, la tecnología de seguridad ha cambiado y las estructuras policiales son distintas. Sin embargo, para Saldaña existe algo que debe permanecer: la doctrina, la experiencia transmitida entre generaciones y, sobre todo, la vocación de servicio.
La comparación entre ambas visitas no está en los dispositivos ni en los protocolos. Está en el significado de volver a llevar a un pontífice a una región que en 1985 recibió a Juan Pablo II con una mezcla de expectativa, emoción y fervor.
Aquel joven alférez pucallpino que caminó detrás del Papa, dispuesto a convertirse en su escudo humano, es hoy un general en retiro. Su historia, sin embargo, vuelve a cobrar vigencia.
Porque mientras la Amazonía peruana se prepara para recibir nuevamente a un Papa, uno de los hombres que alguna vez tuvo la responsabilidad de proteger a Juan Pablo II recuerda que, detrás de cada gran visita, también existe una historia de hombres que permanecen en silencio, atentos a cada movimiento.
Fueron llamados “los ángeles del Papa”.
Y Saldaña fue uno de ellos.