La Reaparición del Bicameralismo

Escribe: Alberto Borea Odría | No se puede “referendurar” un país confundiéndolo con la democracia.
Se ha dado un primer e importante paso.

El Congreso aprobó en días pasados la restitución del bicameralismo al sistema político. Ahora creo que hay que sacar primeras conclusiones de lo que sucedió como consecuencia del desvío del Perú hacia el unicameralismo. 

Una primera es que la prisa no es nunca buena consejera y que, en materia de derecho, como lo señalara el gran Eduardo Couture en su “sétimo mandamiento”, “en el derecho las cosas se vengan de las cosas que se hacen sin su colaboración”.

Pues bien, eso es lo que pasó en 1992 cuando apurado por “darle una salida” que pareciera democrática a su golpe de Estado, Fujimori decidió impulsar una “constitución” para permitir a quienes quisieran creerle o a quienes les convenía entender, de que la vida continuaba bajo el signo del derecho.

Una de las grandes e “importantes” diferencias fue la eliminación del Senado. Se dijo que por repetitivo en lo que hacía y costoso en su funcionamiento. El resultado saltó a la vista desde el primer ensayo de ese nuevo modelo unicameral. Desde allí sólo se fue para atrás. Si las leyes pasaban más rápido no era porque se razonasen mejor, sino porque simplemente se apresuraban por las distintas directivas para satisfacer los deseos o las prisas del gobernante. Nunca eran materia de revisión porque hasta se eliminó la segunda votación que, supuestamente, motivaría la reflexión de quienes votaron la primera vez, supliendo así la consideración que en clave nacional debía darse por un Senado de mayor jerarquía política.

Pues bien, si la historia nos demostró que el “remedio fue peor que la enfermedad”, era de esperarse que en algún momento se volviese a imponer la lógica y se retornase a aquel sistema que se abandonó bajo las banderas de la demagogia.

El argumento de “lo que se ahorra” en una sola Cámara es deleznable, menos cuando se trata de una institución que puede darle estabilidad al Perú y ello le ahorrará la mar de discusiones bizantinas y de permanentes descalificaciones teñidas de envidia. Aquí cabe la frase que escuchamos del “viejo” Víctor Raúl cuando le objetaban el impulso a las grandes irrigaciones, hoy motor del boom exportador peruano: “más que preguntarse cuánto cuesta hacerlas, hay que preguntarse cuánto nos cuesta el no hacerlas”.

Con el texto del 93, sus impulsores quisieron aparecer más democráticos que la democracia que derrumbaban y pensaron que poniendo “referéndums”, consolidarían su poder. No se puede “referendurar” un país confundiéndolo con la democracia, porque como lo han señalado autores de muchas épocas, las decisiones deben de ser tomadas no por explosiones de entusiasmo o a tambor batiente de la propaganda, sino en procesos ordenados donde se da pie a la exposición de los planteamientos y la explicación de las razones, para que luego de un intercambio el ciudadano tenga mejor panorama para decidir. A eso deben de apuntar las democracias para ser maduras, aunque parezca inalcanzable.

Tampoco es cierto que lo que se decide en una de estas consultas está escrito en piedra, sobre todo cuando la pregunta ha sido hecha sobre la muy dudosa legitimidad de quien la planteó. La propia norma, con toda su imperfección no se atreve a prorrogar por más de dos años la inamovilidad de esa decisión.  

Se ha dado un primer e importante paso. Felicitaciones por el consenso alcanzado. ¿Qué pudo ser mejor? Sin duda, pero “lo perfecto es enemigo de lo bueno”. Ahora toca seguir trabajando en las instituciones para que se esfuercen en convocar a ciudadanos que destacan en sus actividades y pedirles a estos que se sumen -aunque sea sólo por un quinquenio- a la tarea de reconstruir el país en lo político y que no se frene la expectativa de desarrollo social y económico para beneficiar a todos los peruanos con salud, educación y trabajo.