Este sábado, como cada primer sábado de febrero, el Perú vuelve a levantar la copa para celebrar el Día del Pisco Sour, una fecha que combina orgullo cultural, memoria histórica y celebración popular en torno al cóctel que se ha convertido en uno de los símbolos más reconocibles de la identidad nacional.
Instituido oficialmente en 2004, el Día del Pisco Sour no solo rinde homenaje a la bebida —mezcla precisa de pisco, limón, jarabe de goma, clara de huevo y amargo de angostura—, sino también a la cadena productiva que sostiene al destilado de bandera y a la tradición gastronómica que lo proyecta dentro y fuera del país.
En Lima, la celebración se extiende a plazas, parques y espacios públicos con festivales, ferias gastronómicas y conciertos gratuitos, organizados por municipalidades y entidades culturales. Distritos como Barranco y Santiago de Surco concentran algunas de las actividades más concurridas, con degustaciones abiertas al público, concursos de coctelería y la participación de bartenders profesionales que recrean el ritual del sour ante cientos de asistentes.
Barranco, en particular, apuesta este año por una celebración masiva que incluye la preparación simultánea del cóctel, concursos al mejor pisco sour y el reparto de centenares de copas gratuitas, en una jornada pensada para vecinos y visitantes. En Surco, el festival por el pisco sour alcanza ya dos décadas de realización, consolidándose como uno de los encuentros más estables de la temporada.
La celebración se replica también en regiones pisqueras como Ica, donde ferias y actividades culturales refuerzan el vínculo entre el producto, el territorio y la economía local. Más que una fiesta etílica, la fecha se ha convertido en una plataforma de promoción cultural y turística.
Entre brindis y música criolla, el Día del Pisco Sour confirma que el cóctel no es solo una receta, sino un relato compartido: uno que mezcla historia, identidad y celebración colectiva.