Mark Carney es un economista canadiense de proyección global y uno de los gestores de crisis más respetados del mundo financiero occidental. Antes de llegar a la jefatura del gobierno de Canadá, construyó su prestigio dirigiendo dos de los bancos centrales más influyentes del planeta: el Banco de Canadá (2008–2013) y el Banco de Inglaterra (2013–2020), siendo el primer extranjero en asumir este último cargo en más de tres siglos.
Nacido en 1965 en Fort Smith, en los Territorios del Noroeste, Carney se formó en Harvard y Oxford. Su liderazgo durante la crisis financiera global de 2008 y, más tarde, durante el Brexit, le valió una reputación de tecnócrata sólido, pragmático y poco dado a la retórica grandilocuente. Tras dejar la banca central, se consolidó como una voz influyente en temas de gobernanza global, finanzas sostenibles y cambio climático, con roles destacados en la ONU y el Foro Económico Mundial.
Esa trayectoria explica el peso simbólico de su intervención en Davos, donde —sin nombrar directamente a Donald Trump— habló de la “ruptura” del sistema de gobernanza global liderado por Estados Unidos y llamó a las potencias medias a asumir un rol más activo en defensa de valores democráticos. La respuesta de Trump, que afirmó que “Canadá vive gracias a Estados Unidos”, convirtió el cruce en un episodio político de alto voltaje.
Lejos de retroceder, Carney respondió desde Canadá con un mensaje directo: “Canadá no existe gracias a Estados Unidos. Canadá prospera porque somos canadienses”. La frase condensó su perfil político emergente: un dirigente con lenguaje técnico, pero dispuesto a marcar límites claros en un contexto de presiones geopolíticas crecientes.
Más que un político tradicional, Carney encarna una figura híbrida entre el tecnócrata global y el líder político, alguien que entiende el poder económico como un instrumento estratégico y que hoy enfrenta su desafío más complejo: defender la soberanía canadiense en una era de tensiones abiertas con su principal socio histórico.