Un billete de diez soles arrojado al suelo. Una cámara que no tiembla. Un anciano que, con manos gastadas y temblorosas, se inclina a recogerlo. En su situación, no hay de otra. Así empieza el experimento social de José Sebastián Cusquisiban Benítez, más conocido como Lemon Pay, quien termina actuando como un verdugo de la compasión, escondiéndose detrás de una máscara de la peste negra. Bajo el rótulo de “experimento social”, eufemismo que en redes sirve de coartada moral, el influencer lanzó dinero a ancianos necesitados y los filmó recogiendo lo que para él era contenido, y para ellos, una pequeña ayuda que les sería muy útil para su día a día.
En un video pasado utilizó una dinámica similar, pero regalando dinero para quien se atreva a arrancar una página de la Biblia.
Estos videos acumulan cientos de miles de reproducciones en las distintas plataformas. Las críticas no se hicieron esperar. Sin embargo, Lemon Pay, en lugar de disculparse, publicó en su cuenta de Instagram una frase que resumía toda su filosofía: “Qué sensible está la gente en estos días”.
El gesto no es nuevo. En los años setenta, los cineastas Luis Ospina y Carlos Mayolo acuñaron en Colombia el término pornomiseria para denunciar al cine que explotaba la pobreza como mercancía. La televisión peruana también lucró en su momento ofreciendo dinero a quienes estuvieran dispuestos a humillarse frente a la audiencia nacional por unos cuantos soles. Décadas después, el formato se adaptó al algoritmo en diferentes retos y tendencias.
“¿Por cuánto dinero aceptarías raparte la cabeza?” “¿Cuánto por revisar tu celular delante de tu novio?” “Si te doy un iPhone, ¿destruirías tu celular en este momento?”. Todas estas preguntas se hacen en videos de diferentes creadores de contenido que buscan hacerse virales con estas prácticas denigrantes.
El psiquiatra Carlos Bromley lo define con enfoque clínico: “Estas personas buscan humillar. Quien necesita sentirse por encima del otro, recurre a la humillación como una forma de violencia”. Explica que detrás de esa pulsión hay inseguridad, resentimiento y, sobre todo, un vacío emocional. “El que humilla intenta llenar su vacío a través del dolor ajeno. Es su manera de sentirse alguien”.
La reflexión duele más cuando se extiende al otro lado de la pantalla: el espectador. ¿Por qué miramos? ¿Por qué esos videos, que indignan públicamente, acumulan millones de reproducciones? Bromley ofrece una respuesta incómoda: “Vivimos en una sociedad en crisis. Esa crisis hace que emerja el morbo, un comportamiento primitivo. Y el morbo nos hace disfrutar viendo el sufrimiento del otro. Por eso lo normalizamos”.
Esa normalización –añade– no es inocente. “Cuando un niño ve que su padre humilla a su madre, aprende que eso es normal. Del mismo modo, el espectador que consume humillación asume que es parte del entretenimiento”. En una sociedad donde “quien tiene el poder humilla al otro”, la línea entre la calle y el feed se difumina: los jefes humillan en el trabajo, los hombres en el hogar, los usuarios en los comentarios. Gran deleite en un circo morboso y desmedido.
Quizás lo más inquietante es que la pornomiseria ha dejado de ser un fenómeno marginal para convertirse en tendencia. El abuso se disfraza de generosidad. El sadismo, de humor. El morbo, de empatía. Bromley lo resume con una advertencia sencilla: “Antes de grabar, hay que pensar diez segundos qué impacto tendrá lo que voy a hacer. Pero hoy actuamos sin pensar, buscando solo nuestra conveniencia”.
Como la mayoría de escándalos en estos tiempos, es cuestión de días o quizás semanas para que el video de Lemon Pay sea olvidado. Las críticas se diluyen y el ciclo vuelve a comenzar. Un nuevo influencer hallará su propio método para humillar, una nueva audiencia volverá a mirar. Lo que queda, más que indignación, es una pregunta persistente: ¿cuánto estamos dispuestos a degradarnos –como creadores, espectadores o sociedad– por un puñado de likes? (Marce Rosales)














