Estamos a pocos días de una de las elecciones con más expectativas en el país después de una década de desgobierno, en un escenario internacional inédito, con el mundo más interconectado que nunca, pero al mismo tiempo con cada país librado en solitario a sus yerros o sus aciertos en el tablero mundial.
En los próximos cuatro años de la era Trump se habrán redefinido los corredores energéticos en el planeta, en un proceso de nuevos conflictos geopolíticos, barreras arancelarias, crisis migratorias y posible descenso en el crecimiento de la economía mundial a un 2,8 %. Un proceso en el que todo se va reduciendo a lo económico y a la inteligencia artificial, con una peligrosísima deshumanización.
El Perú, en ese escenario, deberá definir alianzas, establecer un modelo de crecimiento basado en sus fortalezas, mejorar su posición en el mundo (hoy está en el puesto 79 en el Índice de Desarrollo Humano), interpretar los nuevos paradigmas para atraer inversiones en circunstancias en las que se valora la existencia estratégica de conexiones con el mercado como el megapuerto de Chancay y su rol bisagra con Asia en América Latina, cautelar recursos naturales excepcionales, así como crear las condiciones que generan confianza, predictibilidad, manejo transparente de la cosa pública y estándares básicos de calidad de vida y sostenibilidad ambiental.
Sin embargo, el Perú enfrenta retos estructurales de competitividad, no solo por la gran informalidad, sino por las deficientes condiciones de vida y grandes brechas en sus ciudades, donde la pobreza afecta al 30 % de la población, golpeada no solo por la inseguridad sino por el pésimo sistema de movilidad que le roba tres horas diarias de vida a la gente, la falta de agua potable, ausencia de servicios de salud y educación de calidad, déficit de espacios públicos y viviendas insalubres e inseguras.
En fin, sufrimos un modelo de hacer ciudades que se agotó para la gran mayoría, y toca reformularlo como condición básica para ser un país mejor. Para eso se necesita una clase política que sintonice con los nuevos paradigmas del desarrollo y los intereses del bien común.
En el pódcast Pulso urbano 51 hemos asistido a entrevistas a candidatos al Congreso de partidos como Renovación Popular, Fuerza Popular, Ahora Nación, Partido del Buen Gobierno, y mi impresión es que estaríamos ante un recambio de clase política generacional y de principios con gente que podría interpretar los desafíos de hoy en el Perú y el mundo y darle valor agregado a la toma de decisiones.
Los partidos más cuestionados por una actuación depredadora del Estado estarían siendo relegados y ojalá se pueda enfrentar la corrupción que hoy día forma parte del modelo y convive cínicamente en los espacios de decisión: ministerios, Congreso, municipalidades, gobiernos regionales, Poder Judicial, las fuerzas del orden. No debe regresar al manejo del Estado aquella clase política que lo ha usufructuado como un botín.
Parece que un viento fresco podría llegar a renovar nuestra turbia atmósfera política. Lo merecemos. Ojalá, y como dijo en una entrevista el exalcalde de Lima Alfonso Barrantes, de Izquierda Unida, “solo con elegir a alguien decente ya se estaría haciendo una revolución en este país”.
Escribe: ARQ. URB. Jorge Ruiz de Somocurcio



















