El anuncio del candidato presidencial de Perú Moderno, Carlos Jaico, sobre la construcción de un Tren Trasandino desde Cajamarca ha generado titulares y aplausos en actos de campaña, pero también interrogantes de fondo. Presentado como el “Qhapaq Ñan ferroviario del siglo XXI”, el proyecto fue expuesto sin mayores precisiones técnicas, en un contexto donde el país arrastra décadas de promesas ferroviarias inconclusas y limitaciones fiscales evidentes.
Un proyecto ambicioso sin detalles clave
Jaico sostiene que el Tren Trasandino permitiría integrar regiones históricamente postergadas, dinamizar la economía y descentralizar el desarrollo. Sin embargo, no se ha informado el trazado exacto, el costo estimado, el plazo de ejecución ni el modelo de financiamiento. Tampoco se ha precisado si se trataría de un tren de carga, de pasajeros o mixto, ni su articulación con puertos o corredores logísticos existentes.
En un país donde proyectos ferroviarios como el Tren Lima–Ica o el Ferrocarril Huancayo–Huancavelica han enfrentado retrasos, sobrecostos y paralizaciones, la ausencia de un sustento técnico convierte el anuncio en una promesa de alto riesgo político.
Cajamarca y el simbolismo electoral
La elección de Cajamarca como punto de partida no es casual. Se trata de una región con altos índices de pobreza, conflictos socioambientales y una histórica deuda de infraestructura. En ese escenario, el discurso ferroviario funciona más como símbolo político que como propuesta estructurada.
Especialistas en transporte advierten que la geografía andina implica costos de ingeniería extremadamente elevados, especialmente en túneles, viaductos y mantenimiento. Sin estudios de preinversión ni evaluación ambiental preliminar, el proyecto queda en el terreno del relato antes que de la planificación.
El silencio sobre el financiamiento
Uno de los vacíos más críticos es el económico. Jaico no ha aclarado si el Tren Trasandino se financiaría con recursos públicos, asociaciones público-privadas o inversión extranjera. En un contexto de déficit fiscal, presión sobre el gasto social y crisis en empresas estatales como Petroperú, cualquier megaproyecto requiere un sustento financiero riguroso.
Además, no se ha explicado si el proyecto sería prioritario frente a otras necesidades urgentes como salud, educación, seguridad ciudadana o infraestructura básica en zonas rurales.
Antecedentes que pesan
La historia reciente juega en contra de este tipo de anuncios. El Perú ha visto desfilar proyectos ferroviarios anunciados en campaña que nunca superaron la etapa declarativa. Sin una hoja de ruta clara, el Tren Trasandino corre el riesgo de sumarse a la larga lista de ofertas electorales sin viabilidad real.
Incluso desde el punto de vista ambiental y social, el silencio es notorio. No se ha mencionado cómo se manejarían los impactos en comunidades, ecosistemas frágiles ni conflictos por servidumbre de tierras, un tema sensible en la sierra norte.
¿Visión de Estado o promesa de mitin?
Más allá del entusiasmo generado en Cajamarca, la propuesta de Carlos Jaico revela una constante en la política peruana: grandes anuncios sin planificación pública visible. Un proyecto ferroviario de alcance nacional exige estudios, consensos técnicos y una narrativa de Estado, no solo de campaña.
Mientras esos elementos no aparezcan, el Tren Trasandino seguirá siendo una idea potente en el discurso, pero débil en contenido. En tiempos de desconfianza ciudadana, las promesas sin sustento terminan erosionando más de lo que construyen.